Paso decisivo del cardenal Wyszynski y del padre Popelusko hacia los altares

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Símbolos de la persecución de la Iglesia en Polonia durante el comunismo

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VARSOVIA, 25 feb 2001 (ZENIT.org).- Acaba de concluir en Varsovia con una celebración solemne el proceso diocesano de la causa de beatificación del cardenal Stefan
Wyszynski, primado de Polonia durante más de 30 años, fallecido en 1981, y la del padre Jerzy Popelusko, el sacerdote polaco, responsable de los capellanes del sindicato Solidarnosc, asesinado por la policía secreta el 19 de octubre de 1984.

Los dos procesos pasan ahora a la Congregación para las Causas de los Santos, a quien le tocará continuar con las investigaciones que podrían llevar a la proclamación de la beatificación por parte del Papa tras un meticuloso examen multidisciplinar.

Según ha explicado en declaraciones a «Radio Vaticano» el sucesor de Wyszynski, el cardenal Jozef Glemp, este hombre, decisivo para la elección de Karol Wojtyla como Papa, es considerado en su país como «el mayor primado de la historia polaca».

«Durante treinta años, en los duros años del régimen comunista, guió a la Iglesia en Polonia. De 1953 a 1956 perdió la libertad. Sin ningún proceso, fue sometido a arresto en un convento, donde elaboró su gran plan pastoral».

El cardenal Wyszynski fue quien dijo a Wojtyla, nada más ser nombrado sucesor de Pedro: Tú guiarás la barca de Pedro hacia el tercer milenio.

Por su parte, el padre Popelusko, asistió desde sus orígenes, en 1980, al sindicato Solidarnosc, que tendría un papel decisivo en la caída del régimen comunista no sólo en Polonia, sino en toda Europa del Este. Fueron famosas sus homilías pronunciadas en las Misas por la Patria, que desde 1982 celebraba todos los meses en la Iglesia de San Estanislao en Varsovia. Participaba en las mismas gente de toda Polonia.

«Su predicación era siempre profunda y fundada sobre el catecismo y las enseñanzas del Santo Padre –sigue explicando el cardenal Glemp a «Radio Vaticano»–. Para él la verdad era algo fundamental. Sin verdad no se puede perseguir la libertad que queremos».

«Me acuerdo muy bien del día en que vinieron con el padre Popelusko cuatro hombres muy serios, que no eran del régimen, para tratar de salvarle la vida –revela Glemp–. La gente advertía ya el peligro. Me pidieron que le mandara a estudiar a Roma. Yo mismo le dije: «Si tu quieres, te mando a Roma». Pero él respondió: «No, la gente tiene confianza en mí. Si me lo ordenan mis superiores, yo obedeceré y me iré». Yo no podía pedirle que dejara Varsovia. Si lo hubiera hecho, se habría dicho que yo colaboraba con el régimen. Fue una situación dramática. Había que dejar todo en manos de la Providencia divina».

Los dos procesos han servido, entre otras cosas, para tener nuevas informaciones sobre los terribles instrumentos y recursos utilizados por la policía secreta comunista.

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ZENIT Staff

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