Pedro Poveda, «un hombre de paz en tiempos de violencia»

Entrevista con la historiadora María Asunción Ortiz de Andrés

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MADRID, 6 abril 2003 (ZENIT.org).- El 4 de mayo, durante su visita a España, Juan Pablo II canonizará a Pedro Poveda. Sacerdote español e intuitivo pedagogo, fue martirizado el 28 de julio de 1936. El 10 de octubre de 1993 el Papa lo proclamó beato.

Pedro Poveda Castroverde nació en Linares (Jaén) el 3 de diciembre de 1874. Fue ordenado sacerdote en Guadix en 1897, diócesis en la que inició su experiencia educadora. En 1911, con unas jóvenes colaboradoras, comenzó la fundación de Academias y Centros pedagógicos que darían inicio a la Institución Teresiana.

Para profundizar en esta figura de la Iglesia, Zenit ha entrevistado a la historiadora María Asunción Ortiz de Andrés, de la Institución Teresiana.

–¿Cuál fue la intuición primordial de Pedro Poveda, que le llevó a crear la Institución Teresiana? ¿Sería válida hoy esa institución para el ámbito cultural de la educación en España?

–María Asunción Ortiz de Andrés: Creo que su intuición primordial consistió en ver claramente en la educación, en la cultura y en la promoción de la persona, la posibilidad de una respuesta a los problemas sociales de su tiempo y un espacio privilegiado para el encuentro de esa persona con Dios. Ésta era en verdad su inquietud más genuina y auténtica.

Con este planteamiento como base de todo lo demás, Poveda cuidó especialmente la formación de quienes debían formar a otros. En su propuesta educativa destaca la formación de educadores a todos los niveles. Incluso lo que ahora llamaríamos «formación de líderes». Más tarde la Institución Teresiana recogió su antorcha y hoy podemos decir que continúa empeñada en mantener aquella capacidad «povedana» de innovación y de respuesta.

Pedro Poveda, se dejó interpelar por la realidad de su tiempo, vio en la educación, en la promoción de la persona, en el cultivo de su inteligencia y de sus capacidades, la extraordinaria posibilidad de responder desde esta clave a los problemas de aquella España que le tocó vivir.

Principios tan «povedanos» y tan actuales como la paz, la solidaridad, la inclusión, la promoción y el desarrollo, siguen orientando hoy la educación en valores que ofrece la Institución Teresiana. Sinceramente, pienso que su propuesta educativa puede ser del todo válida para el ámbito actual de la educación en España.

–Desde el siglo XIX, bastantes órdenes religiosas se dedicaban a la educación, especialmente de los niños pobres. ¿Qué aspectos incorporaba la obra apostólica de Pedro Poveda para que constituyera una novedad en su tiempo?

–María Asunción Ortiz de Andrés: Posiblemente lo más novedoso que Poveda pudo aportar en aquellos primeros años del siglo XX fue el carácter seglar del movimiento que surge en torno a su propuesta educativa. En sus primeros proyectos pedagógicos apuntaba ya con claridad el perfil de un educador eminentemente humano y cristiano. Poveda decía que «los hombres y las mujeres de Dios son inconfundibles».

Quisiera recordar que recién ordenado sacerdote, entre 1902 y 1905, creó unas escuelas y desarrolló una gran actividad entre los habitantes de una amplia zona de Cuevas cercana a Guadix (Granada). Pues bien, durante aquellos años se preocupó al mismo tiempo de la educación de los niños y de la formación de sus educadores.

Visto desde hoy, aquel proyecto de Poveda en las Cuevas de Guadix presenta unas características especialmente interesantes, entre las que señalaría la calidad que supo imprimir en aquella experiencia educativa. Consiguió poner en funcionamiento no sólo unas escuelas, sino unas escuelas en las que se aplicaron los métodos pedagógicos «manjoniano»s, considerados entonces de avanzadilla. El propio don Andrés Manjón, apoyó ampliamente desde el Sacromonte granadino las nuevas escuelas de las Cuevas de Guadix

Aquellos años de Guadix, que en verdad le marcaron para siempre, quedaron enriquecidos y complementados con los inmediatamente posteriores vividos en Asturias como canónigo del Santuario de Nuestra Señora de Covadonga. Allí, al tiempo que se ocupaba de atender a los numerosos peregrinos que acudían permanentemente, estudió y reflexionó intensamente sobre temas educativos y sobre la necesidad de que los maestros estuviesen bien preparados y pudieran vivir su fe de manera coherente y responsable. Durante aquellos años de Covadonga comenzó a escribir y a publicar en torno a esta problemática que tanto afectaba a la sociedad española de entonces.

