Cardenal Ratzinger: La Iglesia habla demasiado de sí misma y poco de Dios

Análisis del prefecto para la Doctrina de la Fe de la crisis religiosa

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CIUDAD DEL VATICANO, 9 octubre 2001 (ZENIT.org).- La crisis de la cultura actual y, en parte, de la misma Iglesia, está en la «marginación de Dios», denunció el cardenal Joseph Ratzinger, al intervenir ante el Sínodo de los Obispos.

La intervención del prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe ha sido la más aplaudida y citada hasta ahora en esta asamblea que reúne a casi 300 participantes del 30 de septiembre al 27 de octubre en el Vaticano.

«La Iglesia con frecuencia se ocupa demasiado de sí misma y no habla con la fuerza y alegría necesarias de Dios, de Jesucristo –aseguró–; mientras el mundo no tiene sed de conocer nuestros problemas internos, sino del mensaje, que ha dado origen a la Iglesia: el fuego que Jesucristo trajo a la tierra».

La crisis de hoy
«La crisis de nuestra cultura se funda en la ausencia de Dios y tenemos que confesar que también la crisis de la Iglesia es en buena parte la consecuencia de una difundida marginación del tema de Dios», añadió.

«Sólo podremos ser mensajeros creíbles de Dios viviente, si este fuego se enciende en nosotros mismos», añadió el cardenal, considerado como uno de los grandes teólogos católicos tras el Concilio Vaticano II.

«Sólo si Cristo vive en nosotros –subrayó ante los obispos y padres sinodales–, el Evangelio anunciado por nosotros muestra la presencia de Cristo hoy y toca los corazones de nuestros contemporáneos».

Valor de la verdad
«En nuestra cultura agnóstica y atea», ser obispo significa «tener el valor de la verdad y la disponibilidad para sufrir por la verdad».

El obispo, añadió, «debe alentar todo lo que hay de bueno y de positivo, debe ayudar a las personas y a los ambientes en búsqueda de Dios, debe acompañar y ayudar a los sacerdotes y laicos ocupados en el anuncio de la palabra de Dios, debe apoyar y guiar con gran amor a los débiles en el fe, pero debe también desenmascarar sin miedo las falsificaciones del Evangelio y de nuestra esperanza».

«El problema central de nuestro momento me parece ser el vaciamiento de la figura de Jesucristo –siguió constatando–. Se comienza con la negación de la concepción virginal de Jesús en el seno de la Virgen María, se continúa con la negación de la resurrección corporal de Jesús dejando su cuerpo a la corrupción (contra Hechos de los Apóstoles, 2, 27 y siguientes) y se transforma la resurrección en un acontecimiento meramente espiritual, de este modo no se deja esperanza para el cuerpo, para la materia».

«Lo mismo sucede con la institución de la Eucaristía –reconoció–, que es vista como algo imposible para el Jesús histórico, quedándose en una cena de despedida y en una indefinida expresión de esperanza escatológica».

«Un Jesús empobrecido de este modo, no puede ser el único Salvador y mediador, no es el Dios-con-nosotros, y al final Jesús es sustituido por la idea de los «valores del reino», que en realidad no tiene un contenido preciso y se convierte en una esperanza sin Dios, en una esperanza vacía».

Ante estas interpretaciones difundidas del mensaje cristiano, el cardenal bávaro de 74 años propone: «tenemos que regresar con claridad al Jesús de los Evangelios, pues es el único y auténtico Jesús histórico».

No hay paz sin verdad
El cardenal Ratzinger, citando la intervención ante el Sínodo del cardenal Joachim Meisner, arzobispo de Colonia, consideró que «el obispo debe tener también el valor de decidir y de juzgar con autoridad en esta lucha por el Evangelio»

«Si los obispos asumen su misión de jueces en materia de fe y doctrina, la tan auspiciada descentralización se realiza automáticamente –explicó–. Es obvio que la Conferencia Episcopal debe ayudarle a través de una buena Comisión doctrinal y con la unanimidad en la lucha por la fe. Pero para que el obispo tome decisiones no se requiere familiaridad con todos los vericuetos de la teología moderna».

De hecho, aclaró, «el obispo no decide sobre cuestiones de especialistas –aclaró–, decide sobre el reconocimiento de la fe bautismal, fundamento de toda teología».

«Y si en alguna ocasión puede ser justo tolerar un mal menor por la paz en la Iglesia –concluyó–, no olvidemos que una paz pagada con la pérdida de la verdad sería una paz falsa, una paz vacía».

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ZENIT Staff

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