(ZENIT Noticias / Guadalajara, 30.06.2026).- Cuando la Iglesia de Inglaterra se separó de la Iglesia Católica en el siglo XVI, el monacato prácticamente desapareció dentro de la comunión anglicana en Inglaterra. El rey Enrique VIII disolvió los conventos y monasterios y confiscó sus propiedades.
En nuestros días, dentro del anglicanismo, existen comunidades religiosas que aunque no son “órdenes” exactamente iguales a las católicas, sí viven un estilo de vida consagrada con votos, regla y misión. Muchas surgieron en el siglo XIX con el movimiento de Oxford, que recuperó elementos monásticos antiguos.
Fue durante el resurgimiento del monacato anglicano que William John Butler, un joven vicario anglicano de Wantage, Inglaterra, fundó la Comunidad Anglicana de Santa María la Virgen, en 1848. Su regla se basaba en la de San Agustín.
La comunidad creció con los años y se dedicó a diversas obras de beneficencia, desde escuelas hasta residencias para madres jóvenes o ancianos, y para personas en recuperación de adicciones. Más recientemente, a finales del siglo XX, pasaron gradualmente del trabajo institucional a «ministerios más individuales» en hospitales, parroquias y escuelas, así como a la dirección espiritual.
El Papa Benedicto XVI era muy consciente de que, debido en gran parte a la evolución teológica de la Comunión Anglicana y de la Iglesia de Inglaterra en particular, un número significativo de anglicanos estaba interesado en convertirse al catolicismo.
El paso del anglicanismo al catolicismo
Actualmente en Inglaterra hay órdenes contemplativas que se dedican sobre todo a la oración, liturgia y vida comunitaria. Órdenes activas o apostólicas que combinan oración con educación, misión o servicio social. Y órdenes mixtas o nuevas que incluyen célibes, casados y laicos bajo una misma regla.
Se distinguen del catolicismo en que no existe una autoridad central equivalente a Roma que regule todas las órdenes. Los votos suelen ser más flexibles.
Varios anglicanos de comunidades religiosas terminaron entrando en plena comunión con la Iglesia Católica especialmente después de la creación de los Ordinariatos personales por Benedicto XVI, quien respondió a peticiones de grupos enteros (sacerdotes, fieles e incluso comunidades) que querían convertirse juntos.
Un ordinariato personal es parecido a una diócesis, pero no depende del territorio sino de personas.
Pueden conservar: ciertas formas litúrgicas e himnos y lenguaje litúrgico tradicional inglés, con espiritualidad propia y sus tradiciones pastorales.
Es decir, se puede entrar plenamente en la Iglesia católica conservando elementos auténticos de la propia tradición, purificados e integrados.
Muchos lo ven como una de las iniciativas ecuménicas más originales del pontificado de Benedicto XVI. Además, tiene cierta conexión con la intuición de San John Henry Newman, la continuidad entre lo mejor de la tradición inglesa y la plenitud católica.
Testimonio de la Madre Superiora
Por un lado, explica en su sitio web la Madre Windsome, superiora de la comunidad de Santa María Virgen, ya «llevaban el hábito tradicional, cantaban canto gregoriano, reservaban el Santísimo Sacramento, hacían votos de pobreza, castidad y obediencia, y básicamente buscaban replicar las prácticas de una comunidad monástica católica tradicional». Por otro lado, sentían que «con el paso del tiempo, la vida religiosa en la Iglesia de Inglaterra […] había sido relegada a un segundo plano».
La Madre Winsome explica que las hermanas habían llegado a un punto en el que la comunidad necesitaba una profunda reforma espiritual. Fue elegida Madre Superiora en 2006 y descubrió que algunas hermanas corrían el riesgo de perder su vocación monástica, sustituyéndola por la idea de una asociación informal de mujeres bienintencionadas que realizaban buenas obras. Pero eso, señala, no es la vida consagrada monástica.

Durante los esfuerzos que ella y otras hermanas realizaron para recuperar terreno espiritual, se toparon con obstáculos derivados de la estructura y la naturaleza de la Iglesia de Inglaterra en su conjunto. Comenzaron a sentir la necesidad de la guía del Vicario de Cristo y del Magisterio, en lugar de un sínodo electo.
Inicialmente, no tenían intención de abandonar la Comunidad de Santa María la Virgen. Muchas de las hermanas habían expresado de forma independiente sentir la misma vocación, «como parte de una comunidad», a la vez que percibían el llamado a permanecer juntas. De hecho, el Ordinariato estaba preparado para recibir religiosas en grupos. Esperaban que las monjas que desearan convertirse al catolicismo pudieran hacerlo y permanecer junto a sus hermanas anglicanas.
Esta propuesta fue aprobada por toda la comunidad, y comenzaron un período de exploración espiritual y discernimiento bajo la guía de representantes de la Iglesia Católica y del Ordinariato en particular. Finalmente, once discernieron que estaban llamados a la plena comunión de la Iglesia Católica. También comprendieron que sentían el llamado a seguir la Regla de San Benito.
Como era de esperar, no todos estuvieron de acuerdo con su decisión. Las superioras de las monjas en la Iglesia de Inglaterra no las apoyaron. Las hermanas que querían convertirse al catolicismo tendrían que encontrar un nuevo hogar y fundar una nueva comunidad.
Recibidas por la Iglesia Católica
Dios no abandona a quienes se encomiendan a él, y la comunidad católica benedictina de la Abadía de Santa Cecilia, en Ryde, a orillas de la Isla de Wight, les abrió sus puertas. Tenían doce habitaciones vacías que habían estado preparando para unas monjas de Paraguay que debían llegar para un año de formación. Sin embargo, esos planes no se concretaron.
Dio la casualidad de que a las once monjas de la Comunidad de Santa María la Virgen se les había unido otra hermana de otra comunidad, así que ahora eran doce. Como observó la Madre Winsome: «¡Doce celdas vacías, doce hermanas!». Fue una oportunidad providencial, que debía aprovecharse.
Las doce monjas fueron recibidas en la Iglesia Católica el 1 de enero de 2013. El proceso duró cuatro años y se enfrentaron a la incomprensión y a una dolorosa oposición por parte de muchos de sus hermanos y hermanas anglicanos, pero valió la pena. «Me parece que a cada una de nosotras se nos concedió un don muy especial de gracia sanadora, para que pudiéramos experimentar la verdadera alegría al ser finalmente recibidas en la plena comunión de la Iglesia Católica», escribe la hermana Winsome.
Como otra muestra de la providencia divina, el ferry que tomaron para llegar a la abadía en la Isla de Wight resultó llamarse «Santa Cecilia». «Bienvenidos a casa» fueron las primeras palabras que escucharon de una monja de la abadía de Santa Cecilia.
Finalmente, se convirtieron en una nueva comunidad católica: las Hermanas de la Santísima Virgen María. También encontraron su sede permanente en Aston Hall, en Aston-by-Stone, Staffordshire. Se trata de un edificio con importantes vínculos católicos con dos santos ingleses, entre ellos San Juan Enrique Newman. Son la única comunidad monástica del Ordinariato de Nuestra Señora de Walsingham.
En una conferencia donde participó la Madre Windsome concluyó con estas palabras y resume su largo camino que las ha llevado hasta aquí: “Este es el Dios en el que creemos, el Dios que anunciamos: Aquel que nos llama, que va delante de nosotros, que provee para nosotros de maneras que no esperamos y que nunca deja de amarnos”.
Gracias por leer nuestros contenidos. Si deseas recibir el mail diario con las noticias de ZENIT puedes suscribirte gratuitamente a través de este enlace.




