Premio Ratzinger: Teología, desafío que interroga sobre el rostro de Dios

Benedicto XVI entrega el galardón a tres teólogos  

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CIUDAD DEL VATICANO, jueves 30 e junio de 2011 (ZENIT.org).- Benedicto XVI entregó este jueves por primera vez el Premio Ratzinger de teología, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico.

El Papa destacó durante el acto “la grandeza del desafío intrínseco a la naturaleza de la teología”, un desafío que “el hombre necesita, porque nos empuja a abrir nuestra razón interrogándonos sobre la misma verdad, sobre el rostro de Dios”.

E invitó a, sin refugiarse en la historia, la sociología o la psicología, llegar al punto central: “¿Es verdad lo que creemos o no? En la teología está en juego la cuestión de la verdad; esa es su fundamento último y esencial”.

El premio, instituido por la Fundación vaticana Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, en su primera edición recayó sobre el españolOlegario González de Cardedal, sacerdote y profesor de Teología sistemática; el italiano Manlio Simonetti, experto de Literatura cristiana antigua y Patrología; y el religioso cisterciense alemán Maximilian Heim, abad del monasterio de Heiligenkreuz en Austria y docente de Teología fundamental y dogmática.

Para el cardenal Ruini, presidente del comité científico de esta fundación y miembro del jurado del premio, este reconocimiento es “una contribución a la promoción de la conciencia y del estudio de la teología en una época en la cual –como vuestra santidad subrayó repetidamente- la prioridad que está sobre todas las demás es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios”.

En el acto de este jueves, el presidente de la fundación, el teólogo monseñor Giuseppe A. Scotti, dirigió unas palabras de saludo al Papa.

Destacó que “Dios no es un peligro para la sociedad” y que “no debe estar ausente de los grandes interrogantes de nuestro tiempo”.

El teólogo citó un pensamiento del Pontífice: “Asistimos… a dos tendencias opuestas, dos extremos ambos negativos: por una parte, el laicismo, que, de manera escondida, margina la religión para confinarla en la esfera privada, y por otra parte, el fundamentalismo que, en cambio, querría imponerla por la fuerza”.

En nombre de los premiados, habló el más joven de ellos, el abad Maximilian Hein.

Recordó que hoy existe una gran oportunidad: “Como teólogos podemos buscar sin temor la verdad, desde el momento en que el teólogo no forma la verdad, sino más bien es la verdad la que forma al teólogo”.

“No podríamos por lo tanto buscar la verdad si no la hubiéramos ya encontrado” ,añadió, por lo que resulta necesario “el apoyo de los grandes teólogos de la historia de la Iglesia, especialmente de los Padres y Doctores de la Iglesia”.

En su discurso, Benedicto XVI expresó gratitud por la entrega que “la fundación que lleva mi nombre” da “a la obra conducida en el lapso de una vida por dos grandes teólogos y a la de uno de una generación más joven”.

El Obispo de Roma recordó su amistad con el profesor González de Cardedal, “un camino común de muchas décadas” que “ambos iniciamos con San Buenaventura y de él nos dejamos indicar la dirección”.

“En una larga vida como estudioso, el profesor González ha tratado todos los grandes temas de la teología”, afirmó el Papa, no hablando en abstracto sino “siempre enfrentándose al drama de nuestro tiempo, viviendo y también sufriendo de manera totalmente personal las grandes cuestiones de la fe y con esto las problemáticas del hombre de hoy”.

Sobre el segundo premiado, Benedicto XVI afirmó que “el profesor Simonetti nos ha abierto de una manera nueva el mundo de los Padres”.

“Justamente mostrándonos desde el punto de vista histórico, con precisión y atención todo lo que dicen los Padres, estos se vuelven personas contemporáneas a nosotros, que hablan con nosotros”, dijo.

