La civilización del amor, según Carl Anderson

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«El amor no auténtico tiene un nombre: hipocresía»

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NEW HAVEN, Connecticut, domingo, 20 de septiembre de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos una reflexión sobre la «civilización del amor» compartida con ZENIT por Carl Anderson, caballero supremo de los Caballeros de Colón y autor superventas del New York Times.

* * *

Hace un par de años, cuando algunos estudiantes visitaron a Benedicto XVI, dos de ellos le hicieron una pregunta que podría haber venido de cualquiera, católico o no.

Le preguntaron: «¿Hay alguien o algo por medio del cual podamos llegar a ser importantes? ¿Cómo es posible esperar cuando la realidad niega todo sueño de felicidad, todo proyecto de vida?».

Creo que mucha gente comparte estas preguntas. Los pobres, los ancianos, los enfermos, los inmigrantes, el padre que permanece el hogar o el trabajador de 9 a 5 – nadie quiere ser prescindible o sentirse sin valor o atrapado. Desgraciadamente, muchas personas se sienten así en diferentes áreas de sus vidas. Y creo que es un peligroso síntoma que no podemos pasar por alto. Es un síntoma de que algo en nuestra cultura es tan insano que la gente pierde la esperanza.

Pero aunque los dos estudiantes preguntaron lo que parecía ser una pregunta laica, la única y verdadera respuesta consiste en volver a la propia vocación original: el llamamiento a amar.

Con frecuencia, cuando hablamos sobre la juventud y el futuro de la Iglesia, la gente saca a colación la «crisis de vocaciones». Sin embargo, para responder a la crisis es vital que respondamos de forma que se subraye la igualdad subyacente de las vocaciones.

Por muy diferente que sea cada vocación – sacerdocio, matrimonio, vida consagrada – todas tienen la misma meta. Todas son manifestaciones diferentes de la vocación que todos tenemos en común, la vocación al amor.

Toda vocación requiere una entrega plena de uno mismo. Toda vocación perdura a lo largo de la vida. Toda vocación es un camino en un viaje por el que nos volvemos más como Dios que es amor. Toda vocación tiene el componente de amarnos unos a otros, manifestando el amor de Dios.

Por supuesto, la verdad de esto no siempre está clara.

Esto es especialmente cierto viendo el estado del matrimonio católico.

Hablando hipotéticamente, si el 23% de los sacerdotes dejara el sacerdocio, ¿pensaríamos que les habíamos dado la adecuada formación para el sacerdocio? Por eso, cuando en Estados Unidos el 23% de los católicos adultos se divorcia, ¿es esta una formación adecuada para el matrimonio?

Cuando tres de cada cinco matrimonios católicos fallidos son entre dos católicos, ¿qué significa el matrimonio católico?

Cuando el 69% de los católicos entre 18 y 25 años creen que el «matrimonio es todo lo que dos personas quieran que sea», ¿a qué obstáculo tiene que enfrentarse su educación católica? Y cuando todavía hay pocos que entren en el sacerdocio y la vida religiosa, necesitamos preguntarnos «¿cuál es el futuro de nuestras vocaciones?».

Ahora, esto puede parecer una situación desesperada y calamitosa. Pero hay buenas noticias. Estamos creados para el amor, y nada – ni siquiera la cultura laicista – pueda erradicar la llamada al amor de nuestra sensibilidad.

El hecho es que no podemos menospreciar el que no se siga un compromiso vocacional como resultado de una inmadurez rampante. Esto también se debe en parte al hecho de que la gente está cuestionándose la autenticidad del amor que experimentan.

El amor no auténtico tiene un nombre: hipocresía.

Habla la lengua del amor, pero no su significado. Ofrece un don único e irrepetible, pero luego es rápido en retirarlo. Puede verse en un matrimonio sin amor y descuidado, en un sacerdote centrado en sí mismo o apático, en una religiosa o en un religioso sin compasión.

La consecuencia de ver sólo amor no auténtico es esta: El amor es visto como algo que no pertenece a las estructuras creadas para el amor. Cuando las familias se separan del amor, entonces el amor es visto como algo que hay que separar de la familia. Cuando la familia de la Iglesia se queda sin amor, entonces el amor se vuelve algo que hay que encontrar fuera de la Iglesia.

Pero hay más noticias buenas: vivir nuestra propia vocación ayudará a los demás a vivir su propia vocación.

Ayuda a quienes tienen una vocación consagrada a ser coherentes con ella. Ayuda a quienes todavía no se han entregado a una específica vocación a abrirse y a tener la valentía de decir sí a su vocación. Una vocación bien vivida restaura la confianza en el amor.

La respuesta está, en palabras del Papa Benedicto XVI, en que haya «armonía entre lo que decimos con nuestros labios y lo que pensamos con nuestros corazones».

Otra faceta del auténtico amor es la perseverancia. El testimonio que cada uno de nosotros es seguir amando con la propia vocación incluso durante las épocas de aridez espiritual, como experimentó la Madre Teresa, y San Juan de la Cruz y muchos otros santos.  Esta experiencia no debe considerarse simplemente como un paso en el viaje espiritual de la vida. Es una experiencia por la cual podemos relacionarnos con todos aquellos que se sienten de alguna forma desconectados del amor de Dios.

En cierto sentido, este tipo de aridez espiritual, esta falta de «sentir» el poder del amor, es exactamente lo que los jóvenes sienten hoy. En la perseverancia de otros pueden encontrar y ver la fuerza del amor, la fuerza de un corazón que no simplemente siente sino que ve y ama según la verdad.

Y para muchos, una prueba decisiva de esta autenticidad es la alegría – y de hecho lo es. Y quizá el obstáculo más grande para la reputación de toda vocación no es el escándalo sino la falta de alegría – o lo que podíamos llamar el escándalo de la falta de alegría. Por esta razón, también, antes de ser Papa, el cardenal Ratzinger decía que la Iglesia no tiene una «necesidad urgente» de reformadores, sino que lo que de verdad necesita la Iglesia son «personas que estén internamente imbuidas por el cristianismo, que lo experimenten como alegría y esperanza, que se vuelvan así en amantes. Y a estos los llamamos santos».

Toda vocación ofrece una respuesta particular a la cuestión del auténtico amor. Y por eso todas las vocaciones son necesarias.

Además, la transformación de las vocaciones del matrimonio y la vida religiosa por Cristo sólo es posible – y plena – a través de algo más: el establecimiento de la Iglesia. Somos parientes no por nuestra propia sangre sino por la sangre de Cristo.

En el sacrificio de Cristo en la cruz, la familia – a los ojos de Dios – se ha abierto a todos. Dios redimió y se implicó Él mismo no sólo con el Pueblo Elegido, un pueblo definido por la sangre, sino con todos los pueblos, un pueblo definido por un origen común, el Creador, que inculcó en todos nosotros una llamada común, la vocación al amor.

Como Papa, Benedicto XVI escribió en «Sacramentum Caritatis»: «La comunión tiene siempre y de modo inseparable una connotación vertical y una horizontal: comunión con Dios y comunión con los hermanos y hermanas». No podemos estar en comunión con nuestros hermanos los hombres si no estamos en comunión con Jesucristo.

Esta es la razón por la que Ratzinger describió toda la historia humana como un «sí»o un «no» al Amor. Y sólo podemos decir «sí» al amor con un entrega completa de nosotros mismos, primero a Dios, luego al prójimo, pero a ambos siempre con amor.

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ZENIT Staff

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