cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe Foto: Vatican News

La cultura del poder (sobre la teoría de la guerra justa): discurso del cardenal Víctor Manuel Fernández al inicio de los trabajos del Consistorio extraordinario en Vaticano

Discurso del prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe en el segundo Consistorio Extraordinario del Papa con los cardenales

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(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 26.06.2026).- Ofrecemos a continuación el discurso pronunciado por el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, leído al inicio de los trabajos de la tarde del primer día del Consistorio para los Cardenales. El discurso fue presentado en el contexto de la sesión general dedicada al tema de «La cultura del poder y la civilización del amor».

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El capítulo V de la Carta encíclica Magnifica humanitas aborda el tema de la guerra, pero el título  mismo del capítulo precisa aquello que constituye la novedad del enfoque de la Encíclica respecto a  este tema: la “cultura” del poder. En realidad, se está produciendo una profunda transformación  “cultural” que facilita el estallido de nuevas guerras. La cultura del poder es una cultura que puede  influir en todos, incluso en quienes viven en países alejados de los escenarios bélicos. Se trata de una  cultura globalizada que tiende a inducir una cierta pasividad en el ser humano ante los avances  desenfrenados de ciertas formas de poder, en gran parte gracias también a los nuevos medios de  comunicación, enormemente potenciados por la inteligencia artificial.

Si ahora dirigimos nuestra atención a la doctrina católica sobre la guerra, la gran novedad de  Magnifica humanitas radica en la invitación a superar “la teoría de la guerra justa” (192).

Dos  consideraciones, en particular, se exponen de forma explícita y ayudan a comprender la urgencia de  esta invitación. La primera es que nuestra doctrina de la guerra justa es “invocada con demasiada  frecuencia para justificar cualquier guerra” (192). Se produce así una paradoja: la Doctrina Social de  la Iglesia se manipula para ofrecer un fundamento teórico a las guerras más injustas; en lugar de  detenerlas, termina por justificarlas.

La segunda consideración desarrollada por la Encíclica se refiere  al hecho de que la legítima defensa solo puede invocarse si es “entendida en el sentido más estricto”  (ibid.), es decir, no en el sentido amplio y excesivamente abierto de las llamadas “guerras  preventivas”.

Los criterios para la legítima defensa, que siguen siendo válidos según el Catecismo de la Iglesia  Católica, son los siguientes:

“— que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero,  grave y cierto (no meramente “preventivo”);

— que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o  ineficaces (es decir, que se hayan agotado todos los intentos posibles);

— que se reúnan las condiciones serias de éxito;

— que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende  eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la  apreciación de esta condición” (CIC 2309). Y todo esto ya se afirmaba mucho antes de la aplicación  de la IA al ámbito de la guerra.

Aunque el Catecismo no lo diga explícitamente, los dos primeros puntos remiten a una “necesidad”  rigurosa y comprobada. El tercero, el de las “condiciones serias de éxito”, indica que una guerra no  puede prolongarse indefinidamente solo para evitar una injusticia, si ello conlleva daños graves e  incesantes para la población, en particular una constante pérdida de vidas humanas. El último punto,  en cambio, implica que exista una “proporcionalidad” entre el ataque recibido y la respuesta  defensiva, junto con sus efectos. A este respecto, parece que ya hemos olvidado cuanto afirma el Concilio Vaticano II. En Gaudium et Spes, 80, se hace referencia, de hecho, a “destrucciones enormes  e indiscriminadas, las cuales, por tanto, sobrepasan excesivamente los límites de la legítima defensa”.  Y, sobre todo, se afirma lo siguiente con una fórmula solemne: “Toda acción bélica que tienda  indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de extensas regiones junto con sus  habitantes, es un crimen contra Dios y la humanidad que hay que condenar con firmeza y sin  vacilaciones”. La destrucción de ciudades enteras no puede considerarse una acción defensiva  proporcionada.

Resulta evidente, por ejemplo, la enorme desproporción de las intervenciones militares en Gaza y en  el sur del Líbano. De hecho, tratándose de territorios escasamente poblados, el porcentaje de víctimas  civiles respecto a la población total, el elevadísimo número de niños asesinados (en una proporción  muy superior a la de otros países en guerra) y el número de viviendas bombardeadas nos permiten  hablar de destrucción total. Sin embargo, tanto en el caso de Rusia como en el de la cooperación de  Estados Unidos en las guerras de Oriente Medio, la justificación aducida es siempre alguna forma de  “autodefensa”.

¿Qué queda de los criterios que intentaban limitar las guerras? Y todo ello sin tener en cuenta el  derecho internacional humanitario, que ha caído en el olvido. Como sostiene la Encíclica, nos  encontramos ante un proceso cultural de “normalización de la guerra” y de “una preocupante  rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional” (189-190), acompañado de  una grave “pérdida de la memoria histórica” (191).

Las guerras preventivas invocan de forma unilateral posibles, pero no probadas, acciones  preparatorias de agresiones externas y, en definitiva, meras conjeturas acerca de lo que otro país  podría hacer. Esto termina por justificar todo lo que hemos visto y seguimos viendo en Gaza, en el  Líbano, en Ucrania y también en otros lugares. En estos casos, las acciones bélicas se presentan como  la aplicación de criterios teológicos, no solo judíos u ortodoxos, como en Rusia, sino también de la  propia doctrina católica sobre la guerra justa y la legítima defensa.

