Confesiones del teólogo del Papa

Habla el cardenal Georges Cottier

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Confesiones del teólogo del Papa
Habla el cardenal Georges Cottier

CIUDAD DEL VATICANO, 24 diciembre 2003 (ZENIT.org).- Entre los nuevos cardenales creados por Juan Pablo II en consistorio que tuvo lugar al concluir las celebraciones de su vigésimo quinto aniversario de pontificado, una de las sorpresas fue el nombre del padre dominico suizo Georges Cottier, teólogo de la Casa Pontificia.

Con este gesto, el Papa pretende ofrecer un reconocimiento a su servicio a la teología. De hecho, dado que el purpurado ya ha cumplido los ochenta años no podrá participar en un posible cónclave de elección del obispo de Roma.

En esta entrevista concedida a Zenit, el cardenal Cottier narra detalles sobre el trabajo que realiza en su servicio al Papa.

–En 1990, usted recibió el encargó de ser el teólogo de la Casa Pontificia, es decir, usted es el teólogo del Papa. Se trata de un trabajo que desarrolla en cierto sentido a la sombra del Vaticano. ¿En qué se distingue su labor de la del prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe?

–Cardenal Cottier: La tarea del prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe es totalmente diferente a la mía. Como responsable de ese organismo de la Santa Sede, tiene que intervenir si hay problemas teológicos que crean dificultades, por ejemplo, cuando sale un libro con ideas teológicas equivocadas y cuando los laicos o los obispos piden que intervenga. Mi trabajo, por el contrario, consiste en leer y dar mi «nihil obstat» a todos los textos que pronuncia el Santo Padre. La mayoría de los textos son preparados por los colaboradores del Santo Padre, por las diferentes oficinas y después se envían todos a la Secretaría de Estado. Yo tengo que leer todos los textos, a excepción los que afectan a las relaciones con el Cuerpo diplomático y la diplomacia vaticana. El resto, todo lo que afecta a la doctrina, a la pastoral, a las encíclicas, a las audiencias, a las catequesis de la audiencia general de todos los miércoles o los discursos del Santo Padre para las visitas «ad limina apostolorum» de los obispos…, tienen que pasar por mi oficina. Claro está, el Papa da las indicaciones y sigue todo el proceso.

–Es decir, que casi todo lo que sale del Vaticano pasa por la mesa de su oficina…

–Cardenal Cottier: En cierto sentido sí, aunque en realidad no impido que salgan los textos. Hago observaciones sobre la claridad del lenguaje para que no haya ambigüedades en el texto que debe pronunciar el Papa. Tengo que tener en cuenta, además, la armonía de estilo entre los discursos, dado que las fuentes de los textos son múltiples. Se requiere, además, una cierta discreción, pues, por ejemplo, no se puede pedir al Papa que se pronuncie sobre una cuestión que todavía es debatida entre los teólogos. Hago también observaciones de carácter prudencial. Hay que saber evaluar si es oportuno decir o no decir algo. Después me dirijo a la Secretaría de Estado, donde el arzobispo Leonardo Sandri, sustituto para los Asuntos Generales, reagrupa los textos. También él tiene que tener en cuenta el estilo y la armonía de los discursos, de manera que colaboramos juntos.

–¿Cuáles son los temas que más le han impresionado en este tiempo de trabajo tan cerca del Santo Padre?

–Cardenal Cottier: Yo diría que, entre los textos más importantes del Santo Padre publicados en estos años destaca, sin duda, el Catecismo de la Iglesia Católica, que es un texto no sólo completo sino que, además, está presentado de manera muy clara, con una dimensión espiritual muy bella. Por desgracia, desde mi punto de vista, no es suficientemente conocido. Ofrece una visión objetiva y riquísima del contenido de nuestra fe.

El Papa ha dado mucha importancia también a las grandes encíclicas y, en estos casos, he quedado involucrado en los trabajos de preparación, no sólo al final de la relectura del texto. Sobre todo en el caso de las encíclicas «Veritatis Splendor» y «Fides et Ratio», pero no tenemos que olvidar tampoco la «Ut unum sint», la encíclica sobre el ecumenismo que es un texto importante, así como las encíclicas sobre la doctrina social de la Iglesia.

–Usted desempeñó también un papel importante durante el gran Jubileo del año 2000, aunque la verdad permaneció un poco escondido…

–Cardenal Cottier: Si, el Papa me nombró presidente de la Comisión Teológico-histórica para la preparación del gran Jubileo del año 2000. Junto a la Comisión Teológica Internacional me centré particularmente en la cuestión de la petición de perdón de la Iglesia. De hecho, en el 12 de marzo del Año Santo, tuvo lugar una celebración del perdón. Fue una jornada bellísima y conmovedora, no sólo por su contenido, sino sobre todo cuando el Papa abrazó la cruz, un gesto lleno de significado. Allí se pudo entender la santidad de la Iglesia, así como la debilidad de muchos cristianos.

