¿Replantear las políticas de inmigración?

ROMA (Redacción central), 21 oct (ZENIT.org).- El creciente número de inmigrantes y refugiados está provocando acalorados debates en estos momentos, tanto enEuropa como en América del Norte. La apertura de Europa del Este, tras la caída del Muro de Berlín, y el envejecimiento de las poblaciones en las economías desarrolladas se han convertido en factores decisivos que exigen la apertura de fronteras y altos niveles de inmigración.

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Tensiones en Europa
De 1988 a 1997, Estados Unidos admitió a casi el doble de los inmigrantes
legales que ingresaron en la Unión Europea: 9,3 millones de personas
buscaron mejor vida en Estados Unidos, mientras que 5,3 millones lo hacían
en Europa occidental. Algunos observadores económicos piensan que los altos
niveles de migración hacia Estados Unidos han contribuido al éxito económico
de este país; mientras que algunos expertos consideran que en Europa los
inmigrantes no han hecho más que sumarse a los elevados índices de
desempleo.

Sin embargo, Europa es un continente que está envejeciendo. En marzo de este
año, la división de población de la ONU publicó un informe, «Migración de
reemplazo: ¿Una solución para las poblaciones en declive y que envejecen?»,
que pronosticaba la necesidad de incrementar drásticamente la población con
el fin de mantener el tamaño de la población activa en el nivel actual. De
hecho, si los países que forman parte de la Unión Europea desean mantener el
porcentaje de 1995 de la población que tiene entre 15 y 65 años, tendrían
que admitir al menos a 79,6 millones de personas inmigrantes de aquí al año
2050.

Por el contrario, en Estados Unidos, la edad de la población laboral no
llegará a su culmen hasta el 2015 y desde entonces hasta el 2050 sólo harían
falta 18 millones de inmigrantes para mantener la proporción adecuada en
este sector de la población.

Sin nuevos trabajadores muchos países europeos deberán hacer frente a una
crisis en sus sistemas de pensiones. Según las previsiones, Francia o
Alemania llegarán a tener el doble de pensionistas que de trabajadores.
Además la nueva economía exige haya más trabajadores de alto nivel
tecnológico que los que produce el sistema educativo y la Unión Europea
necesita más inmigrantes cualificados.

Ahora bien, el mayor número de inmigrantes se puede traducir en un aumento
de tensiones sociales. El pasado agosto, por ejemplo, el «Financial Times»
(9 de octubre de 2000) junto a la prensa internacional informaba de los
conflictos y de la huelga de trabajadores inmigrantes en la ciudad de
Alcarras (España), debido a la dura acción policial desencadenada por una
riña en un bar entre un peón africano y un agricultor español.

Según un economista entrevistado por el «Finacial Times», Alberto Recarte,
sin inmigración la proyección de la población española prevé una disminución
de 10 millones de personas, hasta llegar a 30 millones en el 2050. Esto
implica que España necesitará un número equivalente de inmigrantes durante
los próximos 50 años, y como ha indicado Recarte, «una transformación
demográfica de esta magnitud es un desafío de primer orden».

El Gobierno de centro derecha de José María Aznar teme que la inmigración
incontrolada esté generando xenofobia y podría alimentar el crecimiento de
grupos extremistas. Por este motivo, si bien ha mantenido un rígido control
fronterizo, el Gobierno ofreció una amnistía a los inmigrantes ilegales,
ofreciéndoles permisos de residencia en caso de que pudieran probar que
habían estado trabajando en el país durante dos años. Más de 250.000
personas se acogieron a esta medida.

En otros países europeos el tema de la inmigración ha producido un aumento
del apoyo a los partidos políticos nacionalistas. En febrero de este año el
Partido de la Libertad de Jörg Haider en Austria, alineado en posturas
contra los inmigrantes, recibió suficientes votos para permitirle formar una
coalición gubernamental con el Partido Popular.

En las elecciones locales de Bélgica, a principios de este mes, el «Vlaams
Blok», considerado por algunos observadores como un partido de extrema
derecha, recibió el 33% de los votos en la segunda ciudad más grande de
Bélgica, Amberes.

En Inglaterra esta semana los arzobispos anglicanos de Canterbury y York,
junto a representantes de otras iglesias, han advertido contra las políticas
que incitan a la tensión racial en la carrera a las elecciones generales, y
han prometido que serán denunciadas desde los púlpitos como inmorales. Según
el «Telegraph» (18 de octubre de 2000) los obispos se encontraron con los
líderes de los principales partidos políticos durante su reciente
conferencia para pedir que se elimine el lenguaje inmoderado y con
prejuicios en temas como la identidad británica, la inmigración y el asilo.
Las reuniones tenían el objetivo de prevenir potenciales choques entre la
Iglesia y el Estado en la que promete ser la campaña electoral más áspera de
los últimos años.