En consecuencia, lo que la Encíclica añade ahora en referencia a lo establecido por el Catecismo sobre la guerra justa es que no solo su aplicación, sino también la misma noción de legítima  autodefensa, debe precisarse mejor, a fin de que pueda comprenderse en su sentido más estricto. Por  lo tanto, la propia noción de guerra justa debe revisarse y perfeccionarse. De lo contrario, los criterios  clásicos de la guerra justa resultarían inútiles e ineficaces en la actualidad.

Volvamos ahora al punto inicial expresado en el título del capítulo V de Magnifica Humanitas, es  decir, al problema “cultural” del poder, que hoy nos interpela y que afecta a todos nuestros países. En  nuestra época, en verdad, las bases para poder iniciar y continuar una guerra sin oposiciones efectivas, al igual que otras decisiones políticas injustas, se preparan mediante una “batalla cultural”. Se trata  de una labor meticulosa, minuciosa capilar y global que lleva a relativizarlo todo y que, por lo tanto,  acaba otorgando amplia libertad a los líderes violentos. Esto implica fundamentalmente tres  realidades que nosotros, los obispos, no podemos aceptar:

1) El recurso constante a la descalificación, a veces desenfrenada, de quienes piensan de forma diferente, junto con la difusión permanente de falsedades de las que nadie parece responder. Al final,  una gran parte de la población termina por sentir que todo es igual y se resigna, con tal de que al  menos se le prometa un sustento económico mínimo. Como explica la Encíclica, haciendo uso de los  poderosos recursos actuales de la comunicación, “la política recurre con facilidad a la desinformación,  a la ridiculización del adversario y a la construcción sistemática de miedos y resentimientos (…) preparando un terreno en el que pueden madurar nuevos conflictos sin apenas darnos cuenta” (206).  La violencia, el cinismo y los ataques verbales maliciosos por parte de los líderes políticos, en algunos  países, han alcanzado niveles inimaginables hace poco tiempo.

2) La imposición de un “realismo político” con respecto a la guerra, en el que prevalece la voluntad de poder. Este supuesto realismo, como afirma la Encíclica, “califica la paz y el diálogo  como posiciones utópicas o irracionales” (205). En consecuencia, también la población más crítica  termina por acostumbrarse a la violencia política y a la guerra “como necesaria, inevitable o incluso  limpia” (192). En ocasiones, incluso los obispos pueden caer en esta trampa para no ser tachados de  ingenuos.

3) La aceptación de la incoherencia como estrategia. Por ejemplo, si un país es enemigo, se le condena por antidemocrático y se le imponen sanciones de diversa índole; pero, si es un país aliado,  se ignora que en él no hay libertad de expresión, derechos humanos ni democracia. Y esto no solo  afecta a los líderes fuertemente criticados en el mundo, sino también a la propia Unión Europea. Esta,  de hecho, aplica sanciones económicas a un país, envía ayuda económica y armas a otro, pero no  actúa del mismo modo ante otras invasiones aún más graves y con consecuencias aún más crueles  para poblaciones enteras. Estas contradicciones presentes en todo el mundo sugieren que, en la  práctica, las preocupaciones se reducen a las conveniencias políticas y económicas de las distintas  zonas del planeta. Ya no parece existir un contexto real y estable de verdad y de valores. Y todo ello,  lamentablemente, beneficia a los intereses de los poderosos que avanzan sin control.

La buena noticia, en medio de este panorama sombrío, es que hoy se abre un espacio nuevo e insólito  para la Doctrina Social de la Iglesia. Nuestra enseñanza social posee, en efecto, una integridad, una  armonía y una coherencia que no se encuentran ni en la política, ni en las propuestas ideológicas, ni  en otros ámbitos de la vida social. Si nuestro mensaje defiende la vida aún no nacida, al mismo tiempo  también se preocupa por los migrantes y se opone firmemente a la guerra. Si se pone del lado de los  frágiles y los marginados o defiende a las poblaciones más débiles, también es inquebrantable en su  rechazo al aborto. Al mismo tiempo, la Iglesia es ajena a los intereses electorales, no recurre a la  violencia verbal ni reclama privilegios. Proclama siempre el amor salvífico de Cristo, pero nunca lo  separa de la defensa constante de la dignidad humana en cualquier circunstancia, ya que dicha defensa  forma parte del corazón del Evangelio. Todo ello suscita confianza o, al menos, un respeto evidente  por la palabra de la Iglesia.

Sin embargo, aquí debemos preguntarnos finalmente si en nuestras Iglesias locales mantenemos la  misma coherencia e integridad que se aprecia en la enseñanza y el testimonio de los Pontífices, si  estamos atentos para no ceder ante la cultura del poder y si nos esforzamos por alimentar la cultura  alternativa de la fraternidad y el bien común. Solo así será posible la plena inculturación del Evangelio  en nuestros países y en nuestros tiempos.

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Redacción Zenit

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