Separación Iglesia-Estado no significa desterrar la religión de los asuntos públicos

Entrevista con monseñor Charles Chaput, arzobispo de Denver

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ROMA, 9 septiembre 2003 (ZENIT.org).- Hace unos días la Casa Blanca nombró a monseñor Charles Chaput, arzobispo de Denver presidente de la Comisión Internacional por la Libertad Religiosa. En esta entrevista, el prelado comparte algunas de sus preocupaciones fundamentales.

–¿Cual es el papel de la Comisión Internacional por la Libertad Religiosa de los Estados Unidos, y cuál es su impacto en el mundo?

–Monseñor Chaput: Bajo la Ley de Libertad Religiosa Internacional de 1998, la Comisión asesora al Departamento de Estado norteamericano en temas de libertad religiosa global, pero es también dueña de una voz autónoma. Tiene, pues, dos aspectos. Por un lado, asiste al Departamento de Estado para lograr que la libertad religiosa sea parte importante de las decisiones en política exterior de los Estados Unidos. Por otro lado, identifica de manera independiente las violaciones de los derechos religiosos alrededor del mundo, y busca que la gente tome conciencia de los gobiernos causantes. La Comisión sostiene audiencias y emite un reporte anual que incluye a los Países de Interés Especial (CPC, por sus siglas en inglés). Ninguna nación quiere aparecer en esa lista. También desarrolla reportes de países específicos respecto de situaciones tales como libertad religiosa en Bielorrusia o Afganistán. En tal grado que puede influir en la Casa Blanca, el Congreso y el Departamento de Estado. La Comisión puede generar importantes impactos.

–¿Cree usted que las naciones del mundo realmente entienden el concepto de libertad religiosa?

–Monseñor Chaput: No. La garantía de libertad religiosa está expresada de manera muy hermosa en el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derecho Humanos, pero muchos países simplemente lo ignoran o le dan interpretaciones distorsionadas. Los ataques contra la libertad religiosa se dan en dos formas: los gobiernos seculares como Corea del Norte, que ven la fe religiosa como una ideología rival, una idea rival de la persona humana; o regímenes gobernados religiosamente, como Irán, que quieren marginar a las minorías religiosas. La fe religiosa es una poderosa fuerza que determina tanto el comportamiento individual cuanto la sociedad en general. Así que si tu meta como gobierno es mantener y expandir tu control sobre la sociedad, la libertad religiosa puede ser vista como algo bastante peligroso.

–Hay quienes ven la defensa de la libertad religiosa como una intromisión de la Iglesia, especialmente de la Iglesia católica, en asuntos políticos y globales…

–Monseñor Chaput: Esa clase de críticas tiene un sólo propósito: intimidar a los católicos y a personas de otras creencias religiosas hasta silenciarlos en momentos en que deberían hablar. La gente necesita actuar de acuerdo a sus convicciones, especialmente sus convicciones religiosas, o sus convicciones eventualmente desaparecerán. La política es la aplicación de la fuerza en los asuntos humanos. El uso de poder siempre genera preguntas morales, y por ende religiosas, acerca de la naturaleza del bien y el mal, y de aquello que constituye el bien común. Por ello la Iglesia sería absurda –de hecho, no estaría siendo fiel a su misión– si no promoviera activamente la libertad religiosa. La manera como una sociedad piensa de Dios, tarde o temprano determina el trato hacia la persona humana.

–¿Cuál es el significado de «separación de Iglesia y Estado», y cómo se relaciona con la libertad religiosa?

–Monseñor Chaput: La libertad religiosa no requiere de un estado interreligioso. Creo que es posible que una sociedad le dé un estatus especial a una religión particular sin que ello signifique una automática persecución a los demás. Muchos musulmanes afirman que la ley islámica –«sharia»– lo logra porque garantiza ciertos derechos a los judíos y cristianos. Pero la historia muestra lo contrario: que «sharia» margina y oprime a los cristianos y otras minorías religiosas e impide que participen plenamente del acontecer nacional. En Arabia Saudita, un musulmán que se convierte al cristianismo comete un delito capital, y toda práctica no-musulmana está prohibida. Éstas son violaciones fundamentales del artículo 18, y son muy serias violaciones del derecho humano a la libertad religiosa. Una auténtica fe en Dios debe llevar siempre a un profundo respeto por los derechos de la persona humana, incluyendo a personas con religiones diferentes a la nuestra, porque todos somos creados por el mismo Padre. Entonces, los Estados Unidos tiene una única oportunidad y vocación. Puede ofrecer al mundo el gran ejemplo de distintas religiones conviviendo pacíficamente y cooperando por el bien común. Por supuesto, esto sólo puede ocurrir si los creyentes viven su fe pacífica pero vigorosamente en el escenario público; incluso en la casilla de votación. «Separación de Iglesia y Estado» no debe significar nunca desterrar la religión de los asuntos públicos. La Constitución de los Estados Unidos, por ejemplo, prohíbe el establecimiento de una religión estatal específica. No prohíbe, y los fundadores nunca desearon que se prohibiera, la participación religiosa activa en el debate público.

–¿Cómo entiende el pensamiento católico la participación de los católicos en política?

–Monseñor Chaput: La política es donde tiene lugar el trabajo para asegurar el bien común y la dignidad humana individual. Por ello, los católicos deben intervenir. Necesitan entender su fe católica, y necesitan contar con ella como una guía en sus decisiones políticas. La constitución Pastoral del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el Mundo Moderno («Gaudium et Spes»), Declaración en la Libertad Religiosa («Dignitatis Humanae») y las encíclicas sociales, incluso «Evangelium Vitae», son fuentes decisivas. Los católicos deben darle la bienvenida a la cooperación con gente de otras religiones, o gente sin religión, que comparten el espíritu de bien común. La única cosa que los católicos no pueden hacer es proclamarse «católicos» y luego mantener la fe al margen de sus acciones políticas. No se puede creer en la humanidad de un niño no nacido, y luego votar a favor de una ley que permite el asesinato de esa criatura. No se puede apoyar la libertad religiosa, y luego callar acerca de un «aliado» que persigue a las minorías religiosas. Esa es una manera de mentir.

Por Jaime Septién, director de El Observador, y Rossana Goñi, editora de El Pueblo Católico.

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ZENIT Staff

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