CIUDAD DEL VATICANO, 23 noviembre 2001 (ZENIT.org).- El objetivo confesado de Juan Pablo II al publicar «Iglesia en Oceanía» es el de dar un nuevo impulso a la nueva evangelización en ese continente, en el que los católicos son una minoría --el 27,0%--, esparcida por una infinidad de islas.

La exhortación apostólica que recoge las conclusiones del Sínodo de los Obispos de Oceanía (noviembre-diciembre 1998), publicado el pasado jueves, pretende de este modo responder a desafíos tan graves como la preocupante disminución de sacerdotes, religiosos y religiosas que experimentan las comunidades católicas en el continente de las aguas.

En la Introducción el Papa eleva un canto de alabanza al Dios de Oceanía, al alba del nuevo milenio cristiano y proclama la esperanza en Jesucristo, que brota de los numerosos dones que ha recibido el continente --la riqueza de pueblos y culturas--, la «bondad infinita de Dios en Cristo y, no menos importante, la fe cristiana que los misioneros llevaron a la región».

En el Primer Capítulo, el pontífice invita a la Iglesia a «compartir su misión con energía y creatividad nuevas», buscando «caminos adecuados para presentar hoy a los pueblos de Oceanía a Jesucristo como Señor y Salvador».

En este sentido, pide no olvidar la riqueza de las culturas oceánicas, lo que requiere «un discernimiento cuidadoso para ver lo que pertenece al Evangelio y lo que no le pertenece, lo que es esencial y lo que es menos esencial». Esta consideración tendrá que realizarse teniendo en cuenta el «proceso mundial de modernización con sus «efectos tanto positivos como negativos».

El Segundo Capítulo del documento redactado tomando en cuenta las «proposiciones» de los cardenales y obispos de Oceanía, explica que no se puede entender la Iglesia sin comprender el concepto de «comunión» y menciona los medios para alcanzarla: el mismo Sínodo de Oceanía, la unidad entre los obispos, la unidad de las Iglesias locales y la unidad de la Iglesia universal.

Ahora bien, no hay «comunión» sin «misión».

Por este motivo, el Tercer Capítulo constata que esta misión es precisamente la «nueva evangelización»: «el Evangelio debe resonar en Oceanía para todos».

«Hoy es necesaria una nueva evangelización para que todos puedan escuchar, comprender y creer en la misericordia de Dios destinada, en Jesucristo, a todos los pueblos», explica.

Los cristianos deben proclamar la verdad de Cristo en los contextos particularmente decisivos de Oceanía: la variedad de religiones y de culturas tradicionales.

Esta misión se enmarca, al mismo tiempo, en el proceso moderno de secularización, en el protagonismo alcanzado por los medios de comunicación social, y debe apoyarse de manera particular en la catequesis, la educación y la formación en la fe, el ecumenismo, y el diálogo interreligioso.

Asimismo recalca que el «apostolado social» forma parte integrante de esta misión evangelizadora: el desarrollo humano, la promoción de los derechos humanos, la defensa de la vida humana y su dignidad, la justicia social y la protección del ambiente.

El Cuarto Capítulo está dedicado a la vida cristiana, en particular a la oración y sacramentos, pues como dijo el mismo Papa en la ceremonia de entrega, Oceanía debe experimentar «un nuevo y gran impulso de contemplación».

Esta propuesta es presentada a los diferentes estados de vida: los jóvenes --confesando el deseo de que se sientan atraídos por la figura fascinante de Jesús y estimulados por el desafío de los valores sublimes del Evangelio--; los matrimonios y familias --«La familia necesitará siempre los cuidados pastorales de la Iglesia»--; a las mujeres a las que en la Iglesia es necesario ofrecer «papeles de responsabilidad que permitan poner los dones propios de forma más abundante al servicio de la misión de la Iglesia».

La lista cita también los nuevos movimientos eclesiales --«uno de los signos de los tiempos en la región»-- y a los sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, y consagrados --«la promoción de las vocaciones es responsabilidad urgente de toda comunidad cristiana»--.

La Conclusión termina como le gusta al Papa Wojtyla, con una sentida oración a María, venerada en Oceanía bajo la advocación de Nuestra Señora de la Paz y Auxilio de los Cristianos.