CIUDAD DEL VATICANO, jueves 29 de octubre de 2009 (ZENIT.org).- Entre los participantes al Sínodo de los Obispos para África, concluido este domingo por Benedicto XVI, estaba también el cardenal Péter Erdö, arzobispo de Esztergom-Budapest, que ha intervenido en el encuentro en calidad de presidente del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa (CCEE).

Una oportunidad privilegiada, como reconoce el purpurado mismo en esta entrevista a ZENIT, en la que explica la situación de la Iglesia en África y explica qué se puede aprender de este continente.

-Ha acabado el Sínodo para África, que en los medios de comunicación internacionales ha pasado casi inadvertido. ¿Cómo resumiría los resultados de estas tres semanas de trabajo?

Cardenal Erdő: Los resultados están ya en parte en el Mensaje Final, que constituye un resumen de los trabajos, de las intervenciones y de las preocupaciones del Sínodo. También están recogidos, ciertamente, en las Proposiciones que el Sínodo ha transmitido al Santo Padre, con la esperanza de que dentro de algunos años tengamos también una Exhortación apostólica postsinodal. Los resultados están y estarán seguramente no sólo destinados a África, sino a la Iglesia Universal.

No es casual que todos los continentes, todos los católicos de cada continente, estén representados en el Sínodo, porque los problemas aquí tratados tienen siempre un aspecto universal, o si lo preferimos, global. Por poner un ejemplo, el sistema económico-financiero o el mercado de las materias primas une al mundo rico con África y con China, etc. Pero también la emigración es un fenómeno que, por una parte, afecta a los países africanos, de donde parten tantos intelectuales, muchos pobres y perseguidos – todo esto no es independiente de los efectos brutales de la política internacional y de la economía global –, y por otra se presenta la cuestión humanitaria de cara a los inmigrantes que se encuentran en los países occidentales.

Naturalmente, existe también un aspecto intereclesial de todo esto, como ya está indicado por el tema del Sínodo. La Iglesia considera, de hecho, como parte de su propia misión, la promoción de la reconciliación, de la justicia y de la paz, y no solamente en África. Porque ahora la justicia de una región no puede separarse del comportamiento justo en otros tantos países.

También el aspecto pastoral pertenece a los elementos que conectan al Sínodo con el mundo, pues seguramente en los países donde hay inmigrantes procedentes de África, muchos entre ellos católicos, y es también justo y necesario que lleguen algunos sacerdotes en grado de acompañarles pastoralmente. Después, naturalmente, estamos también unidos en la cuestión de las vocaciones, como también en los proyectos pastorales y culturales. Por tanto, entre los resultados del Sínodo encontramos también indicaciones claras de ciertas tareas que requieren un esfuerzo especial por parte de las Iglesias del mundo rico, del mundo occidental, no solo de la Iglesia en África.

-A 15 años del primer Sínodo especial para África ¿Cómo ha cambiado la situación en ese continente?

Cardenal Erdő: Ante todo, la situación de la seguridad, de la democracia, de la economía no ha mejorado, al contrario, en muchas partes ha habido un empeoramiento. No pocos han atestiguado la degradación de la instrucción pública, de la sanidad en diversas partes del continente. Amenaza también a algunos países la profunda corrupción, la violencia no sólo política sino de raíz económica, a veces incitada desde el exterior, y que hace muy difícil, sino imposible la vida de esta pobre gente.

Y sin embargo hay también desarrollos positivos. Algunos de los países africanos han conseguido resolver el problema de la alimentación de su propia población, que es un paso adelante muy significativo, mientras que otros por desgracia no saben salir de este problema. Por lo que respecta al número de las diócesis, de los obispos, de los sacerdotes y de las comunidades religiosas, la Iglesia africana en los últimos 15 años ha crecido fuertemente. Es un signo de la gracia divina.

Podemos decir también que la Iglesia africana es una Iglesia misionera, una Iglesia llena de energía y naturalmente, en esta Iglesia joven existen problemas pastorales antiguos que han acompañado también la historia de la Iglesia de los demás continentes, como por ejemplo la brujería, el problema de las supersticiones, el problema de la transmisión clara de la fe, pero también hay tradiciones populares, tribales, que por una parte son muy apreciadas, son reconocidas también dentro de la vida eclesial porque proporcionan modelos, que pueden ser bautizados a la luz del Evangelio y adquirir también un mayor significado, como por ejemplo las ceremonias de la reconciliación entre los diversos grupos.

Por otra parte, sin embargo, existen costumbres y tradiciones que deben superarse o iluminarse con la fe. Hay aspectos de las condiciones sociales de la mujer en el cuadro de la poligamia o de las tradiciones tribales que no pueden mantenerse ni desde un punto de vista cristiano, ni desde el punto de vista de la igual dignidad de las personas humanas. También sobre esto existe una gran diversidad entre los países del continente.

