«Necesidad de auténticos líderes»

Por Alfonso López Quintás, catedrático emérito de Filosofía (Universidad Complutense de Madrid)

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MADRID, martes, 3 mayo 2005 (ZENIT.org).- Publicamos la reflexión que ha enviado a Zenit Alfonso López Quintás –catedrático emérito de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, miembro de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas y sacerdote de la Orden de la Merced–, en la que revela la necesidad de líderes y cuál es el verdadero perfil al que deben responder.

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NECESIDAD DE AUTÉNTICOS LÍDERES

El trato asiduo con jóvenes de distintos países me llevó a la convicción de que la sociedad actual les ofrece espléndidas posibilidades y los expone a abismales riesgos. Resulta ineludible aprender el arte de ayudarles a superar tales riesgos y asumir aquellas posibilidades. Para ello necesitamos métodos de enseñanza adecuados a la idiosincrasia de los niños y jóvenes actuales. Lograr tal adecuación es tarea ardua y exige una dosis notable de creatividad. Esta creatividad ha de ser cultivada esforzadamente por todo líder, entendido este término de modo profundo y amplio como guía en todos los órdenes de la vida.

En épocas de cambios bruscos y sorpresivos resulta ineludible configurar y probar nuevos métodos. La indispensable prudencia no debe llevarnos a ser timoratos y pusilánimes, y contentarnos con ser buenos gestores de instituciones y actividades formativas. Administrar es una función importantísima, pero insuficiente. En ciertas ocasiones se impone innovar. Debemos meditar pausadamente y a fondo lo que conviene hacer, pero luego hemos de ser decididos en la realización de los proyectos. Tal decisión debe estar motivada por el afán de buscar siempre la excelencia en la calidad y nunca la mera curiosidad de lo novedoso.

Al ver la urgencia de contar con líderes bien preparados, dispuestos vocacionalmente a realizar su función de guías en bien de todos, vuelve hoy por fortuna el término líder a gozar de buena acogida en la opinión pública. Al analizar las tareas que competen a un auténtico líder o guía, queda patente que ser líder es un derecho y un deber de todos -incluso de los que no se sientan muy dotados para ello- y encierra tal importancia en la actualidad que suscita el entusiasmo de toda persona sensible a los valores.

En la situación de encrucijada que vivimos hoy, la humanidad reclama la existencia de auténticos líderes que sepan facilitar claves de orientación que clarifiquen el sentido de la vida e inspiren pautas de conducta certeras que marquen el camino a seguir. Tanto más es de lamentar que tales líderes escaseen en todos los estamentos sociales, desde los puestos docentes hasta los cargos directivos de las naciones, pasando por quienes modelan la opinión pública desde el espectacular foro de los medios de comunicación social.

Si preguntamos a jóvenes que han cursado estudios de ética en la enseñanza secundaria y universitaria qué función ejerce, por ejemplo, la mentira en el proceso de desarrollo humano, a menudo se quedan perplejos. No saben cómo nos desarrollamos los seres humanos, cuáles son las exigencias de tal desarrollo, qué hemos de evitar para no destruirnos. No están preparados para ser líderes.

El agudo pensador Miguel de Unamuno confiesa en su Diario íntimo que es un enfermo de egoísmo, y añade: «Ya no volveré a gozar de alegría, lo preveo. Me queda la tristeza por lote mientras viva» [1]. ¿Cómo se explica que buscar el propio provecho de forma egoísta acabe dañándonos a nosotros mismos? ¿Nos sume el egoísmo en la tristeza por una especie de ley natural? Si un joven contesta con precisión a estas preguntas, demuestra saber qué actitudes nos ayudan a crecer como personas y qué otras bloquean nuestro crecimiento. Ese joven está formado; sabe cómo orientar su vida para llegar a plenitud. Lo ignora, en cambio, el que desconoce la relación que existe entre nuestras actitudes y nuestros sentimientos: por ejemplo, entre el egoísmo y la tristeza, la generosidad y la alegría… Esta laguna le impedirá prever qué va a ser de él cuando se comporte de tal o cual manera. No le será fácil orientarse debidamente en la vida y orientar a otros.

A menudo, observamos que conocidos periodistas se manifiestan contra la droga y organizan espectáculos para apoyar económicamente la reinserción de los drogadictos. Esta excelente labor la destruyen ellos mismos de raíz si, a través de sus medios de comunicación, difunden una mentalidad hedonista, que inspira la tendencia a las diferentes adicciones patológicas, que son formas de fascinación o vértigo. Estos profesionales de la comunicación tienen sin duda buena voluntad pero no son líderes.

