Abad trapense proclamado «Justo entre las Naciones» por Israel

Salvó en Roma a numerosos judíos durante la persecución nazi

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ROMA, 8 octubre 2002 (ZENIT.org).- En el mismo lugar en que San Pablo fue decapitado, un abad salvó a numerosos judíos de la persecución nazi.

Por esta acción, en la mañana de este martes, la Embajada de Israel concedió la medalla de «Justo entre las Naciones» a la memoria de Maria Leone Ehrhard, abad de la Abadía trapense de las Tres Fuentes (en las afueras de Roma) durante la segunda guerra mundial.

Se trata del mayor reconocimiento otorgado por el Estado de Israel a ciudadanos no judíos. Se entrega a quienes, arriesgando la propia vida y sin recibir nada a cambio, salvaron a uno o a más judíos de la persecución.

Los judíos salvados, en signo de agradecimiento al abad y a la Iglesia, regalaron un bajorrelieve en mármol que representa a la Virgen con el Niño y la inscripción Emanuel.

En una lápida situada en el Arco de Carlo Magno de entrada a la Abadía de las Tres Fuentes, las familias judías J. Sonnino y Angelo, Settimo y Alberto Di Porto, escribieron: «Mientras huían de la cruel persecución nazi de los judíos, fueron salvados por intervención de la Madre de Dios en este lugar. Recordando este beneficio han colocado esta lápida».

Los salvó el abad Leone Maria Ehrhard, monje trapense de la orden de los cistercienses. Nació en 1866 en Alsacia y cumplió el servicio militar en las tropas alemanas bajo cuya dominación se encontraba en aquel momento la región. Después de ingresar en el noviciado de los trapenses, en febrero de 1893 fue enviado a la Abadía de las Tres Fuentes y fue ordenado sacerdote al año siguiente.

En 1943, tras la deportación de los judíos de Roma del 16 de octubre, el padre Ehrhard, abad desde 1910, acogió a quienes corrían el riesgo de ser capturados por las tropas nazis.

Entrevistados por Zenit, los hermanos Settimio y Alberto di Porto han relatado que, junto a ellos, fueron escondidos en la abadía Giuseppe Sonnino, Alberto y Fortunata Spizzichino, Angelo Di Porto y algunos miembros de la familia Benigno.

«El refugio lo encontró Giuseppe Sonnino –explican–, quien mantenía antes de la guerra contactos comerciales con la abadía proporcionando los sacos (Saccheria Sonnino) necesarios para los productos agrícolas que se vendían en el mercado».

«Unos diez días después del 16 de octubre de 1943, fuimos acogidos por los religiosos, quienes nos alojaron haciéndonos pasar por desplazados de Nápoles, huidos ante el avance estadounidense que se dirigía desde el sur hacia Roma», recuerdan.

«El anonimato era necesario –explican– porque en la abadía había miembros de la policía militar alemana apostados en la finca para vigilar».

Hubo también momentos de intenso temor. «Un día, dos militares alemanes de paso intentaron apoderarse de una vaca, pero Angelo Di Porto corrió a avisar al abad, quien hizo arrestar a los dos ladrones por la guardia militar que se encontraba en la finca», relatan.

Settimio y Alberto puntualizan que «todas las personas refugiadas, tanto los que se quedaron hasta la Liberación como los que estuvieron de paso por pocos días, fueron acogidos fraternalmente por los religiosos y por el abad, quienes les ofrecieron refugio y víveres sin pedir jamás nada a cambio».

«El 30 de noviembre de 1944 regalamos a la abadía el bajorrelieve de la Virgen con el Niño, realizado por el escultor Pisi, aún visible en el dintel de la entrada», concluyen.

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ZENIT Staff

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