Primer centenario del octavario de oración por la unidad de los cristianos

Mensaje de obispos españoles

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MADRID, sábado, 12 enero 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje emitido por la Comisión de la Conferencia Episcopal Española para las Relaciones Interconfesionales con motivo de la Semana de oración por la Unidad de los Cristianos (18-25 de enero de 2008). El lema escogido para este año es «No ceséis de orar».

 

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1. Primer Centenario del Octavario de Oración por la unidad

Se cumplen en 2008 cien años del Octavario de oración por la unidad de los cristianos, desde que el P. Paul Wattson, cofundador de la Sociedad de la Expiación (Society of the Atonement), de Graymoor (Nueva York, Estados Unidos), diera comienzo a esta semana anual de oración por la unidad visible de la Iglesia. Desde entonces hasta el presente el camino ha cubierto etapas felizmente superadas y ha vencido obstáculos que parecían insalvables. Las diversas Iglesias y Comunidades eclesiales se han ido incorporando a esta larga marcha de plegarias y oraciones por la recuperación de la unidad visible perdida de la Iglesia, y la oración intensa y ferviente del Octavario es hoy patrimonio de todas las confesiones cristianas.

2. Avances en la reconstrucción de la unidad visible de la Iglesia

El Movimiento ecuménico, que tiene su punto de partida en la asamblea de Edimburgo en 1910 y condujo a la creación del Consejo Ecuménico de las Iglesias en 1948, se vio ampliamente enriquecido con la contribución propia del ecumenismo católico desde los años sesenta del pasado siglo, gracias al gran impulso que recibió del Vaticano II. Al lado del ecumenismo misionero de Edimburgo surgieron otras corrientes, que aunaron esfuerzos por la unidad mediante la anhelada convergencia doctrinal en la fe común y en el testimonio de los cristianos en el mundo. El ecumenismo teológico arroja al presente un notable avance, que hemos de agradecer con humildad a la misericordia de Dios. Junto al diálogo teológico el ecumenismo pastoral ha ayudado a Iglesias y Comunidades eclesiales a aunar esfuerzos por un mejor servicio al pueblo de Dios y una mejor articulación de la presencia pública de la Iglesia en la sociedad contemporánea. Todo ello está redundando en beneficio de la nueva evangelización que las sociedades de nuestro tiempo esperan de la Iglesia.

Fruto del diálogo teológico entre las grandes confesiones cristianas es el reciente documento de la Comisión mixta de Iglesia Católica y de la Iglesia Ortodoxa «Comunión eclesial, conciliaridad y autoridad», del pasado 13 de octubre de 2007, en el cual católicos y ortodoxos han llegado a un primer principio de acuerdo sobre el primado del Papa («el primero de los Obispos»), que necesitará todavía mucha reflexión antes de que se pueda hablar de acuerdo pleno en un tema tan determinante para la recomposición de la unidad visible de la Iglesia. Con todo, el documento es un don del Señor a la Iglesia, que llega cuando se cumple el primer aniversario del viaje de Benedicto XVI a la sede de Constantinopla, del Patriarca Ecuménico.

Ya en el campo más específicamente pastoral y del testimonio, la III Asamblea Ecuménica Europea de Iglesias, celebrada en Sibiu (Rumanía), del 4 al 9 de septiembre de 2007, ha constituido un notable éxito ecuménico gracias a la labor de las dos grandes plataformas eclesiales que han organizado la asamblea: el Consejo de Conferencias Episcopales de Europa (CCEE) y la Conferencia de Iglesias de Europa (CIE). La primera agrupa a las Conferencias episcopales católicas y la segunda a las Iglesias y Comunidades eclesiales no católicas. Esta tercera asamblea europea de Iglesias tuvo por lema «La luz de Cristo ilumina a todos». Celebrada después de las asambleas de Basilea (1989) y Graz (1997), la convocatoria de Sibiu ha querido proyectar la luz de Cristo sobre los pueblos y naciones de Europa, que lentamente se alejan de la tradición cristiana. Se trata de una preocupación por Europa que no quiere dejar de tener muy en cuenta la situación global del mundo y la búsqueda de Dios de las grandes religiones.

Haciéndonos eco del mensaje de Sibiu, queremos recordar en primer lugar el ánimo que la asamblea quiso dar a las Iglesias para proseguir el diálogo teológico sin cansancio; y la invitación que hace al ejercicio de la caridad recíproca y para con todos los hombres. Caridad que es signo visible que las Iglesias dan al mundo del amor de Dios. Este signo se expresará con eficacia grande si todos los cristianos se manifiestan unánimes en la defensa de los derechos humanos y en favor de la paz en el mundo. Una paz que sólo llegará con la profunda transformación del corazón de cada ser humano, obra de la gracia de Dios.

Animamos a todos a ser testigos del amor de Cristo y a orientar este testimonio particularmente en favor de la vida humana, amenazada por las desgracias naturales, las graves enfermedades contagiosas y aquellos males que son causados por el desorden moral que genera el pecado, como la insolidaridad y la injusticia social, la explotación sin escrúpulo de los seres humanos, el terrorismo y las guerras. Una amenaza que se cierne sobre la vida y que, en nuestros días, está adquiriendo una gravedad no conocida por la práctica del aborto y el infanticidio, la manipulación de la vida embrionaria y su destrucción. La asamblea de Sibiu ha sido sensible a la urgencia que han de sentir los cristianos de todas las confesiones en defender unidos la dignidad del ser humano y la condición sagrada de la vida.

