Vivir "de una manera digna de la vocación" recibida (Tiempo ordinario 17º – ciclo B)

Comentario a la segunda lectura dominical

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ROMA, viernes 27 julio 2012 (ZENIT.org).- Nuestra columna «En la escuela de san Pablo…» ofrece el comentario a la segunda lectura, y la aplicación correspondiente para el 17º domingo del Tiempo ordinario.

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Pedro Mendoza, LC

«Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos». Ef. 4,1-6

Comentario

Con este pasaje san Pablo introduce sus exhortaciones morales a la comunidad de Éfeso, iluminando uno de sus frutos: conservar la unidad del espíritu (4,1-6). Es la unidad de los miembros en el cuerpo de Cristo, la unidad de la Iglesia en el amor y la paz.

En la primera parte de la exhortación, san Pablo coloca los presupuestos de toda vida moral: humildad y mansedumbre (vv.1-3). El verbo «os exhorto», que abraza una serie de acciones como pedir, instar, conjurar e incluso consolar, denota un sentido de elevada autoridad, pero también de preocupación, de amor, de comprensión, en una palabra, todo el corazón de san Pablo. Él menciona su condición de «preso por el Señor», con todo lo que ello significa, para abrir los corazones y despertar la disponibilidad, incluso para el sacrificio. Quiere que sepan bien que él lleva estas cadenas por su predicación a los paganos, por ellos concretamente, a quienes exhorta a que vivan «de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados» (v.1). ¿En qué consiste para san Pablo una vida «digna de la vocación»? En todo lo que viene a continuación, pero en primer lugar en la humildad, la mansedumbre, la paciencia, el perdón y la tolerancia recíproca con vistas al logro de un alto objetivo: conservar en paz «la unidad del Espíritu» (vv.2-3). Después de todo lo dicho sobre la Iglesia como cuerpo de Cristo, significa esto conservar la unidad operada por el Espíritu Santo en el único cuerpo de Cristo. Se trata de «conservar», porque existe ya previamente como obra del Espíritu.

El camino para ello lo describe san Pablo como una vida, propiamente acompañada de «toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor» (v.2). ¿Qué significa humildad? Es la actitud del hombre, que se inclina a lo bajo, pero sobre todo al servicio; es también la renuncia consciente al honor, a las apariencias, a la importancia, al poder; es asimismo la muerte del yo natural, que desde nuestros primeros padres quiere vivir cada vez más a su antojo. Íntimamente ligada con la humildad está la mansedumbre. Esa suavidad de ánimo que renuncia conscientemente a la utilización de la violencia y de la dureza, que sabe ceder y renunciar al amor propio. Y en todo ello debe buscarse este fin: «… conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz» (v.3).

En la segunda parte del pasaje, san Pablo indica el fundamento de esa unidad a la que exhorta a los creyentes en Cristo (vv.4-6). En tres escalas tripartitas coloca el Apóstol su idea sobre la unidad: comenzando por la del cuerpo en el Espíritu, pasando por la unidad del Señor, hasta llegar a la unidad de Dios. En el v.4 inicia indicando el primer fundamento de la unidad: «Un solo Cuerpo…». Este cuerpo de Cristo es la Iglesia, que se nombra aquí en primer lugar, aun antes que el Espíritu, sencillamente porque se trata de su conservación. Quizá también porque la alusión a un organismo vivo pone al descubierto el contrasentido de todo aquello que puede actuar en este cuerpo para herirlo, desgarrarlo o matarlo. «…un Espíritu», que es como el alma de este cuerpo, lo crea propiamente como esencia viva y lo mantiene en cohesión como fuente de vida. Es un espíritu personal, al que no se puede contristar (4,30). Es el Espíritu, que es la garantía de nuestra esperanza «prenda de nuestra herencia» (1,14). El Apóstol vincula a continuación la esperanza al Espíritu Santo: «como una es la esperanza a que habéis sido llamados». Por consiguiente, no guardar la unidad del Espíritu es lo mismo que pecar contra la realidad en que el cristiano debe vivir, contra el único cuerpo, contra el único Espíritu y contra la gran esperanza.

En segunda lugar san Pablo coloca como fundamento de la unidad al único «Señor» (4,5). Esta era para los primeros creyentes la jubilosa confesión que los convertía en cristianos. Él es nuestro Señor, la cabeza, cuyos miembros hemos llegado a ser nosotros por «una sola fe» y por «un solo bautismo», en el que hemos recibido el sello divino del Espíritu Santo (1,13).

Concluye san Pablo este pasaje indicando el tercer fundamento de la unidad, el Padre, que es el último en la escala ascendente y el primero en la jerarquía de origen: «un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos» (4,6). «Un solo Dios» no se refiere aquí primariamente a Dios en contraposición a los otros dioses, sino más bien a la fuerza unificadora que realiza esta unidad de Dios. Añade el Apóstol aquí el nombre de «Padre», que pone en la unidad de Dios como vínculo unificador la nota cálida de lo personal, de la relación vital de un Padre con sus muchos hijos. Y se trata de este Padre que ama a todos, reina «sobre todos», dominando, vigilando, cuidando. Actúa «a través de todos»: ninguno de sus hijos vive para sí, todos están de alguna manera al servicio de su amor paternal, en calidad de instrumentos suyos. Y finalmente: habita «en todos». Aquí encuentra su última causa el interés por conservar la unidad del Espíritu; causa que igualmente comprende, como último motivo, todo lo anterior; pues la inhabitación de Dios «en todos» se realiza felizmente ahora en Cristo, el único Señor, y por el único Espíritu Santo.

Aplicación

Vivir «de una manera digna de la vocación» recibida.

La liturgia de la Palabra de este domingo nos exhorta a vivir con coherencia nuestra vocación cristiana. Por una parte, como nos refiere el Evangelio y la primera lectura, son abundantes las gracias y dones de amor que Dios nos concede, comenzando por el don de la Eucaristía. De ahí que, por otra parte, el Apóstol nos ponga en guardia para no caer en el error de sólo acoger esos dones de Dios, sino que además es preciso que aprendamos a vivir «de una manera digna de la vocación» recibida.

En la segunda lectura san Pablo nos exhorta a comportarnos de forma digna de nuestra vocación (Ef 4,1-6). Por ello debemos ser siempre dóciles al Señor y acoger sus gracias, tanto cuando se nos da pródigamente como cuando nos exige alguna renuncia por nuestro bien. Estamos llamados a vivir nuestra vocación al amor conservando la unidad, distintivo del amor que nos une a Dios y a los demás. No puede existir entre nosotros o para con Dios división o separación de ningún tipo. Todos los dones de Dios nos empujan a la unión fraterna, y nosotros no debemos aceptar ningún motivo de división, de conflicto o de tensión. Por ello el Apóstol nos recuerda el fundamento que sostiene nuestra comunión: «Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza […]. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos […]» (vv.4-6).

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ZENIT Staff

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