Su preocupación por la enseñanza y la escuela, por los profesores y los niños, por los problemas de la educación y de la formación de alumnos y docentes, se convirtió en una constante durante toda su vida. Posiblemente esta actitud mantenida siempre por él de modo tan coherente hizo que en 1974 fuera considerado por la UNESCO «pedagogo y humanista», quedando incluido así entre las «personalidades eminentes en el campo de la educación, de la ciencia y de la cultura». El cardenal Poupard, que en ese momento era Rector del Instituto Católico de París, culminaba aquella solemne sesión apuntando al horizonte que había dejado abierto el sacerdote español: «Su pensamiento y su acción –dijo– se extienden por encima de toda frontera y su mensaje se transmite hoy en todos los continentes… Educadores, científicos, cristianos comprometidos a todos los niveles en una profunda acción social y cultural, prosiguen el camino emprendido por Pedro Poveda».

Como afirmaba la prensa del momento, «Poveda es un pedagogo no sólo de los que estudian y definen, sino de los que crean, de los que fundan, de los que edifican».

–¿Por qué un protagonismo tan claramente femenino en la Institución Teresiana?

–María Asunción Ortiz de Andrés: Desde luego, la sociedad española de principios del siglo XX mostraba escasísimo interés por la promoción cultural y social de la mujer. En tal contexto, Poveda puede incluirse con toda justicia entre quienes apostaron claramente por el potencial que representaban las mujeres en la España de entonces. Como si hubiera intuido un auténtico «valor en alza». Pensó que era urgente preparar intelectual y culturalmente a tantas mujeres jóvenes que deseaban estudiar y prepararse en alguna profesión «permitida» entonces para ellas, entre las que destacaban los estudios de Magisterio en sus diferentes niveles.

Cuando Pedro Poveda comenzó su actividad pedagógica durante sus años de Covadonga, trabajó de modo alternativo con un grupo de maestros jóvenes, en Gijón, y con un grupo de chicas estudiantes de Magisterio, en Oviedo. Con los chicos de Gijón puso en marcha un Centro Pedagógico y una revista; con las chicas de Oviedo una Academia para estudios de Magisterio con Internado anexo, para facilitar la estancia en la ciudad y proporcionarles los medios necesarios para su completa formación. Ambas experiencias en 1911. Pero fueron las chicas las que respondieron con una acogida y una responsabilidad extraordinaria, hasta el punto que Oviedo fue el lugar de lanzamiento de una serie de Academias, Residencias Universitarias y Centros Pedagógicos que se extendieron con inusitada rapidez por toda España.

Destacaré algunos hechos significativos, propiciados por el mismo Poveda y directamente relacionados con el mundo de los intereses femeninos, fundamentalmente culturales. En primer lugar la creación de la Residencia Universitaria de Madrid, que se inauguró en 1914 y que, en verdad, fue la primera residencia universitaria femenina de España. Pienso que es poco conocida posiblemente por la escasez de medios económicos con que debió instalarse, pero este hecho adquiere gran valor si tenemos en cuenta que en aquel momento el número de mujeres con título universitario en España era de poco más de cincuenta, y sólo podían realizarse estudios superiores en unas diez ciudades del país.
En segundo lugar la creación en 1931 de la Liga Femenina de Orientación y Cultura, también en Madrid, dedicada a estudiantes universitarias y a la preparación de estudios para titulaciones superiores.

Finalmente quiero poner un especial acento en el año 1928, cuando la Institución Teresiana pudo ya tomar en peso su primera responsabilidad fuera de España al asumir la dirección y orientación pedagógica de una Normal Femenina en Santiago de Chile.

Son sólo algunos datos, pero explican ese «protagonismo femenino» que plantea la pregunta. Pensemos que la Institución Teresiana vivía ya sus primeras etapas de actividad organizada en España, casi al tiempo que los movimientos de defensa de derechos femeninos peleaban en diferentes puntos de Europa por hacerse un sitio en la sociedad.

Creo que la Institución Teresiana es una obra muy vital que ha evolucionado a lo largo del tiempo y que ha pasado por etapas diferentes que, indudablemente, han enriquecido su propia historia. Hoy es una Asociación Internacional de Laicos integrada por mujeres y hombres que siguen empeñados en llevar adelante la propuesta de Poveda repartidos por cuatro continentes. Personas con vocación educadora, comprometidos como Poveda en la transformación social por medio de la educación y la cultura.

–La Institución Teresiana nació, si no contemporáneamente, al menos cercana en el tiempo a la Institución Libre de Enseñanza, famosa en España en tiempos de la República por ser el adalid de la laicidad de la enseñanza. ¿Fue la IT una respuesta a esta nueva concepción de la educación que empezaba a instaurarse?

–María Asunción Ortiz de Andrés: En principio quiero referirme a la Institución Libre de Enseñanza con toda objetividad y con todo el respeto que merece su aportación, especialmente en el mundo educativo español de aquellos años. Y digo «aquellos años» aludiendo más bien a las dos primeras décadas del siglo XX, matizando en cierto modo la parte previa a la pregunta.

Pienso que el impacto de los planteamientos lanzados por la Institución Libre de Enseñanza tuvo una incidencia bastante intensa en estas décadas. Por otra parte, hacia dentro de sus propias estructuras, esos años fueron de una gran riqueza, y hacia fuera, de una gran sutileza a la hora de transmitir su mensaje.