Un valor tradicional que debe ser absolutamente bautizado y que es un tema central de la teología africana es la familia. La familia africana y la familia como modelo también de la teología de la Iglesia, modelo de eclesiología: la Iglesia como familia de Dios era un tema central en el primer Sínodo africano y ha surgido también en este Sínodo. Por esto es importante que ideologías importadas de otras regiones del mundo no destruyan a la familia, que no introduzcan en las legislaciones cambios que son contrarios a la familia.

-Desde el punto de vista del CCEE, ¿en qué campos puede haber colaboraciones entre los dos continentes?

Cardenal Erdő: Existe desde hace largos años una colaboración institucional con el SECAM (Simposio de las Conferencias Episcopales de África y Madagascar). Tenemos una comisión mixta que organiza el trabajo en común, cuyo momento culminante son las conferencias que se repiten casi cada año. Últimamente se desarrolló una alternancia en las sedes de los encuentros: una vez en África y una vez en Europa. Por ejemplo hemos tratado los temas de la esclavitud, de la emigración – que es un problema evidentemente común –, y de los sacerdotes fidei donum, que son enviados por una diócesis a otra para trabajar en el ámbito pastoral.

Muchos sacerdotes africanos viven en Europa, pero no todos tienen un contrato o una situación regulada entre las dos diócesis que por una parte garantice la inserción, la integración del sacerdote en la vida de la diócesis del lugar, y por otra garantiza también la seguridad jurídica, la asistencia sanitaria, etc. Ciertamente es verdad que hay muchos sacerdotes que han huido de su patria por razones políticas, pero también hay sacerdotes que permanecen en Europa por razones de estudio o por cuidados médicos, por lo que es necesario que los obispos tomen en consideración la condición de todos estos sacerdotes y les acompañen.

Después es importante también, por ejemplo, que los novicios, o sea, quienes se preparan a la vocación religiosa no dejen demasiado pronto su patria, antes de haber concluido su formación, porque durante la formación en otro ambiente cultural muchos o pierden la vocación o bien descubren no tener esa vocación, o incluso, a juicio de la orden religiosa, no están adaptados a ese tipo de vida. Así se les manda fuera de ese instituto religioso, y se encuentran en una sociedad que es muy fría y no les acoge, y al mismo tiempo no vuelven a casa. Por tanto estas situaciones seguramente deben evitarse. Nuestros hermanos africanos proponen que la primera parte de la formación se haga necesariamente en África.

Existen otras colaboraciones en el ámbito de la ciencia, de la teología y de la educación. En África han nacido numerosos centros de investigación y de formación y numerosas universidades católicas. También en este campo registramos por tanto un desarrollo muy positivo.

-Para los obispos europeos ¿cuál es la importancia de este Sínodo para África?

Cardenal Erdő: Ante todo, vemos que este Sínodo está dirigido también a nosotros. Nos ayuda a comprender la función del mundo occidental en la vida de la humanidad. Nos hace ver mejor nuestra responsabilidad y nuestra debilidad. Nuestra responsabilidad de cara a los políticos, de cara a aquellos que toman decisiones en el ámbito de la vida económica para que podamos proceder de modo responsable también en el exterior en lo que respecta, por ejemplo, a los bienes naturales a partir de las selvas, hasta llegar a las materias primas que son extraídas y exportadas de África. También el desarrollo de la agricultura es un gran desafío porque en África hay muchísimos pobres y hambrientos que prácticamente viven por debajo del nivel de subsistencia. Por tanto es necesaria mayor responsabilidad y mayor realismo. No basta un comportamiento ideológico, tampoco por parte nuestra. Ciertamente no podemos imponer nuestra ayuda sino que debemos proceder siempre en comunión con la Iglesia local, y sin prescindir de ésta o crear proyectos que no tienen nada que ver con la vida de los cristianos de esa Iglesia.

-¿Qué puede aprender la Iglesia en Europa de la africana? 

Cardenal Erdő: Mucho. Por una parte puede aprender una gran elasticidad y energía, una intensidad de la vida religiosa, también a veces de la liturgia. Puede aprender la gran capacidad de trabajar en circunstancias difíciles. Puede aprender también la humildad y la fidelidad de cuantos son perseguidos por la fe cristiana; puede aprender una visión cristiana iluminada por la fe porque, precisamente en caso de conflictos étnicos, nacionales, raciales, son esos testigos del Evangelio quienes tienen el valor de decir a los soldados que matan: vosotros también sois cristianos. Y los soldados responden: sí, somos cristianos, pero antes de ser cristianos pertenecemos a una tribu. Y hay cristianos que dicen: esto no es justo. Debemos reflexionar también sobre nuestros sentimientos en Europa, donde a veces las pertenencias humanas parecen ocupar en muchos cristianos el primer lugar. Por tanto, sí a la identidad cultural pero no a la idolatría de la raza y de la nación porque somos hermanos y hermanas, hijos del mismo Dios. También este sentimiento familiar se expresa muy bien en la teología africana.  

[Por Viktoria Somogyi, traducción del italiano por Inma Álvarez]