En la misma línea de desconcierto, hay quienes delatan el incremento actual de la violencia, pero practican el reduccionismo: reducen el amor personal a mera pasión, el deporte a pura competición, la libertad creativa a libertad de maniobra, libertad desgajada de los grandes valores, expresados a través de ciertas normas morales. Hoy sabemos por la investigación ética que tal forma de reduccionismo es la fuente de las distintas formas de violencia. Quienes lo ignoren no pueden ejercer la función de líderes.

En los últimos tiempos, diversos gobiernos nacionales parecen haberse percatado de que estamos asomándonos a una peligrosa sima e intentan poner límite al proceso actual de deterioro en las costumbres. Como toda corrupción en el ser humano empieza por la corrupción de la mente -tergiversación de conceptos, manipulación de planteamientos, falsificación del lenguaje…-, tales dirigentes promulgaron leyes de educación encaminadas a conseguir que los niños y jóvenes aprendan a pensar bien, razonar con rigor, decidir con acierto, vivir de forma virtuosa. Podríamos pensar que nos hallamos en el recto camino hacia una renovación fecunda. Lamentablemente, no es así, pues, a la hora de precisar la forma concreta de lograr tan loable propósito, exigen que los profesores se conviertan en «tutores» o «educadores» y «enseñen a los alumnos valores y creatividad». Esta medida no tuvo la eficacia debida –entre otras razones- porque, si ahondamos en la vida humana, advertimos que ni los valores ni la creatividad son susceptibles de ser «enseñados»; debe «descubrirlos» cada uno por sí mismo. La tarea del educador consiste en acercar a los alumnos al área de irradiación de los valores, para que se dejen atraer por ellos y los asuman activamente en su vida. Se trata de una enseñanza socrática, consistente en “descubrir” las distintas fases del proceso humano de desarrollo. La fase decisiva se centra en torno a la experiencia básica del encuentro.

Qué es el encuentro, cuáles son sus exigencias y sus frutos, y cómo, al experimentar éstos, se descubre el ideal de la unidad, y con él se gana una visión espléndida de lo que somos y lo que estamos llamados a ser es un tema apasionante de investigación sobre el que todo educador debe reflexionar incesantemente. En esta tarea de reflexión ineludible pensaba el filósofo y dramaturgo francés Gabriel Marcel al hacer la observación siguiente:

«Probablemente, de lo que el mundo actual tiene mayor necesidad es de educadores. Desde mi punto de vista, ese problema de los educadores es el más importante, y aquí es donde la reflexión filosófica debe ser puesta a disposición. Se trata de saber dónde encontrarán esos mismos educadores los alimentos sin los cuales todo entusiasmo resultaría completamente vano» [2] .

Determinar el tipo de alimento espiritual que nutre la actividad de los verdaderos educadores es la tarea básica de todo líder cultural de alto estilo. Por eso hoy se subraya la necesidad de formar líderes: “Necesitamos líderes, jóvenes y maduros, que nos sugieran nuevos caminos –escribe un catedrático universitario muy c
ercano al empresariado, José Angel Sánchez Asiaín-. (…)No estoy hablando de líderes económicos, ni de líderes sociales, ni de líderes políticos, porque creo que, en un mundo como el que tenemos por delante, con sus planteamientos multidisciplinares y sus horizontes móviles, no se puede hablar más que de líderes culturales. La cultura es multidisciplinar, y todo lo engloba” [3].

Esta preparación de guías culturales eficaces es el propósito de mi reciente obra Liderazgo creativo. Hacia el logro de la excelencia personal [4]. En ella asumo la amplia experiencia pedagógica realizada en el proyecto formativo que estoy promoviendo en España y en Iberoamérica con el nombre de Escuela de Pensamiento y Creatividad. Quienes deseen conocerlo mejor pueden comunicarlo al correo lquintas@filos.ucm.es .

Alfonso López Quintás

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[1] O. cit. , Alianza Editorial, Madrid 1970, p. 123
[2] Cf. Dos discursos y un prólogo autobiográfico, Herder, Barcelona 1967, págs. 71-72.
[3] Cf. Los retos del cambio. Sus fronteras, Universidad del país Vasco, Bilbao 1991, p. 15.
[4] Editorial Nobel, Oviedo 2004.

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ZENIT Staff

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