Excomuniones de Hidalgo y Morelos

Por monseñor Felipe Arizmendi Esquivel

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SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS, sábado, 11 de septiembre de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos un artículo de monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, en el bicentenario de México, sobre las «Excomuniones de Hidalgo y Morelos».

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VER

Al celebrar el bicentenario de nuestra independencia, recordamos que fueron sacerdotes quienes la encabezaron, pues al estar muy cerca del sufrimiento del pueblo oprimido, sintieron en carne propia la necesidad de justicia y libertad.

Sin embargo, los no católicos no toleran que aduzcamos su sacerdocio como elemento inspirador de su lucha libertaria, y nos echan en cara que se les excomulgó, se les degradó, se les condenó y se les fusiló. Al sacerdote Miguel Hidalgo, en vez de darle el título que la gente le daba de «Padre Hidalgo», le llaman con menosprecio «el Cura Hidalgo».

¿Qué decimos los obispos, en nuestra carta pastoral «Conmemorar nuestra historia desde la fe, para comprometernos hoy con nuestra patria»?

JUZGAR

«La reacción contraria (al movimiento de independencia) de miembros de la Jerarquía eclesiástica se debió, primero, a que todos ellos habían obtenido su nombramiento por el regalismo imperante, que por principio excluía la independencia de estos reinos; en segundo lugar, a que algunos, aun cuando estimaban necesarias varias reformas benéficas al país, consideraban que la vía de una insurrección violenta traería mayores males; finalmente los excesos en que cayeron algunos insurrectos confirmaron esta idea.

En el caso de Hidalgo, desde 1800 se habían hecho denuncias por proposiciones supuestamente heterodoxas y por vida disipada en San Felipe. Sin embargo, ante la falta de pruebas y más bien gracias a testimonios muy favorables de la ortodoxia de Hidalgo, así como de un cambio de vida, se archivó el caso y los propios inquisidores reconocieron que la fama de Hidalgo era de «sabio, celoso párroco y lleno de caridad». Sin embargo, luego del Grito de Dolores, el fiscal de la Inquisición lo acusó de hereje e Hidalgo fue citado a comparecer. Respondió algunos cargos desde Valladolid, y a todos puntualmente ya prisionero en Chihuahua, confesando su íntegra fe católica.

Manuel Abad y Queipo, Obispo Electo de Valladolid, fue el primer prelado que reprobó la Insurrección y además declaró que Hidalgo y todos sus seguidores y favorecedores habían incurrido en excomunión por aprehender a personas consagradas. Esta reprobación y declaración fue refrendada luego por otros obispos. Los posteriores degüellos ocultos, sin juicio, de centenares de peninsulares civiles extraídos de sus hogares, autorizados por Hidalgo, pusieron en entredicho la justicia del levantamiento y ciertamente, al incluirse dos personas consagradas en esos crímenes, acarrearon la excomunión sobre sus autores. Hidalgo, durante los más de cuatro meses de su prisión, reconoció este exceso de su movimiento, se dolió de ello, lo confesó sacramentalmente y le fue levantada, desde entonces, tal excomunión.

En cuanto a Morelos y otros, se les acusó de herejes. La ceremonia de degradación impuesta a Hidalgo, Morelos y otros sacerdotes insurgentes, no fue sino una formalidad para despojarlos del fuero eclesiástico y así poder ejecutarlos.

José María Morelos e Ignacio López Rayón, principales caudillos continuadores de Hidalgo, se apartaron de tales crímenes. No obstante, el mismo Abad y Queipo los declaró nominalmente excomulgados, así como a otros insurgentes, porque supuestamente no reconocieron la potestad de los obispos. Morelos, en manos de sus verdugos, también se reconcilió sacramentalmente varias veces, y aun cuando tuviera por inválida aquella excomunión, le fue levantada.

La Iglesia participó en el homenaje de los caudillos insurgentes, recibiendo solemnemente los restos mortales de Miguel Hidalgo, de José María Morelos, y otros, en la Catedral Metropolitana de la Arquidiócesis de México (1823)».

ACTUAR

Reconozcamos virtudes y errores de nuestros héroes, y aprendamos a luchar pacíficamente contra la injusticia, la exclusión de los pobres, la corrupción, la inseguridad, la violencia, el narcotráfico y todos los males que limitan nuestra independencia y libertad.

Puede leerse el texto completo de la Carta Pastoral con motivo del bicentenario del México en la página de la Conferencia del Episcopado Mexicano: http://www.cem.org.mx

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ZENIT Staff

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