CIUDAD DEL VATICANO, lunes 24 de mayo de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió el pasado sábado, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico, a los participantes en el Congreso de la Fundación Centesimus Annus-Pro Pontifice.

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Señor cardenal,

venerados Hermanos en el Episcopado y Sacerdocio,

ilustres y queridos amigos,

estoy contento de saludaros con ocasión del Congreso de estudio promovido por la Fundación Centesimus Annus – Pro Pontifice. Saludo al cardenal Attilio Nicora, a monseñor Claudio Maria Celli y a los demás prelados y sacerdotes presentes. Un particular pensamiento al presidente, doctor Domingo Sugranyes Bickel, a quien agradezco por las corteses palabras y a vosotros, queridos Consejeros y Socios de la Fundación, que habéis querido visitarme con vuestros familiares.

He apreciado que vuestro encuentro ponga en el centro de la reflexión la relación entre “desarrollo, progreso, bien común”. En efecto, hoy más que nunca, la familia humana puede crecer como sociedad libre de pueblos libres cuando la globalización es guiada por la solidaridad y por el bien común, como también por la respectiva justicia social, que encuentran en el mensaje de Cristo y de la Iglesia una fuente preciosa. La crisis y las dificultades que en el presente sufren las relaciones internacionales, los Estados, la sociedad y la economía, de hecho, son en gran medida debidas a la falta de confianza y de una adecuada inspiración solidaria, creativa y dinámica, orientada al bien común, que lleve a relaciones autenticamente humanas de amistad, de solidaridad y de reciprocidad también “dentro” de la actividad económica. El bien común y la finalidad que da sentido al progreso y al desarrollo, los cuales de otra forma se limitarían solo a la producción de bienes materiales; éstos son necesarios, pero sin la orientación al bien común terminan por prevalecer el consumismo, el despilfarro, la pobreza y los desequilibrios; factores negativos para el progreso y el desarrollo.

Como señalaba en la encíclica Caritas in veritate, uno de los mayores riesgos en el mundo actual es el de que “a la interdependencia de hecho entre los hombres y los pueblos no corresponda la interacción ética de las conciencias y de las inteligencias, de la cual pueda surgir como resultado un desarrollo verdaderamente humano" (n. 9). Semejante interacción, por ejemplo, parece ser demasiado débil en esos gobernantes que, frente a renovados episodios de especulaciones irresponsables hacia los países más débiles, no reaccionan con adecuadas decisiones de gobierno financiero. La política debe tener la primacía sobre las finanzas, y la ética debe orientar cada actividad.

Sin el punto de referencia representado por el bien común universal no se puede decir que exista un verdadero ethos mundial y la correspondiente voluntad de vivirlo, con instituciones adecuadas. Es entonces decisivo que se identifiquen esos bienes a los que todos los pueblos deben acceder de cara a su realización humano. Y esto no de cualquier manera, sino de una manera ordenada y armónica. De hecho, el bien común está compuesto por muchos bienes: de bienes materiales, cognitivos, institucionales y por bienes morales y espirituales, estos últimos superiores a los que los primeros deben subordinarse. El compromiso por el bien común de la familia de los pueblos, como para toda sociedad, comporta, por tanto, poner atención y valerse de un conjunto de instituciones que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social mundial, de modo que tome forma de pólis, de ciudad del hombre (cfr ibid., 7). Por tanto, se debe asegurar que el orden económico-productivo sea socialmente responsable y a medida de hombre, con una acción conjunta y unitaria sobre muchos planos, también el internacional (cfr ibid., 57.67). Al mismo tiempo, se deberá apoyar la consolidación de sistemas constitucionales, jurídicos y administrativos en los países que no gozan aún de ellos de forma plena. Junto a las ayudas económicas, deben estar, por tanto, las dirigidas a reforzar las garantías propias del Estado de derecho, un sistema de orden público justo y eficaz, en el pleno respeto de los derechos humanos, como también instituciones verdaderamente democráticas y participativas (cfr ibid., 41).

Pero lo que es, sin embargo, fundamental y prioritario, de cara al desarrollo de la entera familia de los pueblos, es el trabajar para reconocer la verdadera escala de bienes-valores. Sólo gracias a una correcta jerarquía de los bienes humanos es posible comprender qué tipo de desarrollo debe ser promovido. El desarrollo integral de los pueblos, objetivo central del bien común universal, no se produce sólo con la difusión de la empresa (cfr ibidem), de los bienes materiales y cognitivos como la casa y la instrucción, de las elecciones disponibles. Este es dado especialmente por el aumento de esas buenas decisiones que son posibles cuando exista la noción de un bien humano integral, cuando haya un telos, un fin, a cuya luz es pensado y querido el desarrollo. La noción de desarrollo humano integral presupone coordinadas precisas, como la subsidiariedad y la solidaridad, así como la interdependencia entre Estado, sociedad y mercado. En una sociedad mundial, compuesta por muchos pueblos y por religiones distintas, el bien común y el desarrollo integral deben conseguirse con la contribución de todos. En esto, las religiones son decisivas, especialmente cuando enseñan la fraternidad y la paz, porque educan a dar espacio a Dios y a estar abiertos a lo trascendente, en nuestras sociedades marcadas por la secularización. La exclusión de las religiones del ámbito público, como, por otro lado, el fundamentalismo religioso, impiden el encuentro entre las personas y su colaboración para el progreso de la humanidad; la vida de la sociedad se empobrece en motivaciones y la política asume un rostro oprimente y agresivo (cfr ibid. 56).

Queridos amigos, la visión cristiana del desarrollo, del progreso y del bien común, como surge de la Doctrina Social de la Iglesia, responde a las expectativas más profundas del hombre y vuestro compromiso en profundizarla y difundirla es una válida aportación para edificar la “civilización del amor”. Por esto os expreso mi reconocimiento y mis felicitaciones, y os bendigo a todos de corazón.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]