CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 27 febrero 2008 (ZENIT.org).- Benedicto XVI ha alentado a los Estados Unidos a vivir el papel decisivo que desempeñan en el escenario internacional promoviendo y respetando la ley natural y los derechos humanos de cada persona.

Entendió muy bien la consigna la persona a la que en primer lugar estaba dirigidas estas palabras, la señora Mary Ann Glendon, nueva embajadora de ese país ante la Santa Sede, hasta ahora profesora de Derecho en la Universidad de Harvard, y presidente de la Academia Pontificia para las Ciencias Sociales.

En 1994, Juan Pablo II nombró a Glendon para presidir la delegación de la Santa Sede ante la IV Conferencia sobre las Mujeres de la ONU en Pekín.

El discurso que el pontífice entregó a la nueva embajadora (de casi 70 años de edad, casada y con tres hijos) plantea «la tarea de reconciliar unidad y diversidad para perfilar un objetivo común y hacer acopio de la energía moral necesaria para alcanzarlo se ha convertido hoy en una tarea urgente».

De hecho, reconoció, la familia humana «cada vez es más consciente de la necesidad de interdependencia y solidaridad para hacer frente a los desafíos mundiales y construir un futuro de paz para las futuras generaciones».

Según el Papa alemán, «la experiencia del siglo pasado, con su gravoso patrimonio de guerra y de violencia, que culminó en la exterminación planificada de pueblos enteros, ha dejado claro que el futuro de la humanidad no puede depender del simple compromiso político».

«Más bien, debe ser el fruto de un acuerdo general más profundo basado en el reconocimiento de verdades universales, fundadas en una reflexión razonada sobre los postulados de nuestra humanidad común».

En este sentido explicó que «la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo sexagésimo aniversario celebramos este año, fue el resultado de un reconocimiento mundial de que un orden global justo sólo puede basarse en el reconocimiento y la defensa de la dignidad inviolable de los derechos de cada hombre y mujer».

«Este reconocimiento debe motivar cada decisión que afecte al futuro de la humanidad y a todos sus miembros», afirmó.

El obispo de Roma confió en que el país norteamericano, «basado en la verdad evidente por sí misma de que el Creador ha atribuido a cada ser humano con ciertos derechos inalienables, continúe encontrando en los principios de la ley moral común, consagrados en sus documentos fundacionales, una guía segura para ejercer su liderazgo en la comunidad internacional».