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La Universidad católica de Belén, atacada, se ve obligada a cerrar

Su presidente hace un llamamiento a la comunidad internacional

BELÉN, 11 marzo 2002 (ZENIT.orgFides).- Terror y desesperación son los sentimientos que atenazan el ánimo de los habitantes de Belén, después de la semana más violenta desde el inicio de la nueva Intifada, constata la agencia misionera de la Santa Sede «Fides».

El hermano Vincent Malham, estadounidense, presidente de la Universidad de Belén, hace un llamamiento: «En esta trágica situación, pedimos ayuda a la comunidad internacional. Es necesario ejercer presión sobre Israel para que retire a los militares de los territorios palestinos y emprenda negociaciones de paz».

El campus de Belén, sostenido con fondos de la Santa Sede, fue cerrado el 7 de marzo y no volverá a abrir sus puertas hasta que no disponga de condiciones mínimas de seguridad para los estudiantes.

La Universidad sufrió varios ataques en los últimos días, con graves daños. En la noche entre el 8 y el 9 de marzo un misil cayó cerca del «Millenium Hall», destruyendo un muro, el suelo y las ventanas de una sala recién inaugurada. La noche sucesiva, otros tres misiles cayeron sobre la Universidad, causando daños a la biblioteca y a otros edificios, ahora en peligro de derrumbarse.

El hermano Vincent, de la Congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, está desconsolado: «El ejército israelí afirma que algunos palestinos se esconden en esta zona, y disparan. Son, sin embargo, argumentaciones simplemente ridículas: los guerrilleros se mueven en tierra, los misiles golpean las alturas y en la universidad no hay guerrilleros. Los doce Hermanos de la Universidad estamos aterrorizados: los tiros han llegado a nuestra residencia. Esperamos poder volver a abrir la Universidad apenas cese la violencia».

Al describir la ciudad natal de Jesús, constata: «Belén vive en el terror. La gente vive encerrada en sus casas, presa del terror. Muchas tiendas han cerrado, sólo pocas permanecen abiertas. Los puestos de control están cerrados y la población emboscada: nadie puede salir de la ciudad».

«Hasta ayer había tanques en la ciudad, no sé si permanecen todavía hoy –añade–. A poca distancia, en Beit Jala, domina aún el estado de emergencia: cuarenta tanques rodean la ciudad… El mundo no comprende lo que está sucediendo aquí al pueblo palestino. La gente quiere solamente libertad y una vida normal».

«No aprobamos los métodos terroristas –asegura el presidente de la Universidad–, pero los palestinos se sienten abandonados… Urge una fuerte presión internacional para poner fin a la violencia. También a la Iglesia pedimos mayor empeño. Estamos ante el fenómeno de una emigración masiva de cristianos de Tierra Santa. Hay que detener las masacres, si no queremos que la presencia cristiana desaparezca de Tierra Santa».

El sábado 9 de marzo los líderes de la Iglesias de Tierra Santa lanzaron una apremiante llamada a israelíes y palestinos, en la que afirmaban: «Nos entristece ver cada vez más viudas, huérfanos, padres y madres en luto en ambas partes… ¿Es éste el futuro que queremos para nuestros hijos?… Creemos que los pueblos de Israel y Palestina están llamados a ser socios en una paz histórica».

Tras recordar al gobierno israelí que «la seguridad de Israel depende de la libertad y justicia para los palestinos», invocan una «paz justa».

En 18 meses de la nueva Intifada han muerto más de 1.400 personas: 1.100 palestinos y 300 israelíes. La semana del 4 al 10 de marzo fue la más violenta, con cerca de 150 víctimas.

En una espiral de masacres y represalias recíprocas, terroristas palestinos atacaron a civiles en Jerusalén y Tel Aviv. El ejército israelí llevó a cabo rastreos y asesinatos en los campos de refugiados palestinos.

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