Crecimiento del contrabando humano
La muerte de 58 chinos ilegales que trataban de entrar en Gran Bretaña sacó
a la luz el pasado mes de junio el fenómeno del contrabando humano. De
acuerdo con el «Financial Times» (8 de octubre de 2000), tan sólo en España
este año la policía ha arrestado más de 10.000 inmigrantes que intentaban
entrar sin permiso por las playas del sur.

Pero esto es sólo la punta del iceberg. En el artículo de Irwin Stelzer
«Inmigración en la Nueva Economía» («The Public Interest», otoño 2000), se
menciona un estudio hecho en el Ministerio del Interior británico, que
estima que unos 30 millones de personas han pasado ilegalmente a través de
las fronteras internacionales cada año en un comercio estimado entre 12 mil
millones y 30 mil millones de dólares anuales. Detener este tráfico es
sumamente difícil y caro, como lo demuestra la experiencia de Estados Unidos
en su intento de detener la entrada ilegal de inmigrantes en su frontera con
México.

Stelzer, en «The Public Interest», sugiere tres posibles reacciones a la
presión del aumento de la inmigración. Primero, la política puede basarse en
principios humanitarios: aceptar a aquellas personas cuyas vidas podrían
progresar residiendo en el país que quieran.

Segundo, la política de inmigración podría basarse en nociones
etno-culturales: una nación, se argumenta, no puede permitir una inmigración
significativa sin diluir sus valores, costumbres y hábitos, y convertirse en
una mezcolanza de pueblos con tan diversos enfoques de vida que lo hagan
ingobernable.

La tercera opción está entre los dos extremos de una política de puerta
abierta y una de puerta cerrada. Estaría basada en el interés económico
propio del país receptor, diseñada para recibir a aquellos inmigrantes
necesarios para optimizar la riqueza de la población nativa.

Sin embargo, es muy difícil distinguir entre los inmigrantes que pueden
contribuir a la riqueza nacional y los que pueden ser un peso. Distinguir
los buscadores de asilo falsos de los genuinos a menudo depende de
decisiones subjetivas que podrían constituir persecución o un atentado
contra las libertades.

Por su parte los sindicatos, como indica Stelzer, mientras se opusieron
tradicionalmente a la inmigración, se encuentran de repente divididos. Saben
que la inmigración puede incidir sobre las capas de estadounidenses nativos
sin un diploma de estudios medios y también temen que los salarios de hambre
de los inmigrantes pueden facilitar el fracaso de las huelgas. Sin embargo,
algunos sindicatos también saben que los inmigrantes constituyen la mejor
cantera de futuros miembros.

La doctrina social de la Iglesia
La cuestión de los trabajadores inmigrantes y los conflictos ocasionados por
las minorías han sido tratados en muchas ocasiones por la Iglesia. En medio
de los desplazamientos masivos de población que siguieron a la Segunda
Guerra Mundial, Pío XII en su radio-mensaje de Navidad de 1952, examinó la
cuestión.

El Papa afirmó
que existe el derecho natural del individuo a emigrar que no
podría negarse sin una equivocada aplicación del bien común. Sin embargo,
una vez presente en una nueva nación pueden surgir otros problemas. Una de
las consecuencias de los altos niveles de inmigración es la creación de
sociedades multiétnicas.

Por lo que se refiere al argumento de las minorías étnicas presentes en
muchos países, el Papa Juan XXIII, en su encíclica «Pacem in terris», (nn.
95-7) estableció claramente que la represión de estos grupos es una grave
violación de la justicia. Al mismo tiempo el Papa indicó que tales minorías
no deberían exaltar sus valores hasta el punto de amenazar la armonía
social.

Más recientemente Juan Pablo II trató la cuestión de la armonía cultural y r
acial en su mensaje del Día Mundial de la Paz de 1989. ¿Cuáles son los
principios que deberían gobernar las naciones construidas con grupos
diferentes de población? El Papa indicó dos axiomas generales. El primero es
la inalienable dignidad de cada persona humana, respecto a su origen racial,
étnico o cultural. El segundo se refiere a la unidad fundamental de la raza
humana, que según el mensaje, «tiene su origen en el único Dios, quien, en
el lenguaje de la Sagrada Escritura, de un solo hombre hizo todas las
naciones para que habitaran la faz de la tierra» (Cf. Hechos, 17, 26).

El papa explicó que la paz dentro de la familia humana es una
responsabilidad no sólo del Estado sino también de los grupos y los
individuos. Juan Pablo II observó que esto requiere un esfuerzo constante,
ya que las tensiones que surgen de las diferencias étnicas tienden a
reaparecer. En los próximos años, dado que muchos millones de personas
tendrán que emigrar, será más necesario que nunca recordar las palabras del pontífice.
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Contenido provisto por SEMANA INTERNACIONAL
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ZENIT Staff

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