La Conferencia Episcopal Italiana se encontró con el Papa León XIV, primado de Italia Foto: Vatican Media

La prioridad del Evangelio, la sinodalidad según León XIV y los tipos de coraje necesario hoy en la Iglesia

Discurso del Papa a los obispos italianos

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(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 28.05.2026).- La Conferencia Episcopal Italiana se encontró con el Papa León XIV, primado de Italia, la mañana del jueves 28 de mayo en el Aula del Sínodo de la Ciudad del Vaticano. El contexto fue la Asamblea Plenaria del episcopado italiano. El episcopado italiano es uno de los más numerosos del mundo Dado que el Papa es obispo de Roma, en esa medida el Papa también es miembro. Por esa razón, en el pasado, se le ha dejado la decisión sobre quién debe liderar al episcopado italiano. . Actualmente su presidente es el arzobispo de Boloña, cardenal Matteo Zuppi.

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Queridísimos hermanos en el episcopado, ¡buenos días!

Gracias, Eminencia, por las palabras que me ha dirigido. Un cordial saludo a quienes han sido elegidos para ejercer un servicio en la Conferencia Episcopal, en particular al Vicepresidente, y a cada uno de ustedes. A través de ustedes, deseo expresar mi afecto a todas las Iglesias que están en Italia, a los presbíteros, a los diáconos, a las personas consagradas, a las familias, a los catequistas, a los educadores, a los jóvenes, a los ancianos, a los pobres, a los enfermos, a quienes viven la fe en la sencillez de la vida cotidiana y a quienes, quizás sin saberlo, llevan en el corazón una sed de Dios.

Es lo que tenemos la gracia de constatar de diversas maneras, incluso en un tiempo como el nuestro, marcado por la complejidad. Lo he experimentado directamente en mis recientes visitas a Pompeya, a Nápoles y a Acerra. Muchos signos nos hablan de cansancio, de fragmentación, de soledad. En nuestras comunidades podemos a veces percibir la fatiga de transmitir la fe, la dificultad de involucrar a las nuevas generaciones. Pero el Evangelio nos sacude. Jesús, mirando a las multitudes, no ve un problema que resolver, ve una mies, ve el campo de Dios: «La mies es abundante, pero los obreros son pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies» (Lc 10,2). Sembrador incansable, Dios sale cada día al mundo y esparce con generosidad en los corazones el deseo de lo infinito, de una vida plena, de una salvación que libera. Sí, gracias a Dios, la mies es mucha. Nuestra primera tarea es esta: hacer nuestro el mirar del Señor. No lamentarnos solo de los terrenos endurecidos ni detenernos simplemente en los datos estadísticos, sino saber ver, con los ojos del Resucitado, la cosecha que Dios mismo nos prepara.

Queridísimos hermanos, el Espíritu Santo nos conceda corazones ardientes con el impulso de Cristo, y suscite numerosos y santos obreros para trabajar con nosotros.

Con esta mirada, entonces, la prioridad es el Evangelio: nos lo dice San Francisco de Asís, a ochocientos años de su tránsito al Cielo; nos lo recuerdan la Evangelii nuntiandi de San Pablo VI y la Evangelii gaudium del Papa Francisco. Porque es del Evangelio de donde nace la fe, como encuentro vivo con Cristo, muerto y resucitado, presente en su Iglesia. Hoy, en el contexto en que somos llamados a actuar, confrontándonos con otras perspectivas de vida y con desafíos antropológicos inéditos, devolver el Evangelio al centro es el don que da entusiasmo a nuestra vida de obispos y la urgencia que nos impulsa.

Estamos llamados, pues, a preguntarnos: ¿qué rostro de Dios dejamos transparentar en la predicación, en la catequesis, en la liturgia, en la caridad, en la vida de nuestras comunidades? ¿De qué modo favorecemos el encuentro con Cristo y qué significa hoy, para nosotros y para nuestras Iglesias, iniciar a otros en la vida cristiana? Son preguntas que, como pastores, debemos hacernos siempre, sin darlas nunca por descontadas.

He aquí, pues, la renovada atención a la iniciación cristiana, que no puede concebirse solo como preparación a los Sacramentos. Ella es el «seno» en el que una comunidad engendra a la fe e introduce en la vida pascual, en la comunión con el Señor, en la fraternidad eclesial. Se trata de redescubrir el Bautismo como realidad viva y existencial; y «no es posible comprender plenamente el Bautismo si no es dentro de la Iniciación Cristiana, es decir, del itinerario a través del cual el Señor, mediante el ministerio de la Iglesia y el don del Espíritu, nos introduce en la fe pascual y nos inserta en la comunión trinitaria y eclesial» (Documento final de la XVI Asamblea del Sínodo de los Obispos, 24). Es un subrayado muy importante, este de la más reciente Asamblea del Sínodo de los Obispos, porque sitúa el camino que se abre con el Bautismo dentro de una Iglesia que cree, celebra, acompaña, engendra. Una Iglesia que, mientras se alegra asombrada ante los catecúmenos jóvenes y adultos, es luego capaz de sostener su perseverancia tras el impulso inicial.

