TURÍN, martes 4 de mayo de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió a los enfermos y cuidadores de la Pequeña Casa de la Divina Providencia, fundada por san Giuseppe Cottolengo, durante su visita a Turín, el pasado 2 de mayo, para la Ostensión de la Sábana Santa.

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Señores cardenales,

queridos hermanos y hermanas.

Deseo expresaros a todos vosotros mi alegría y mi reconocimiento al Señor que me ha traído hasta vosotros, en este lugar, donde de tantas formas y según un carisma particular, se manifiestan la caridad y la Providencia del Padre celestial. El nuestro es un encuentro que armoniza muy bien con mi peregrinación a la sagrada Síndone, en la que podemos leer todo el drama del sufrimiento, pero también, a la luz de la Resurrección de Cristo, el significado pleno que esta asume para la redención del mundo. Agradezco a Don Aldo Sarotto por las significativas palabras que me ha dirigido: a través de él mi agradecimiento se extiende a cuantos trabajan en este lugar, la Pequeña Casa de la Divina Providencia, como la quiso llamar san Giuseppe Benedetto Cottolengo. Saludo con reconocimiento a las tres Familias Religiosas nacidas del corazón de Cottolengo y de la "fantasía" del Espíritu Santo. Gracias a todos vosotros, queridos enfermos, que sois el tesoro precioso de esta casa y de esta Obra.

Como quizás sepáis, durante la Audiencia General del pasado miércoles, junto a la figura de san Leonardo Murialdo, presenté también el carisma y la obra de vuestro Fundador. Sí, él fue un verdadero y auténtico campeón de la caridad, cuyas iniciativas, como árboles exuberantes, están ante nuestros ojos y bajo la mirada del mundo. Releyendo los testimonios de la época, vemos que no fue fácil para Cottolengo comenzar su empresa. Las muchas actividades de asistencia presentes en el territorio no eran suficientes para sanar la plaga de la pobreza, que afligía a la ciudad de Turín. San Cottolengo intentó dar una respuesta a esta situación, acogiendo a las personas en dificultad y privilegiando a las que no eran recibidas y cuidadas por otros. El primer núcleo de la Casa de la Divina Providencia no tuvo una vida fácil y no duró mucho. En 1832, en el barrio de Valdocco, vio la luz una nueva estructura, ayudada también por algunas familias religiosas.

San Cottolengo, aún atravesando en su vida momentos dramáticos, mantuvo siempre una serena confianza frente a los acontecimientos; atento a captar los signos de la paternidad de Dios, reconoció, en todas las situaciones, su presencia y su misericordia y, en los pobres, la imagen más amable de su grandeza. Le guiaba una convicción profunda: “Los pobres son Jesús – decía – no son una imagen suya. Son Jesús en persona y como tales hay que servirles. Todos los pobres son nuestros amos, pero esos que a los ojos materiales son tan repulsivos, son nuestros mayores amos, son nuestras verdaderas piedras preciosas. Si no les tratamos bien, nos echan de la Pequeña Casa. Éstos son Jesús”. San Giuseppe Benedetto Cottolengo sintió la necesidad de comprometerse con Dios y con el hombre, movido en lo profundo de su corazón por la palabra del Apóstol Pablo: La caridad de Cristo nos apremia (cfr 2 Cor 5,14). Él quiso traducirla en total dedicación al servicio de los más pequeños y olvidados. El principio fundamental de su obra fue, desde el principio, el ejercicio hacia todos de la caridad cristiana, que le permitía reconocer en cada hombre, aunque estuviese en los márgenes de la sociedad, una gran dignidad. Él había comprendido que quien está afectado por el sufrimiento y por el rechazo tiende a cerrarse en sí mismo y aislarse, y a manifestar desconfianza hacia la vida misma. Por ello el hacerse cargo de tantos sufrimientos humanos significaba, para nuestro Santo, crear relaciones de cercanía afectiva, familiar y espontanea, dando vida a estructuras que pudiesen favorecer esta cercanía, con ese estilo de familia que continúa aún hoy.

La recuperación de la dignidad personal para san Giuseppe Benedetto Cottolengo quería decir restablecer y valorar todo lo humano: desde las necesidades fundamentales psico-sociales a las morales y espirituales, desde la rehabilitación de las funciones físicas a la búsqueda de un sentido de la vida, llevando a la persona a sentirse aún parte viva de la comunidad eclesial y del tejido social. Estamos agradecidos a este gran apóstol de la caridad porque, visitando estos lugares, encontramos el sufrimiento cotidiano en los rostros y en los miembros de tantos hermanos y hermanas nuestros acogidos aquí como en su casa, hacemos experiencia del valor y del significado más profundo del sufrimiento y del dolor.

Queridos enfermos, vosotros lleváis a cabo una obra importante: viviendo vuestros sufrimientos en unión con Cristo crucificado y resucitado, participáis en el misterio de su sufrimiento para la salvación del mundo. Ofreciendo nuestro dolor a Dios por medio de Cristo, podemos colaborar a la victoria del bien sobre el mal, porque Dios hace fecunda nuestra ofrenda, nuestro acto de amor. Queridos hermanos y hermanas, todos vosotros que estáis aquí, cada uno por su parte: no os sintáis extraños al destino del mundo, sino sentíos teselas preciosas de un bellísimo mosaico que Dios, como gran artista, va formando día tras día también a través de vuestra contribución. Cristo, que murió en la Cruz para salvarnos, se dejó clavar para que de aquel madero, de aquel signo de muerte, pudiese florecer la vida en todo su esplendor. Esta Casa es uno de los frutos maduros nacidos de la Cruz y de la Resurrección de Cristo, y manifiesta que el sufrimiento, el mal, la muerte no tienen la última palabra, porque de la muerte y del sufrimiento la vida puede resurgir. Dio testimonio de ello de forma ejemplar uno de vosotros, a quien quiero recordar: el Venerable hermano Luigi Bordino, estupenda figura de religioso enfermero.

En este lugar, entonces, comprendemos mejor que, si la pasión del hombre fue asumida por Cristo en su Pasión, nada se perderá. El mensaje de esta solemne Ostensión de la Síndone: Passio Christi – Passio hominis, aquí se comprende de modo particular. Oremos al Señor crucificado y resucitado para que ilumine nuestra peregrinación cotidiana con la luz de su Rostro; que ilumine nuestra vida, el presente y el futuro, el dolor y el gozo, las fatigas y las esperanzas de toda la humanidad. A todos vosotros, queridos hermanos y hermanas, invocando la intercesión de la Virgen María y de san Giuseppe Benedetto Cottolengo, imparto de corazón mi Bendición: que os conforte y os consuele en las pruebas y os obtenga toda gracia que viene de Dios, autor y dador de todo don perfecto. ¡Gracias!

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]