BOGOTA, sábado, 11 de junio de 2011 (ZENIT.org).- Estamos viendo, “cómo la mala conducta individual burda y sin control en la actividad del mercado afecta la estabilidad de las empresas, pero también de los países y luego de los hombres y mujeres que componen la sociedad en la que vivimos”, como dice Monseñor Diarmuid Martin, arzobispo de Dublín (Irlanda), a raíz de la crisis financiera global. 

Los hombres de negocios juegan irresponsablemente con el futuro de las empresas, afectando las vidas de muchas familias en el mundo.

El crimen organizado en el campo de la economía, expresado en nuevas formas de especulación irresponsable y en comportamientos deshonestos en la interacción empresarial, se ha aprovechado de las ventajas de la globalización para sacar provecho para unos pocos. 

“Si me pidieran, continúa diciendo Monseñor Martin, quien durante muchos años trabajó en el Pontificio Consejo Justicia y Paz, una descripción del desarrollo económico descontrolado, volvería mi vista a la Torre de Babel. El relato bíblico habla de personas que sintieron que tenían la capacidad de construir una torre que pudiera unir el cielo y la tierra. Cuando la gente piensa que puede mantener un desarrollo descontrolado, con demasiada frecuencia lo que ocurre es aquello que ocurrió en Babel - la torre se colapsa y la gente acaba dividida”.

La Conferencia Episcopal Francesa dice, por su parte, que “nuestras sociedades están quebrantadas. Y como siempre, en estos casos, los más pobres son las primeras y más inocentes víctimas”. 

El Papa Benedicto XVI, hablando sobre la turbulencia de los mercados, decía que el que construye sobre el dinero, está construyendo sobre arena.  "Vemos con el colapso de los grandes bancos que el dinero sencillamente desaparece, que no significa nada, y que todas las cosas que nos parecen tan importantes, en realidad son secundarias", afirmó el Papa en el marco del Sínodo sobre la Palabra.

Como en estos temas no nos podemos quedar en una descripción de la realidad o en un análisis crítico, en estas reflexiones surgen varias propuestas:

--Revisar las actuales formas de buscar el beneficio económico, especialmente las prácticas especulativas a corto plazo.

--Reformar los sistemas de remuneración y gratificación de los dirigentes de las instituciones financieras, los cuales acumulan beneficios de forma inconsiderada.

--Promover una reorientación de las economías al servicio de las personas y de los pueblos.

--Reestructurar, con la cooperación de los Estados, la organización de las instituciones financieras locales y globales. Se hacen necesarias nuevas estructuras financieras internacionales que se pongan al servicio de las personas y de los pueblos; y que combatan el comportamiento irresponsable de quienes se apoderaron del sistema económico vigente.        

--Propiciar un acceso más razonable al crédito, especialmente a los sectores más desprotegidos. Benedicto XVI, en mensaje dirigido ya en 2006, a los participantes en la Conferencia Internacional organizada en el Vaticano por el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz sobre “Microcrédito y lucha contra la pobreza” les decía que las formas de microcrédito deben convertirse en una expresión concreta de solidaridad; y los alentaba a un “renovado compromiso por la promoción de la cultura de la solidaridad, inspirada en los valores evangélicos”.

--Reorientar las finanzas al servicio de la economía productiva, que tenga en cuenta las exigencias medioambientales.

 En conclusión, no podemos desconocer la crisis financiera en que se debate el mundo actual; pero no hay duda que la raíz del problema está en la crisis espiritual, ética y  humanística de la sociedad. Si no volvemos a los valores centrales del ser humano, nuestro mundo no saldrá del “capitalismo salvaje” y su destino está signado por el individualismo, el caos y la destrucción.