Preguntas del arzobispo de Túnez al asesino de un sacerdote

Monseñor Maroun Lahham recuerda al padre Marek Rybinski, degollado

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TÚNEZ, sábado, 26 de febrero de 2011 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje que ha dirigido a los católicos de Túnez el arzobispo de la capital, monseñor Maroun Lahham, con motivo del asesinato de un joven sacerdote salesiano polaco, el padre Marek Rybinski, que tuvo lugar el 18 de febrero.

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Queridos todos:

No paramos de vivir acontecimientos (dejo la palabra sin adjetivo). Ahora ha sido el padre Marek, salesiano de 34 años, presente en Túnez desde el año 2007, quien ha sido degollado en un almacén de la escuela de los salesianos de Manouba.

El Ministerio del Interior ha publicado un comunicado, según el cual, el asesino era un carpintero de la escuela. Los padres salesianos afirman que el asesino había tomado en préstamo, hace tres meses, dos mil dinares tunecinos para comprar material para su trabajo. Parece que se gastó el dinero en otras cosas, que el vendedor se negaba a darle material no pagado, y que el padre Marek insistía para que se devolviera a la escuela el dinero. Presa del pánico, y por miedo a ser descubierto, dice el comunicado del Ministerio del Interior, «el asesino sorprendió al sacerdote con sucesivos golpes muy fuertes con un objeto contundente en la nuca y el cuello provocándole la muerte. El asesinato ha sido cometido por miedo a ser descubierto».

Cuando concluyan las formalidades jurídicas, celebraremos una gran misa en la catedral antes de que sea repatriado a Polonia.

¿Qué podemos decir? Horror, tristeza, indignación, revuelta, preocupación, miedo, duda… Todo se mezcla. ¿Por qué ha sido asesinado el padre Marek? ¡Por dos mil dinares! Es difícil creérselo. Ciertamente hay detalles que desconozco. Sin embargo, hay datos que sé:

–Sé que el padre Marek había escrito, dos semanas antes de su asesinato, hablando del pueblo tunecino: «es una nación joven, inteligente, incapaz de recurrir a la violencia, profundamente buena, que no es capaz de odiar». 

–Sé que acababa de escribir su primer libro sobre Túnez, en el que entre otras cosas dice: «Durante mi estancia en Túnez, mi actitud hacia mis hermanos musulmanes ha evolucionado mucho. El miedo al terrorismo y al extremismo ha desaparecido totalmente. Los tunecinos son tan acogedores, amigables, y calurosos. Me enseñan esta actitud».

–Sé que se había presentado como voluntario para venir a Túnez hace cuatro años, cuando acababa de ser ordenado sacerdote.

–Sé que había pedido dinero por todos los sitios para renovar las instalaciones de la escuela a la que tanto quería y de la que era el ecónomo.

Quisiera imaginar que estoy ante su asesino para plantearle algunas preguntas: ¿Cuál es el verdadero motivo por el que has matado al padre Marek? ¿Y por qué de esta manera bárbara? Su juventud y su inocencia, ¿no te han inspirado ningún sentimiento de piedad? ¿Ni su físico frágil? Le has dejado inconsciente a golpe de martillo, ¿no te parecía suficiente? Era necesario degollarle y dejarle bañado por su sangre? ¿Cómo has podido dormir después? ¿De qué pasta estás hecho? ¿Qué religión profesas? Eres de quienes creen en Dios Compasivo, Misericordioso (Al Rahman Al Rahim)? ¿Cómo conjugas tu crimen con tu fe?

Responde a estas preguntas, tranquilízanos, tranquiliza nuestro corazón de padre y de hermanos… Después te prometo el perdón. Primero tendrás que pedírselo a Dios, después lo recibirás de la Iglesia católica en Túnez.

«Si el grano de trigo no cae en tierra y muere…». Ha caído, ha muerto y, siguiendo el ejemplo de Cristo al que el padre Marek se había consagrado, ha dado fruto. Todos los mensajes de solidaridad, todos los gestos de simpatía, las flores depositadas en la puerta de la catedral, los tunecinos y tunecinas que participaron en manifestaciones ante la catedral con eslóganes: «Marek, ¡perdón!», los jóvenes tunecinos que se reunieron en la catedral, el 20 de febrero, con flores, con lágrimas en los ojos… «No le hemos matado nosotros –decían–, no ha sido Túnez. ¡Perdonadnos!». Y se fueron abrazando a las hermanas.

Las reacciones oficiales han sido del mismo estilo, el primer ministro, el ministro de Interior, de Asuntos Exteriores, de Trabajo, de Educación, de Asuntos Religiosos, de Turismo; los embajadores árabes y extranjeros, incluso el partido islamista Al Nahda… ¿Hacía falta la muerte de un sacerdote para darnos cuenta de toda esta simpatía y de este cariño? El precio es muy caro. Apreciamos enormemente todos estos gestos de amistad, pero no valen una sola gota de la sangre de nuestro querido Marek.

¿Y ahora? Pues bien, nosotros seguimos adelante. No es el momento del pánico, sino de la fe, de la paciencia, de la precaución. ¿Huir? Nada de eso, los momentos difíciles no son momentos de huida. Lo digo a título personal, en primer lugar, y lo digo en nombre de todo el personal religioso de la Iglesia de Túnez y en nombre de los cristianos presentes en el país. Lo digo también en nombre de nuestros hermanos musulmanes y judíos. Nos quedamos en este país que nos acoge, que nos ama y al que amamos. Nos quedamos también por vosotros, pues queremos enriquecernos con vuestra presencia y vuestra diferencia, y os proponemos también los valores en los que creemos y que tratamos de vivir a pesar de nuestras debilidades, valores que pueden ofreceros una contribución de fe, de esperanza y de confianza.

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ZENIT Staff

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