Cuando los cristianos dan unidos testimonio de Cristo se abre camino el Evangelio predicado por la Iglesia y retrocede el grave mal de nuestro tiempo que es el relativismo moral, que tanto contribuye a apartar a las personas y las sociedades del camino abierto por la predicación del Evangelio de Jesucristo. La norma de una vida regida por los verdaderos valores evangélicos es la fidelidad a los mandamientos de la ley divina y el seguimiento de Cristo por la senda evangélica de las bienaventuranzas. La asamblea de Sibiu ha querido, además, recordar a todas las Iglesias el compromiso adquirido en Estrasburgo de aplicar la Carta ecuménica para Europa, el fruto más palpable de la asamblea de Graz. Si las Iglesias se proponen secundar con empeño este compromiso, su testimonio será mucho más eficaz ante los ciudadanos y las instituciones europeas. La aplicación de la Carta pretende contribuir a que las relaciones entre las Iglesias se asienten sobre la fe común en la Santa Trinidad, en la obra redentora de Jesucristo Hijo de Dios y en la misión de salvación confiada por Cristo a la Iglesia, y sin menoscabo de la lealtad a la verdad tal como es percibida por cada una de las Iglesias, lealtad que es camino seguro hacia un futuro reconciliado. Al mismo tiempo, la Carta pretendía sentar las bases para un diálogo interreligioso con el judaísmo y el islam en la nueva situación de las sociedades europeas, sin menoscabo también de la identidad de Europa históricamente marcada por el cristianismo.

3. Un ecumenismo espiritual alimentado por la oración constante de los cristianos y de las Iglesias

El ecumenismo, sin embargo, no podrá avanzar hacia su propio objetivo si cada uno de los cristianos y todos en la comunión de las Iglesias no unieran su plegaria a la de Cristo, el Mediador único de todos los hombres, para implorar al Padre de las misericordias la unidad visible de la Iglesia una y santa. Sin la oración incesante se desdibuja y se pierde el camino hacia la unidad visible. Hay un ecumenismo espiritual que ha contribuido de modo decisivo al reencuentro de las Iglesias, y todos los cristianos han de hacer cuanto esté de su mano para fortalecerlo.

La
oración de cada cristiano y cada Iglesia es el alimento del avance hacia la unidad visible. Fue este convencimiento el que inspiró la introducción del Octavario por la unidad que, cien años después, se ha convertido en una práctica puntual en cada mes de enero, año tras año. No podemos olvidar que esta oración incesante y sostenida ha salvado situaciones de dificultad cuando el desaliento ha cundido en la marcha del ecumenismo. Durante su celebración todas comunidades cristianas están llamadas a orar por la unidad: las comunidades parroquiales y las de vida consagrada, los movimientos y sectores pastorales de la vida de la Iglesia. La oración interconfesional tiene un particular sentido en esta semana grande de la unidad, y es preciso que se realice respetando las orientaciones del Directorio ecuménico sobre este modo de oración ecuménica. Para ello se ofrecen a todos los materiales preparados conjuntamente por el Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos y la Comisión de Fe y Constitución del Consejo Ecuménico de las Iglesias. Aconsejamos utilizar estos materiales, pero debidamente adaptados en cada caso según el criterio pastoral de los párrocos y de los sacerdotes que regentan la vida pastoral de las comunidades cristianas y las casas religiosas, siguiendo siempre las orientaciones del Obispo diocesano.

Al ecumenismo espiritual han contribuido de manera particular las conferencias y encuentros ecuménicos de las comunidades monacales y religiosas que han sentido una llamada particular a practicar esta vía de acercamiento entre los cristianos, comprometiéndose generosamente en la común tarea de orar sin cesar por la unidad de la Iglesia. Queremos hacer una mención especial de este ecumenismo espiritual y confiamos a las comunidades religiosas movidas por el carisma de la unidad a que no cesen de orar para que se cumpla la voluntad de Cristo: «Padre, que sean uno, como tú y yo somos uno, para que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21).

A todos les recordamos que la necesidad de orar sin desmayo es exhortación y voluntad de Cristo, que a todos nos ha dado ejemplo supremo de comunión con Dios su Padre en la oración que le sostenía en fidelidad a su misión, uniendo su voluntad a la voluntad del Padre. Así lo enseñó a sus discípulos entregándoles la oración del Padrenuestro: «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo» (Mt 6,10); y con aquellas otras y definitivas palabras suyas con las que aceptó su pasión y cruz: «Padre si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya» (Mc 14,36). Hemos de suplicar del Señor de la Iglesia su unidad visible y confiar a su bondad y providencia la inspiración para hacer en cada momento aquello que convenga al reino de Dios y su presencia en la Iglesia.

Al dirigir este mensaje a las comunidades cristianas pensando en la próxima celebración del Octavario de oración por la unidad, cuando se cumplen sus cien años de tradición y vigencia, nos confiamos a la Inmaculada Virgen María, figura de la Iglesia y Madre de la esperanza, para que asista con su intercesión a todos los cristianos y los sostenga en fidelidad al único Señor de la Iglesia.

Madrid, a 8 de diciembre de 2007

Inmaculada Concepción de la Virgen María

Adolfo, Obispo de Almería, Presidente
Santiago, Arzobispo de Mérida-Badajoz
José, Obispo de Tuy-Vigo
Román, Obispo de Vic

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ZENIT Staff

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