–Pero este gesto del Papa de pedir perdón por los pecados de los hijos de la Iglesia era muy discutido. ¿Había teólogos contrarios a esta idea?

–Cardenal Cottier: Recuerdo que hablé con un obispo que era muy pastoral. Tenía miedo de que la prensa laica abusara de este gesto para acusar a la Iglesia y escandalizar al pueblo de Dios. Le respondí que hay que explicar bien a la gente el sentido de este gesto. El Papa no sólo ha dicho: «pido perdón». Ha añadido: «Perdono y pido perdón», pues la Iglesia también ha sufrido mucho y ha habido muchas calumnias contra la Iglesia. Por tanto, hay que prestar atención a estos aspectos. Pero cuando se trata de cristianos que han pecado y han dejado huella en la historia, entonces hay que saber hacer un examen de conciencia: hay que pensar en las víctimas –sólo Dios puede reparar el mal cometido–, así como en el recuerdo de la víctimas, en los descendientes, que pueden seguir sufriendo algunas consecuencias. Después, hay que hacer el propósito de que en el futuro no se repitan estos errores. Debe ser una lección para el futuro.

–Por ejemplo, ¿no cree que no debería repetirse una guerra de religión?

Cardenal Cottier: Exactamente. Este es un argumento muy interesante. Entre los desastres más grandes de la historia de Europa están las guerras de religión, que en cierto sentido son responsables de la Ilustración. Ésta decía: el hecho de que los cristianos se peleen entre sí a causa de sus diferencias lleva al fanatismo. Por este motivo, buscaban un nivel en el que poder encontrar un acuerdo, y este nivel era el de la pura razón humana. Este razonamiento ha tenido una gran influencia en el nacimiento del racionalismo moderno. Los historiadores nos muestran que con frecuencia el argumento religioso de estas guerras era un pretexto para el poder temporal. Los príncipes se sirvieron con frecuencia de la Iglesia para sus intereses de poder. Esto ha obligado a los cristianos a hacer un examen de conciencia en profundidad. Me parece que es sumamente iluminadora una frase del Concilio Vaticano II en la «Declaración sobre la libertad religiosa»: la vedad sólo se defiende con los medios de la verdad. Hemos tenido que esperar siglos para poder decir estas cosas.

–Por tanto, ¿la Iglesia no tiene que tener miedo de admitir ciertos errores porque al final vencerá la verdad?

–Cardenal Cottier: Sí, la verdad siempre vence. Sabemos que el misterio cristiano es el misterio de la misericordia de Dios que viene para curar los pecados de los hombres. Por tanto, reconocer los pecados es también un testimonio del primado de la verdad que no debilita al cristianismo. Pienso que la verdad es una fuerza, un mensaje de esperanza y no de violencia. Otro momento significativo del Año Santo que hay que recordar junto a la jornada del perdón es la jornada de la veneración de los mártires del siglo XX. Cuando tenemos que pedir perdón, lo hacemos porque hemos escanda
lizado a la Iglesia y el escándalo es la negación del testimonio. La vocación del cristiano comporta el martirio como forma superior de testimonio. Todos los cristianos tienen que dar testimonio. Por tanto, esas dos jornadas están relacionadas.

–Y, ¿después del Jubileo? ¿Qué?

–Cardenal Cottier: Antes se pensaba que el Papa se había entregado tanto durante el Año Santo que el Jubileo debía ser una especie de apoteosis de todo su pontificado y que, después, se habría detenido en un descanso contemplativo. Sin embargo, desde la fiesta de la Epifanía, el 6 de enero, día de la clausura del gran Jubileo, el Papa ha dado un nuevo empuje a la Iglesia, relanzando la nueva evangelización. Las cartas «Tertio millennio adveniente» y «Novo millennio ineunte» son los dos textos fundamentales, en este sentido. En el segundo texto, que fue publicado al final del Año Santo, el Papa presenta todo un programa para una nueva evangelización y dice que lo más importante en este sentido es la santidad y la oración. Estos son los dos grandes pilares. Tras el Año Santo, el Papa ha seguido con una lógica sumamente impresionante a la hora de trazar el futuro de la Iglesia, con la carta apostólica sobre el Rosario y la encíclica «Ecclesia de Eucharistia».

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ZENIT Staff

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