La crisis y la fe

Por monseñor Amadeo Rodríguez Magro

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PLASENCIA,, sábado, 22 noviembre 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la carta que ha escrito monseñor Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia (España), con el título «La crisis y la fe».

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La crisis ha modificado bruscamente un logro de nuestra sociedad que parecía definitivo e incluso en alza; esta poniendo en riesgo un nivel de vida holgado, del que disfrutaba una gran mayoría de españoles. Todo eso parece venirse abajo por un terremoto económico de proporciones mundiales, que paradójicamente no ha respetado ni a los más ricos. Y, si para estos es así, no nos queremos ni imaginar lo que supondrá, si no se encuentran soluciones a tiempo, para los más pobres. Ante esta situación se están buscando las medidas más adecuadas que permitan atajar esta grave crisis. Es evidente que, si el problema es sobre todo económico, las soluciones habrán de venir de un nuevo orden en la economía mundial.

Sin embargo, muchos se preguntan si la crisis es sólo económica o si todo lo que está ocurriendo tiene algo que ver con otros valores. También es frecuente escuchar que entre crisis y fe hay mucha relación. En principio pienso que es así, porque en el ser humano no hay esferas exclusivas y cerradas: todo en él es siempre unidad e integración y, cuando se produce en su vida alguna alteración las causas no son únicas y las soluciones también han de venir desde todas sus dimensiones; por supuesto también desde la espiritual.  

Por eso la fe y la crisis se tienen que entender, y necesariamente se ha de producir un diálogo entre ellas. La fe ilumina al hombre y a la mujer en sus experiencias personales y sociales. Es por eso que la situación de crisis está demandando el protagonismo de nuevos valores, nacidos de la fe, que tengan su fuente en los sentimientos mismos de Dios, manifestados especialmente por la encarnación de su Hijo Jesucristo. Y de entre ellos, dos son especialmente protagonistas en estos momentos: la solidaridad y la austeridad.

Hoy todos, también desde otros ángulos y visiones de la vida, reclaman el valor de la solidaridad; quizás sea porque no hay nadie que no se sienta afectado por este mal que nos ha sobrevenido. En realidad, al mirar a nuestro alrededor, enseguida se comprueba cómo afecta al vecino de piso, de trabajo, de barrio, de población, de región… cómo la crisis es una gran mancha que atrapa poco a poco a todos. Pues la mancha la hemos de limpiar con el mejor de los disolventes: el de la ayuda mutua, que ha de ir especialmente dirigida a aquellos que estén siendo más afectados, los más severamente empobrecidos.

Esa mirada solidaria a nuestro entorno, lleva también a unas actitudes y modos de vida más austeros. En realidad la austeridad, si es sana, es la clave de la solidaridad: cada cual ayuda en la medida que comparte lo que tiene, y eso le lleva a situar su modo de vida al nivel de los que lo están pasando mal, a cuyo servicio se pone lo que se es y lo que se tiene. No obstante hay que evitar la austeridad que no es sana; es la de la imagen, la de aquellos que le dan un cierto tono demagógico a las medidas y actúan siempre en función de quedar bien o mal en determinadas situaciones.

A todos les parece evidente que esos dos valores, el de la solidaridad y el de la austeridad, que siempre se dan la mano, son necesarios en estos momentos de crisis. Y para que brillen en todo su esplendor, es decir, en toda su pureza y verdad, os recomiendo que situemos nuestras vidas en el amor providente de Dios. A mi entender, quizás sea este un buen momento para recordar el valor de la Providencia divina, tan devaluada en el reciente pasado, quizás porque se nos había subido a la cabeza la abundancia.

Ahora nos conviene saber que «en todas las cosas interviene Dios para el bien de los que le aman» (Rm 8,16). En estos momentos, quizás nos purifique y aliente reconocer y proclamar de nuevo que Dios es el Señor de la historia y del mundo, aunque los caminos de su providencia frecuentemente no los conozcamos. Quizás sea bueno rebajar la confianza en los dominadores del mundo, que habrán de ganársela en la medida que trabajen por mejorarlo en caridad, justicia y paz. No obstante, esa confianza en las capacidades humanas no nos hará olvidar que también en las decisiones del G8 y el G20 se muestra providente el Señor, que nos sostiene con el concurso de sus criaturas; pues a veces Dios se sirve de nosotros para la realización de sus designios.  

Con mi afecto y bendición.

 

+ Amadeo Rodríguez Magro

Obispo de Plasencia

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ZENIT Staff

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