La fe se transmite y crece donde hay comunidades vivas y acogedoras, capaces de orar y de escuchar; comunidades en las que la Palabra de Dios no queda en los márgenes, sino que ilumina las decisiones; donde la Eucaristía es verdaderamente fuente y cumbre; donde los pobres no son destinatarios externos de un servicio, sino hermanos y hermanas en quienes el Señor nos habla; donde los jóvenes son rostros, voces e historias con quienes dialogar; donde las familias no son dejadas solas y las heridas no se ocultan, sino que se llevan ante el Señor con humildad; donde la fe se convierte en compromiso efectivo en la sociedad, en la política, en la cultura.

Precisamente por ello, nosotros los obispos somos llamados a una escucha profunda: escuchar la Palabra de Dios, escuchar al Pueblo de Dios, y por tanto escuchar los signos de los tiempos, escuchar también lo que pone en cuestión nuestros hábitos pastorales. Donde la escucha es verdadera, la comunidad no se cierra en sí misma, sino que se convierte en lugar de discernimiento y de misión y, con ese fin, sabe renovarse.

Este es el sentido del Camino sinodal que han llevado a término y que, como han subrayado, ahora debe convertirse en estilo permanente. El Concilio Vaticano II nos recordó que a Dios le plugo santificar y salvar a los hombres no por separado y sin vínculo alguno entre ellos, sino constituyéndolos en un pueblo que lo reconociera en la verdad y lo sirviera en la santidad (cfr. Const. dogm. Lumen gentium, 9). Iglesia sinodal es aquella en la que cada uno, según su propia vocación, puede ofrecer el don recibido del Espíritu para la edificación común. La participación, pues, no es una concesión: es una exigencia de la comunión y de la misión y, por ello, debe convertirse en método, responsabilidad y verificación, en la implicación de los distintos carismas y ministerios y en el respeto de la función propia del obispo. El Documento de síntesis del Camino sinodal de las Iglesias en Italia subraya el valor de los organismos de participación como lugares en los que el discernimiento de las comunidades puede tomar cuerpo. No basta, sin embargo, que estos instrumentos existan; es necesario verificar que funcionen de verdad.

En este proceso, las diversas estructuras de la CEI están llamadas a continuar ejerciendo su servicio de comunión, coordinación, discernimiento y apoyo a las Iglesias que están en Italia. Precisamente porque tiene este papel, la organización de la Conferencia Episcopal ha de modelarse a la luz de las exigencias de la misión y de las cambiadas condiciones históricas. No se trata de imitar esquemas organizativos externos, ni de reducirlo todo a eficiencia administrativa, sino de preguntarse qué fisonomía ayuda hoy a los pastores y a las Iglesias locales a anunciar mejor el Evangelio, a caminar juntos, a hacer posible una participación efectiva, ordenada y fecunda. Cuando se vive en el Espíritu, esta verificación no debilita la comunión, sino que la purifica.

Queridos hermanos, el Señor no nos pide medir la fecundidad de la Iglesia con los criterios del número, de la visibilidad o de la influencia. «Cuando miramos con los ojos de Dios, descubrimos que Él ha elegido el camino de la pequeñez para descender en medio de nosotros. […] Esta lógica de la pequeñez es la verdadera fuerza de la Iglesia. Ella, en efecto, no reside en sus recursos y en sus estructuras, ni los frutos de su misión derivan del consenso numérico, del poder económico o de la relevancia social. La Iglesia, por el contrario, vive de la luz del Cordero y, reunida en torno a Él, es impulsada por los caminos del mundo por la potencia del Espíritu Santo» (Discurso en el Encuentro de oración, Estambul, 28 de noviembre de 2025).

¡Tengamos el coraje de lo esencial! El coraje de comunidades menos preocupadas por conservarlo todo y más libres para anunciar a Cristo. El coraje de una catequesis que sea camino de iniciación y formación permanente a la vida cristiana. El coraje de parroquias acogedoras y misioneras, en las que las familias se reencuentran y se renuevan con la savia del Evangelio. El coraje de organismos de participación vivos. El coraje de escuchar a los jóvenes sin domesticar sus preguntas. El coraje de dejarnos evangelizar por los pobres. El coraje de una estructura nacional cada vez más al servicio de la comunión misionera de las Iglesias en Italia. Un pueblo es engendrado por madres y padres en la fe, por comunidades que saben decir, con la vida antes aún que con las palabras: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41). Italia necesita este testimonio.

Encomiendo su camino a la Virgen María, Madre de la Iglesia. Ella acogió el don, custodió la Palabra, caminó con los discípulos, esperó al Espíritu en el Cenáculo. Les ayude a ser «arraigados y edificados en Él, firmes en la fe» (Col 2,7), a custodiar lo esencial, a engendrar en la fe, a caminar con el Pueblo de Dios, a reconocer la voz del Señor que aún llama, consuela y envía.

Les acompaño con mi bendición. ¡Gracias! 

Traducción del original en lengua italiana realizado por el director editorial de ZENIT.

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Redacción Zenit

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