De la muerte a la vida

Por Mario J. Paredes 

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ROMA, sábado, 3 de abril de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos la reflexión con motivo de Pascua que ha escrito Mario J. Paredes, presidente de la Asociación Católica de Líderes Latinos (CALL) de los Estados Unidos, miembro del comité presidencial de enlace de la Sociedad Bíblica de los Estados Unidos con la Iglesia católica, quien representó a esta institución en el Sínodo de los Obispos sobre la Palabra celebrado en octubre en el Vaticano.

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Si la Pascua judía es la celebración-memoria de la gesta histórica que supuso la liberación del pueblo del Antiguo Testamento sometido al poder de los egipcios, la Pascua cristiana es la celebración-memoria de otro hecho histórico: la Resurrección de Cristo en los cristianos.

     Se considera «hecho histórico» a aquello que es constatable y verificable por el universo de las personas por haber ocurrido en un espacio/tiempo determinado y con el hombre como sujeto de dicho acontecimiento. Este es precisamente el caso de La Resurrección: un hecho constatable en un espacio/tiempo determinado hace ya 2000 años en la vida de unos primeros hombres y mujeres – los primeros cristianos – a quienes el Crucificado les cambió de tal forma la vida que llegaron, por tal causa a la evangelización valiente de ese kerigma (primer anuncio) por el mundo entonces conocido y, por ello mismo, al martirio (Hc 2,14ss).

     Así, la Resurrección acontece y se verifica en la transformación de la vida, una vida nueva, según el apóstol Pablo lo repite tantas veces (2 Cor 5,17) de los primeros cristianos. Dicho de otro modo, es la vida transformada y nueva de los primeros cristianos a causa del Crucificado la que da fe y testimonio histórico de la presencia viva de Cristo en medio de los cristianos, en medio de su Iglesia, en medio del mundo.

     De esta forma, la Resurrección de Cristo no es un mito literario, un cuento de hadas, una leyenda o un  embeleco metafísico. La Resurrección de Cristo, muy por el contrario, es un hecho histórico, tangible, incuestionable y verificable en cada hombre y/o mujer que, desde los primeros días de la Iglesia hasta hoy, transforma su vida en el encuentro con el evangelio de Cristo y la propuesta de hombre-nuevo que contiene. La Resurrección de Cristo ocurrió y continua ocurriendo cada vez que un hombre «renueva la mente» (Rm 12,2) y configura su vida al estilo de vida, a los principios y valores vividos y predicados por Cristo en el Evangelio.

     Tal renovación de la mente, tal nueva criteriología, tal vida nueva es la que hace que podamos clamar a Dios «Padre»(Rm 5,5 ; Gal 4,6) y vivir la misma vida de Cristo en nosotros, hasta poder gritar como Pablo «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí»(Gal 2,20); es decir: la vida de hijos de Dios y hermanos de todos. De tal manera que alegres y confiados podemos exclamar que «ya no somos esclavos sino hijos» (Gal 4,7) y que para ser libres nos liberó Cristo (Gal 4,31). Por ello también Juan indica que «En esto sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida en que nos amamos los unos a los otros» (1 Jn 3,14); y al revés: si no somos capaces de reconocernos hijos de Dios, si no somos capaces de amarnos los unos a los otros, si los frutos (Mt 7,16) que más aparecen en nuestra vida social no son ni buenos ni abundantes entonces Cristo no ha resucitado y «vana es nuestra fe y vana también nuestra predicación» (1 Cor 15,17).

     Hoy, la Resurrección de Cristo tiene que continuar siendo un hecho histórico y una celebración en la historia mediante la vida de los cristianos que hacen presente a Cristo en cada espacio/tiempo, en cada cambiante y nueva situación histórica de la humanidad.

     Dicho de otra manera: lo que da testimonio de la Resurrección de Cristo, clara y abundantemente testimoniado por los primeros cristianos y su vida comunitaria (Cfr. Hc 2,42ss y 4,32ss) es la vida fraterna de los que cumplen la voluntad del Padre enseñada por el Hijo: que nos amemos los unos a los otros (Jn 13,14) como Dios mismo nos ama. Los relatos de la tumba vacía contenidos en los llamados «relatos de las apariciones» son, por su parte, hermosísimas piezas literarias para expresar la mas importante y fundamental confesión de fe de los cristianos: Cristo continúa vivo en la historia, no ha muerto, ha resucitado (Hc 2,32)siempre que haya hombres y mujeres que se aventuren sin temor y valientemente (Hc 9,28) a compartir el pan (Lc 24,13ss) y a construir la paz por el perdón (Jn 20,19ss) en la alegría y justicia de los hijos de Dios.

     Celebrar la Resurrección implica, entonces, resucitar cada día, resucitar siempre: volver a la conversión permanente para vivir-en-Cristo, la vida nueva de los hijos de Dios y hermanos de todos los hombres, porque sin vida-nueva confesar que Cristo ha resucitado no es creíble y es motivo de escándalo.

     Por ello, desear y desearles a todos ustedes unas Felices Pascuas de Resurrección significa el deseo de una vida nueva en Cristo según su Evangelio.

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ZENIT Staff

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