El Papa ofrece una visión del amor de Dios, visto con ojos de mujer

Medita en el cántico de Ana, la madre del profeta Samuel

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CIUDAD DEL VATICANO, 20 marzo 2002 (ZENIT.org).- La oración de una mujer humillada se convirtió este miércoles en el hilo conductor de la meditación de Juan Pablo II para descubrir el amor del Dios de la vida, que siente predilección por los miserables.

El pontífice dedicó su audiencia general, en la que participaron quince mil personas, a reflexionar en el Cántico de Ana, la madre del profeta de Israel, Samuel, que ha pasado a convertirse en una oración común para los cristianos.

Aquella mujer estéril era vista por su sociedad como «una rama seca», pues impedía al marido tener una continuidad en el recuerdo de las sucesivas generaciones, «un dato importante en una visión todavía incierta y nebulosa del más allá», explicó el Santo Padre.

Continuando con la serie de meditaciones que viene ofreciendo sobre Salmos y cánticos del Antiguo Testamento desde el año pasado, el sucesor de Pedro evocó así la respuesta de Dios que concedió un hijo, Samuel, a las súplicas de la madre en lágrimas.

Llena de alegría, Ana entonó un poético cántico en el que con sensibilidad femenina destaca la obra de Dios, el autor de la vida, que altera los destinos humanos: humilla a los fuertes y exalta a los humillados. Elementos que después retomaría la madre de Jesús, María, en su «Magnificat».

En una plaza de san Pedro bañada por el sol de primavera, el obispo de Roma propuso esta invocación, que aparece en el Primer Libro de Samuel (2, 1-5), como «una profesión de fe pronunciada por las madres ante el Señor de la historia, que se pone en defensa de los últimos, de los miserables e infelices, de los ofendidos y humillados».

Los ojos de mujer, continuó diciendo, permiten comprender mejor cómo Dios es «el origen de la vida y de la muerte».

«El vientre estéril de Ana era semejante a una tumba; y sin embargo Dios pudo hacer germinar la vida», añadió.

Esta esperanza, aclaró, no sólo es válida para la vida del niño que nace, «sino también para la que Dios puede hacer brotar después de la muerte».

La meditación pontificia concluyó citando un sugerente pasaje del profeta Isaías: «Revivirán tus muertos, tus cadáveres resurgirán, despertarán y darán gritos de júbilo los moradores del polvo; porque rocío luminoso es tu rocío, y la tierra echará de su seno las sombras».

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ZENIT Staff

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