Cuando la Institución Teresiana comienza a desarrollar su actividad a través de esa red de academias, centros pedagógicos y residencias universitarias que lanzó Poveda, la ILE ya tenía la experiencia acumulada de varias generaciones de institucionistas y de actividad en diferentes centros y organismos. No perdamos de vista que los hombres de la ILE disfrutaron de una situación privilegiada precisamente en toda la primera parte del siglo XX, pero es justo decir que en numerosas situaciones compensaron con su actividad y excelente preparación la lentitud de los procesos gubernamentales.

Los institucionistas se consideraban, por principio, «completamente ajenos a todo espíritu e interés religioso». Sin embargo, en la práctica, la ILE parecía oponerse a los intereses y planteamientos de la escuela católica. Indudablemente fue la enseñanza el arma más utilizada por unos y otros, por los institucionistas y por los católicos, en aquella batalla de ideas.

Me parece que el profesor Palacio Atard sintetiza perfectamente la situación diciendo que «eran dos conceptos de vida que se enfrentaban con violencia, porque uno de ellos se alzaba para barrer al otro. Era la concepción inmanente de los institucionistas, frente a la concepción trascendental de los católicos».

Ahora bien, de acuerdo con otro maestro de nuestra Historia Contemporánea, Tuñón de Lara, a lo largo de toda la primera parte del siglo XX existió una auténtica «hipervaloración del problema educacional», precisamente por influencia de la ILE. Y esta situación la vivió Poveda. Él admiraba los avances pedagógicos de la ILE y la modernidad de sus métodos, pero se lamentaba de que sus seguidores hubiesen de ser «necesariamente incrédulos» o que la preparación científica e intelectual de quienes la formaban fuese incompatible con los valores de la fe. En este sentido podría pensarse que la Institución fundada por Poveda pudo haber sido una respuesta a esta «nueva concepción», según se formula en la pregunta.

En todo caso, mis comentarios a propósito de las preguntas anteriores nos pueden hacer pensar que la propuesta de Poveda respondía igualmente a una «nueva concepción de la educación». Una propuesta más modesta, o menos relevante por los medios incomparablemente más escasos con los que pudo contar. Pero, desde luego, no menos interesante.

–Por último, ¿qué aspectos destacaría de la santidad de Pedro Poveda? ¿Cree que le martirizaron por ser sacerdote o tuvo que ver en ello su vida y su testimonio?

–María Asunción Ortiz de Andrés: Para empezar, señalaría como el aspecto más destacado de la santidad de Pedro Poveda la tónica total de su vida. Su propio modo de ser y estar. Su fe mantenida, defendida y entregada, al fin, como consecuencia lógica de su propio vivir.

¿Le mataron simplemente por ser sacerdote o tuvo que ver su vida y su testimonio? No parece tan fácil la respuesta. Naturalmente que su vida y su testimonio tuvieron que ver en su muerte, como también tuvieron que ver su compromiso y su coherencia admirable en su hacer y actuar.

Se dice que la muerte suele sintetizar y garantizar el desarrollo de la vida entera. Como todos aquellos que entregan su vida por algo tan noble como la defensa de la propia fe, estoy convencida de que Poveda puso de manifiesto al morir su verdad más genuina. Como tantos santos en la historia de la Iglesia, no siempre fue comprendido y a causa de sus obras tropezó muchas veces con la contradicción y con la hostilidad.

Irremediablemente me vienen sus palabras al pensamiento: «humillaciones, abatimientos, contrariedades, persecuciones, martirio… todo llega como consecuencia legitima. Así aconteció al Maestro, y no ha de ser el discípulo más que su Maestro ni el siervo más que su Señor».

En verdad, Poveda fue un hombre de paz en tiempos de violencia. Algo que la inmensa mayoría de nosotros podríamos suscribir hoy. Me impresiona que su canonización coincida con una situación mundial tan marcada por la violencia. En aquellos años difíciles insistía en la «no violencia» y repetía incansable: «es tiempo de tener y dar paz». Este hombre de paz, de perdón y de diálogo, murió violentamente en la madrugada del 27 al 28 de julio de 1936 respondiendo ante quienes debía identificarse: «soy sacerdote de Jesucristo». Se cumplía así su deseo de «ser sacerdote siempre, en pensamientos, palabras y obras».

En estos días acaba de publicarse una nueva biografía de Poveda, escrita por Marisa Rodríguez Abacéns, periodista perteneciente a la Institución Teresiana. Quisiera terminar con algo que leo en la contraportada y que brindo a todos los lectores de Zenit: «Un santo de hoy, un hombre bueno que tiene mucho que decir a nuestra sociedad. El libro interesará a todos: creyentes o agnósticos, jóvenes o adultos, intelectuales o personas de a pié, porque es la vida de un testigo que vivió intensamente el primer tercio del siglo XX en España, con todas sus consecuencias. Es la historia de un hombre arriesgado que hizo de la fe cristiana su razón de existir, y por ella sufrió el martirio y entregó su vida».

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ZENIT Staff

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