MILÁN, martes, 27 junio 2006 (ZENIT.org).- Las parejas experimentan y están mostrando sentimientos de paternidad ante los «embriones sobrantes» de procesos de fecundación artificial, alerta un neonatólogo italiano.

Bajo el título «Un amasijo de células con dos padres que deben poner una X», el doctor Carlo Bellieni se hace eco --en el diario italiano «Il Foglio» (17 de junio de 2006)-- de un análisis aparecido dos días antes en el semanario francés «Le Nouvel Observateur».

«De la mano de [la periodista] Sophie des Déserts» se investiga a los 130.000 embriones congelados [en Francia] y a sus padres, apunta el neonatólogo del Departamento de Terapia Intensiva Neonatal del Policlínico Universitario «Le Scotte» de Siena (Italia).

«Se comienza narrando la historia de los cónyuges Aude y Thibault, quienes habían pedido sin éxito limitar el número de embriones para su congelación, pero a quienes se les ha respondido que con la tasa de fracaso de la FIV [fecundación in vitro. Ndr] no se puede, y han aceptado apartar algunos», escribe el médico italiano.

Continúa: «La psiquiatra Muriel Flis-Trèves explica que estos embriones de más son para todos “fuente de fantasmas conscientes o inconscientes”».

«Pero se alcanza el drama cuando los propios padres son llamados a decidir si se deja destruir sus embriones, ya inútiles porque con otros se ha logrado el embarazo», advierte el doctor Bellieni.

Tal es el caso de Agnès, quien tiene nueve embriones congelados; recibe un cuestionario para decidir qué hacer: «¿Desean continuar la crioconservación? ¿Tienen aún un proyecto parental?».

Explica la periodista: «mientras se pueda rellenar la casilla con el sí, todo va bien, de otra manera hay un agujero negro. Algunos saben que para ellos la aventura ha concluido, pero siguen marcando la casilla con el sí mecánicamente. Otros no responden [...] tal vez porque no saben qué contestar».

«Para algunos sería sencillo: es sólo un amasijo de células... –ironiza el doctor Bellieni, transcribiendo a continuación: “pero he aquí que el pequeño que juega con el trenecito en el salón también era un embrión. Un afortunado. Allí quedan los hermanos y hermanas en potencia. ¿Tirar a la basura estos embriones deseados y obtenidos después de tanto esfuerzo?”».

«Una mujer de 41 años –prosigue el médico italiano— llega con lágrimas al hospital Beclère: tiene embriones congelados; no tiene hijos, el marido la ha dejado y sin su consentimiento no se puede hacer nada. Debe renunciar a sus “niños”. “Querría decirles adiós, un pequeño funeral, algo...”. En resumen: la vieja cuestión “¿alguien o algo?” ha pasado de los análisis de los periódicos a la experiencia profunda de los padres».

«Y de los médicos –advierte el neonatólogo--: la responsable de la sección explica que no han empezado aún a destruir los embriones más antiguos porque entre los padres hay quien puede cambiar de idea y comenta: “Es difícil... teóricamente estamos aquí para dar la vida”».

«Una alternativa a la destrucción –sigue el doctor Bellieni, haciéndose eco del semanario francés-- sería la donación: a otras familias estériles o a la ciencia. Algunos lo aprueban. Otros lo temen: “¡Imagínense a mis niños como cobayas!”, se indigna una madre de dos gemelos».

Apunta también que «el responsable del servicio dice que el 10-15% de los padres estarían dispuestos a donar a los hijos a la ciencia... pero cuando se trata de pasar a los hechos...».

Y ello tampoco evita la duda y aprensión sobre la idoneidad de la familia que eventualmente los adoptara.

«Ha saltado la alarma en el extranjero –constata el médico italiano en su artículo de “Il Foglio”: los embriones son “hijos”; tal vez no serán niños, pero tienen padres. ¿Será entonces posible disponer de ellos sin el permiso de aquellos? ¿Y será de verdad indoloro para los adultos haber permitido experimentos sobre el minúsculo fruto de sus gametos?».