ROMA, lunes 15 de diciembre de 2008 (ZENIT.org).- "La Iglesia no sólo reconoce y respeta la distinción y autonomía del Estado respecto de ella, sino que se alegra como de un gran progreso de la humanidad". Así lo afirmó Benedicto XVI durante su visita el sábado pasado a la Embajada Italiana ante la Santa Sede.

Para el Papa, esta separación y autonomía supone para la Iglesia "una condición fundamental para su misma libertad y el cumplimiento de su misión universal de salvación entre todos los pueblos".

"Esta breve visita me es propicia para reafirmar que la Iglesia es muy consciente de que "la distinción en que lo que es del César y lo que es de Dios pertenece a la estructura fundamental del cristianismo", explicó Benedicto XVI.

Al mismo tiempo, añadió, la Iglesia "siente como su deber, siguiendo los dictados de la doctrina social, argumentada a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano, despertar en la sociedad las fuerzas morales y espirituales, contribuyendo a abrir las voluntades a las auténticas exigencias del bien".

"Reclamando el valor que tienen los principios éticos no sólo para la vida privada sino fundamentalmente para la vida pública, la Iglesia contribuye a garantizar y promover la dignidad de la persona y el bien común de la sociedad".

"En este sentido se realiza verdaderamente la deseada cooperación entre Estado e Iglesia", añadió el Papa.

Pactos Lateranenses

La visita del Papa a la embajada italiana ante la Santa Sede (se trata del cuarto pontífice que lo hace, desde Pío XII en 1951), precede las próximas celebraciones en febrero de 2008 del 80 aniversario de los Pactos Lateranenses, que consagraron la separación entre la República Italiana y el Estado Ciudad del Vaticano.

El Papa agradeció, en este sentido, la "contribución de las autoridades italianas para que la Santa Sede pueda desarrollar libremente su misión universal y por tanto mantener relaciones diplomáticas con tantos países del mundo".

Refiriéndose su pasado encuentro del 4 de octubre en el Quirinal con el presidente de la República Italiana, Giorgio Napolitano, Benedicto XVI recordó su afirmación en aquella ocasión, de que "en la ciudad de Roma conviven pacíficamente y colaboran de forma fructífera el Estado Italiano y la Sede Apostólica".

Destacó la importancia de estas buenas relaciones y del papel jugado en ellas por la Embajada italiana ante la Santa Sede, unas relaciones "diplomáticas, sociales y religiosas que se ponen de manifiesto" ante la próxima celebración del aniversario de los Pactos que las consagraron en 1929.

Esta "fructífera relación" entre Italia y la Santa Sede, subrayó el Papa, supone "un entendimiento muy importante y significativo en la actual situación mundial, en la que el perdurar de los conflictos y las tensiones entre los pueblos hace cada vez más necesaria la colaboración entre todos aquellos que comparten los mismos ideales de justicia, solidaridad y paz".

Se refirió también a la significativa sede que desde 1929 ocupa la embajada italiana ante la Santa Sede, el palacio de san Carlos Borromeo, quien como joven cardenal y colaborador de su tío, el papa Pío IV, trabajó en la diplomacia de la Santa Sede.

Tras una profunda conversión, el santo llegó a ser arzobispo de Milán, a cuya población se dedicó totalmente, en especial durante la epidemia de peste.

La vida de este santo, al que está dedicada la capilla recién reformada del palacio de la embajada, "muestra cómo la gracia divina puede transformar el corazón del hombre y hacerlo capaz de un amor por los hermanos llevado hasta el sacrificio de sí mismo", añadió el Papa.

"Quienes trabajan aquí pueden encontrar en este santo un protector constante, y al mismo tiempo, un modelo en el que inspirarse", añadió.

Por último, el Papa aprovechó la oportunidad para enviar su felicitación de Navidad a las autoridades italianas, así como a todos los países del mundo, "tengan o no representación diplomática ante la Santa Sede".

"Es un deseo de luz y de auténtico progreso humano, de prosperidad y de concordia, realidades todas a las cuales podemos aspirar con confiada esperanza, porque son dones que Je´sus ha traído al mundo naciendo en Belén", concluyó.

Por Inma Álvarez