TREVISO, lunes, 29 enero 2007 (ZENIT.org).- Tres, según el obispo Giampaolo Crepaldi, son las carencias del mundo católico en los últimos decenios: concebir la laicidad como neutralidad; no ver los temas de bioética como sociales y políticos; y no valorar la Doctrina Social de la Iglesia de manera sistemática.

El obispo Crepaldi, secretario del Consejo Pontificio Justicia y Paz, lo dijo el sábado 20 de enero en Treviso, Italia, donde pronunció la Conferencia de apertura del Seminario sobre «Bien Común y Doctrina Social de la Iglesia desde el Vaticano II hasta Benedicto XVI», organizado por los obispos italianos con vistas a la próxima Semana Social.

«Todos nosotros hemos vivido no pocos momentos de nuestra historia reciente con sufrimiento. No siempre, a pesar de la guía atenta del magisterio, se ha resistido a las fugas hacia adelante, a las parcialidades, al debilitamiento de la propia identidad», dijo monseñor Crepaldi.

«Una teología de la separación entre fe y política se ha alternado con una teología del compromiso directo, mientras avanzaba al mismo tiempo, una cultura del agnosticismo y del relativismo que, al hacerse impositiva y casi dictatorial, golpeaba en su mismo centro al mensaje cristiano, impidiendo su recepción en modo radical».

«Si se pierde de vista que el hombre es “capax veritatis” (capaz de conocer la verdad, ndr.) se hace imposible considerar que pueda ser “capax Dei” (capaz de Dios)», subrayó el secretario del Consejo Pontificio Justicia y Paz.

Según el obispo Crepaldi, el desafío católico actual consiste en profundizar en las propias raíces y en abrirse a un compromiso más amplio, dado que la cuestión antropológica se ha convertido ya en la cuestión social.

«No lograremos dar una válida aportación al bien común», dijo monseñor Crepaldi, si no es dilatando la cultura de la vida, de la bioética más allá de la bioética, y haciéndola convertirse en verdadera cultura social y política».

«El motivo es de fundamental importancia», señaló, la acogida de la vida «fundamenta una cultura de la vocación y no una cultura del poder».