CALGARY, 28 junio 2002 (ZENIT.org).- La cumbre del Grupo de los Ocho (G8) --los países más industrializadas del mundo--, ha aprobado una especie «Plan Marshall» para África, pero se queda muy lejos de responder a las peticiones de la ONU y de los países africanos.

De hecho, combatir la miseria en África y pagar el desmantelamiento del arsenal nuclear ruso han sido las prioridades más urgentes que se han marcado los líderes del G8 en la reunión de Kanasnakis, Canadá, que se celebró entre el 26 y el 27 de junio.

Para evitar que la miseria siga extendiéndose por África, los países más industrializados destinarán 6.000 millones de dólares anuales.

Esta cifra está muy lejos de los 25.000 millones que el secretario general de la ONU, Kofi Annan, considera necesarios, y aún más de los 64.000 que habían pedido los estados africanos.

Además, se aprobó el refuerzo del mecanismo de la iniciativa para los Países Pobres Altamente Endeudados (HIPC por sus iniciales en inglés) del Fondo Monetario Internacional (FMI), al que se destinará una partida adicional de entre 500 y 800 millones de dólares para aliviar la deuda de los países menos desarrollados.

El Plan de Acción para África fomentará las inversiones extranjeras y dará ayudas a los países que abran sus economías, eliminen la corrupción, celebren elecciones democráticas y respeten los derechos humanos.

Responde a la Nueva Alianza por el Desarrollo de África (NEPAD, por sus inciales en inglés), un plan elaborado por los presidentes de África del Sur, Thabo Mbeki, Senegal, Abdoulaye Wade, y Nigeria, Olusegun Obasanjo, quienes estuvieron presentes en Kananaskis.

Los africanos viven hoy mucho peor que hace 40 años. El 40% de la población subsahariana (659 millones de personas) vive con menos de un dólar al día. El comercio se ha hundido. Sólo representa el 2% del comercio mundial. Hay 140 millones de jóvenes analfabetos. Es la única región del mundo donde aumenta el número de niños no escolarizados. El sida afecta al 25% de la población en varios países. Más de 200 millones de africanos no tienen acceso a la sanidad y más de 250 millones no tienen acceso a agua potable. Uno de cada cinco, además, padece un conflicto armado.

Estas cifras, unidas al dato de que el Producto Interior Bruto (PIB) per cápita africano crecía a un ritmo cercano al 2% durante los años setena y hoy, después de casi 20 años de crecimiento negativo, oscila en torno al 0,1%, llevaron a las democracias industriales a movilizarse.

Los tres puntos cardinales del nuevo plan son: un acuerdo para la creación de una fuerza de paz en África; la promesa de vencer la poliomielitis antes de 2005; un compromiso para promover el acceso de las exportaciones africanas al mercado global, eliminando barreras y quitando subsidios agrícolas de países industrializados antes de 2005.

La línea elegida por el G8 (EE. UU., Canadá, Francia, Italia, Alemania, Reino Unido, Japón y Rusia), como sintetizó el primer ministro británico Tony Blair, «es la de ayudar a África para que se ayude a sí misma».

El Catholic Relief Services (CRS), la organización humanitaria de la Iglesia católica en Estados Unidos, ha calificado negativamente la respuesta del G8 a la crisis africana por considerar que se queda muy lejos de responder a las necesidades de la crisis sanitaria del continente.

Dando la bienvenida al interés del G8 por África, Henry Northover de Cafod, la agencia católica de ayuda al extranjero en Inglaterra, afirma: «Las esperanzas de una nueva relación entre los países ricos y Áfricas han sido desaprovechadas». Cafod segura que el Plan de «inacción» sólo impresiona por su vacío y la falta de programas prácticos.