 A continuación citó al tercer premiado, el padre Maximilian Heim, recientemente “elegido abad del monasterio de Heiligenkreuz de Viena, e invitó a “desarrollar ulteriormente la teología monástica, que siempre ha acompañado a la universitaria, formando con esta el conjunto de la teología occidental”.

¿Qué es verdaderamente la teología?, se interrogó Benedicto XVI, y aún más: ¿la ciencia de la fe es realmente posible o es una contradicción?, ¿ciencia no es lo contrario de fe?

Según el Papa, esta problemática “con el moderno concepto de ciencia se ha vuelto aún más impelente y a primera vista aparentemente sin solución”.

“Se entiende así –señaló– por qué en la edad moderna la teología en vastos ámbitos se ha retirado principalmente al ámbito de la  historia, para demostrar su seriedad científica”, o cómo “pasó a concentrarse en la praxis para mostrar que la teología en conexión con la psicología y la sociología es una ciencia útil que da indicaciones para la vida”.

Estas vías, sin embargo, no son suficiente y muchas veces se vuelven “refugios si no se da una respuesta a la verdadera pregunta”, advirtió el Pontífice.

Esa pregunta interroga: “¿Es verdad lo que creemos o no?”, añadió. En la teología está en juego la cuestión de la verdad; esa es su fundamento último y esencial”.

La gran diferencia con las religiones paganas, recordó el Papa citando a Tertuliano, es que “eran consuetudinarias”: se ha hecho lo que siempre se hizo”, es decir, “se observan las formas culturales tradicionales y se espera estar así en la justa relación con el ámbito de lo misterioso y lo divino”.

En cambio “el aspecto revolucionario del cristianismo en la antiguedad fue justamente la rotura con la “costumbre” por amor de la verdad”, subrayó Benedicto XVI.

Por ello “la fe cristiana, por su misma naturaleza tiene que suscitar la teología, debía interrogarse sobre cuanto sea razonable la fe, también cuando  naturalmente el concepto de razón y el de ciencia abrazan muchas dimensiones, y así la naturaleza concreta del nexo entre fe y razón debía nuevamente ser profundizado”.

Citando a san Buenaventura, el Papa recordó la existencia de la viloentia ragionis,  el despotismo de la razón que se hace juez supremo de todo.

Este tipo de uso de la razón es ciertamente imposible en el ámbito de la fe, es como querer someter a Dios “a un interrogatorio” a “un procedimiento de prueba experimental”, señaló.

Esta modalidad de uso de la razón, típica en el ámbito de la ciencia, aparece hoy “como la única forma de racionalidad declarada y científica”, lamentó.

“Y lo que científicamente no puede ser verificado o falsificado se queda afuera del ámbito científico”, añadió, reconociendo que con esta impostación fueron realizadas obras grandiosas “en el ámbito del conocimiento de la naturaleza y de sus leyes”.

El Papa teólogo precisó que “existe un limite a tal uso de la razón: Dios no es un objeto de experimentación humana; El es el Sujeto, y se manifiesta solamente en la relación de persona a persona”.

En esta perspectiva, explicó, Buenaventura “indica un segundo uso de la razón, que vale en el ámbito de lo “personal”, en las grandes cuestiones del ser humano: El amor quiere conocer mejor a quien ama” porque “el verdadero amor no vuelve ciegos sino videntes”.

La recta fe, por lo tanto, “orienta la razón y a abrirse a lo divino, para que ésa, guiada por el amor a la verdad pueda conocer a Dios más de cerca”, destacó.

Benedicto XVI no quiso entrar en la posibilidad y la tarea de la teología, sino más bien arrojar luz sobre la grandeza del desafío de la naturaleza de la teología.

Y ello, confesó, porque “ el hombre necesita este desafío, porque nos empuja a abrir nuestra razón interrogándonos sobre la misma verdad, sobre el rostro de Dios”.

Benedicto XVI concluyó recordando que se trata “no
de una razón alienada sino que responde a una altísima vocación”.

Por Sergio Mora

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ZENIT Staff

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