Mensaje de la LXXVII asamblea plenaria del episcopado colombiano

BOGOTÁ, domingo, 11 julio 2004 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje de la LXXVII asamblea plenaria del episcopado colombiano, celebrada entre el 6 y el 9 de julio.

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MENSAJE
DE LA LXXVII ASAMBLEA PLENARIA
DEL EPISCOPADO COLOMBIANO

Durante los días 5 a 9 de julio nos hemos reunido los obispos colombianos para reflexionar sobre LA EVANGELIZACIÓN Y LA INICIACIÓN CRISTIANA.

Esta es la razón de nuestro trabajo en estos días: cuando miramos los comienzos de la vida de la Iglesia comprendemos que lo normal sería que al anuncio de Jesucristo y a la celebración de los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, siguiera siempre una existencia cristiana en coherencia con la vida que el mismo Señor nos comunica.

Reconocemos que hay huellas de santidad en nuestra historia patria y que un gran número de colombianos es fiel al Señor. Con dolor reconocemos también que existe en muchos un divorcio entre fe y vida, entre lo que se dice creer y lo que se hace en la práctica. ¡Hay tantos que se dicen cristianos y no están interesados en el seguimiento de Jesús, el Señor! Los desórdenes que vive el País a causa de la mentira, la injusticia, la falta de solidaridad y la violencia así lo reflejan.

Animados por el amor a nuestras comunidades y con el ánimo de comunicar fuerzas de renovación y esperanza nos hemos reunido con algunos de nuestros colaboradores en los trabajos pastorales, especialmente de catequesis, y, guiados por un maestro en esta materia, el Reverendo Padre Emilio Alberich, nos hemos dedicado a reflexionar sobre nuestros procesos de evangelización e iniciación cristiana.

1.- LA IDENTIDAD DEL CRISTIANO

Este es el punto de partida y la meta que hemos buscado: comprender ¿ qué significa ser cristiano auténtico. La identidad más profunda de cada cristiano está en Cristo mismo, de quien recibe su nombre. El cristiano es alguien que ha encontrado personalmente a Jesucristo resucitado y como Pedro, los apóstoles y los primeros cristianos, comprende que es testigo del mismo Señor y Salvador. Ha llegado a ser su discípulo y su apóstol. El cristiano ha aprendido del mismo Cristo el amor del Padre Misericordioso y , por tanto, experimenta su relación con Dios como una filiación que sobrepasa toda expectativa y colma todo anhelo. El cristiano auténtico comprende que es miembro activo de la Iglesia, la gran familia de los hijos de Dios.

2.- LA EVANGELIZACIÓN

La Evangelización es la acción de la Iglesia que prolonga día tras día el mismo anuncio gozoso de San Pedro en la mañana de Pentecostés: “ Cristo ha resucitado, nosotros somos testigos… conviértanse y reciban el bautismo”.

Evangelización es la invitación a una conversión sencilla y espontánea, permanente y llena de esperanza, gracias al poder del Espíritu Santo, que anima y dirige la acción de la Iglesia. La tarea de la Evangelización es responsabilidad de todos. A todos los bautizados nos corresponde esta misión que cumplimos, en primer lugar, por el testimonio de vida y luego por la capacidad para dar razón de nuestra fe, para que el mundo se llene del conocimiento, del amor de Dios. A todos nos compete el trabajo por la instauración de un mundo nuevo donde reinen la justicia, la santidad y la paz.

No estamos solos. El Señor de la Vida camina con su pueblo. Él es el fundamento y la certeza de nuestra esperanza en un mañana fraterno y en donde todos podamos vivir en paz.

3.- LA INICIACIÓN CRISTIANA

Para que la evangelización alcance realmente a cada persona, la Iglesia, gran familia de los hijos de Dios, acompaña , con la fuerza del Espíritu Santo, a cada ser humano desde los comienzos de su existencia para que, a partir de la gracia del Bautismo, sea llevado a la madurez de su existencia en Cristo por la Confirmación y alimentado con la Vida del Señor que se entrega a cada uno en la Eucaristía.

En los comienzos de la vida de la Iglesia existía un “proceso de iniciación” estructurado mediante un conjunto muy bien articulado y sistemático de etapas y de ritos a través de los cuales los candidatos a la vida cristiana eran acompañados progresivamente para que avanzaran desde la conversión a la profundización de la fe y sus exigencias, hasta la plena incorporación a Cristo y a la Iglesia.

En nuestro reunión episcopal revisamos este proceso de iniciación cristiana en nuestras Diócesis. Nos hemos comprometido a prestar especial atención a la iniciación de los niños, los adolescentes y los jóvenes que se acercan al Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.

Será preocupación nuestra, muy importante, la preparación de evangelizadores y catequistas que aseguren procesos de renovación de las personas y las lleve a compromisos en la línea de formación de pequeñas comunidades cristianas. Comprendemos que hemos de dar lugar privilegiado al trabajo por la renovación de las familias.

Prestaremos atención muy especial a nuestra acción catequística y pastoral con los adultos, para que tengan los medios de llegar a gustar la gracia que Jesús les ha dado por su Espíritu y logren una nueva y total conversión al Señor y un compromiso de reconciliación, perdón y paz para el País.

Hoy, en la fiesta de Nuestra Señora de Chiquinquirá, pedimos al Padre misericordioso, que todos los colombianos podamos “crecer en la fe y lograr nuestro desarrollo por caminos de paz y de justicia”.

Saludamos a nuestras comunidades diocesanas, oramos por ellas y las bendecimos en el nombre del Señor.

Bogotá, D.C., 9 de julio de 2004

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ZENIT Staff

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