Benedicto XVI plantea a Alemania la cuestión de Dios

Por Giovanni Maria Vian

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ERFURT, sábado 24 de septiembre de 2011 (ZENIT.org).- Publicamos el análisis que ha hecho de esta última etapa del viaje de Benedicto XVI a Alemania el director de “L’Osservatore Romano”, Giovanni Maria Vian.

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En los últimos días del Concilio Vaticano II, al final de un encuentro con los observadores de otras Iglesias y confesiones cristianas, Pablo VI regaló a cada uno de ellos una pequeña campana que cada día llama a la oración común. Un símbolo elocuente abierto al futuro, que de otro modo Benedicto XVI ha evocado hoy remitiéndose a la Gloriosa, la gigantesca campana medieval de la catedral de Erfurt cuyos toques solemnes resonaron al final de la misa, “signo vivo de nuestro profundo enraizamiento en la tradición cristiana, pero también una llamada a ponernos en camino y a comprometernos en la misión”, dijo el Papa.

Precisamente desde la altera Roma —exactamente así, “segunda Roma”, se llamaba en el Renacimiento, por su gran número de iglesias, a la espléndida capital de Turingia, en el corazón de Alemania— ha llegado de Benedicto XVI una reflexión sobre la historia alemana, desde la evangelización durante el alto medioevo hasta los tiempos más recientes, en el siglo XX marcado de forma espantosa y nefasta por dos dictaduras de distinto color, pero ambas impías y enemigas del hombre. Una reflexión que ha sabido contemplar con ojos claros hasta el pasado más oscuro.

Hace treinta años, en 1981, ¿quién habría podido imaginar la caída del muro de Berlín, ocurrida ocho años después? O remontándose siete décadas, ¿cuántos pensaban en 1941 que del tercer Reich, exaltado desde la retórica nazista como milenario, no quedarían más que cenizas sólo cuatro años más tarde? Acontecimientos que se alejan cada vez más —aunque en Erfurt el Papa se reunió con el último sacerdote católico superviviente de Dachau, el prelado de 98 años Hermann Scheipers—, pero cuyos efectos para la fe cristiana persisten hoy, deletéreos como la lluvia ácida para el ambiente de la región.

Al plantear estas preguntas Benedicto XVI recordó, sin embargo, que hubo quien, en nombre de Cristo, supo oponerse —no raramente hasta el martirio— a la pretendida omnipotencia pagana de Hitler, igual que más tarde muchos católicos se resistieron a la ideología comunista, educando a sus hijos en la fe y visitando frecuentemente el pequeño santuario mariano de Etzelsbach, en el centro de una región sofocada por el totalitarismo que se declaraba democrático, donde se venera una antigua imagen de la Dolorosa, meta de una peregrinación repetida por Benedicto XVI, quien presidió allí la oración de la tarde con decenas de miles de fieles.

También en Erfurt ha vuelto sobre todo la cuestión de Dios, la única verdaderamente crucial y de cual depende todo. Por eso el Papa la ha planteado con fuerza hablando a los evangélicos en el convento de Lutero y pidiendo un compromiso de testimonio común en un mundo extraviado y a menudo inhumano. Y para mostrar la importancia de Dios existe además el ejemplo de los santos, que —llegados de distintas partes de Europa (Italia, Irlanda, Inglaterra, Hungría)— evangelizaron Alemania. El obispo Severo con sus reliquias, los misioneros Kilian, Bonifacio, Eoban y Adelar con su martirio, la joven Isabel con su caridad, mostraron de hecho que es posible la relación con Dios y que vale la pena vivirla. En una comunión que sobrepasa las distancias y el tiempo y que es necesario contemplar con ojos claros porque abre al futuro de Dios.

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ZENIT Staff

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