La inculturación en la Iglesia

A las poblaciones con ritos ancestrales: ofrecerles la plenitud que nos ha traído Jesús. Reflexión del obispo de San Cristóbal de Las Casas

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SITUACIONES

Nos reunimos en Bogotá un grupo de asesores del CELAM sobre un tema delicado de la pastoral indígena, que es la Teología India. Estamos preparando el V Simposio, a realizarse en Bolivia en mayo próximo, con el objetivo de proseguir el camino de profundización de los contenidos doctrinales de dicha teología, para avanzar en su clarificación, a la luz de la Palabra de Dios y del Magisterio de la Iglesia.

Nos preocupa que algunos menosprecien y satanicen las culturas originarias, sin conocerlas a fondo; quisieran que todo lo indígena ya desapareciera de la historia social y eclesial. En estos simposios se intenta discernir, en costumbres, ritos y mitos indígenas, lo que el amor del Padre sembró en ellos, por medio de su Espíritu, para ofrecerles la plenitud que nos ha traído Jesús.

Por otra parte, todavía hay resistencias a que sigamos usando el término de Iglesia autóctona, como si eso implicara apartarnos de la eclesiología del Concilio Vaticano II, cuando es más bien un esfuerzo, ciertamente fronterizo, de vivir lo que al respecto el Espíritu dijo y dice a las Iglesias. Es lo que entendemos cuando hablamos de Iglesia inculturada en las culturas indígenas, mestizas, urbanas y modernas.

ILUMINACION

El Decreto Ad gentes del Vaticano II ordena: “Deben crecer de la semilla de la Palabra de Dios en todo el mundo Iglesias particulares autóctonas suficientemente fundadas y dotadas de propias energías y maduras, que, provistas suficientemente de jerarquía propia, unida al pueblo fiel, y de medios apropiados para llevar una vida plenamente cristiana, contribuyan, en la parte que les corresponde, al bien de toda la Iglesia. El medio principal para esta plantación es la predicación del Evangelio de Cristo. Para anunciarlo envió el Señor a sus discípulos a todo el mundo, a fin de que los hombres, renacidos por la Palabra de Dios, ingresen por el bautismo en la Iglesia, la cual, como cuerpo del Verbo Encarnado que es, se alimenta y vive de la Palabra de Dios y del pan eucarístico” (6). Esto que pide el Espíritu, es lo que procuramos vivir.

Según Juan Pablo II, la inculturación es “la encarnación del Evangelio en las culturas autóctonas y al mismo tiempo la introducción de estas culturas en la vida de la Iglesia” (Slavorum Apostoli, 21). “Al entrar en contacto con las culturas, la Iglesia debe acoger todo lo que, en las tradiciones de los pueblos, es compatible con el Evangelio, a fin de comunicarles las riquezas de Cristo, y enriquecerse ella misma con la sabiduría multiforme de las naciones de la tierra” (Al Pontificio Consejo para la Cultura,17 enero 1987).

Dice el Concilio que la penetración del Evangelio en un determinado medio sociocultural, por una parte, “fecunda como desde sus entrañas las cualidades espirituales y los propios valores de cada pueblo…, los consolida, los perfecciona y los restaura en Cristo” (GS 58); por otra, la Iglesia asimila estos valores, en cuanto son compatibles con el Evangelio, “para profundizar mejor el mensaje de Cristo y expresarlo más perfectamente en la celebración litúrgica y en la vida de la multiforme comunidad de fieles” (Ibid).

Benedicto XVI extendió esta inculturación a otras culturas, no sólo a las aborígenes: “Para cumplir la misión salvífica que la Iglesia recibió de Cristo,se requiere también anunciar y vivir la buena nueva, entablando sin temor un diálogo crítico con las culturas nuevas vinculadas a la aparición de la globalización, para que la Iglesia les lleve un mensaje cada vez más pertinente y creíble, permaneciendo fiel al mandato que recibió de su Señor” (A los Obispos de Camerún: 18 marzo 2006).

COMPROMISOS

Es necesario que nuestra Iglesia se haga más presente en las diferentes culturas, originarias, mestizas y postmodernas, como expresión de una nueva evangelización. Insistimos en los pueblos indígenas no para conservarlos en un museo para curiosidad de turistas y estudio de antropólogos, sino para que Jesucristo sea su vida plena, que les aliente en la esperanza, ante la discriminación que han sufrido por años, y así sean sujetos de su desarrollo integral.

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Felipe Arizmendi Esquivel

Nació en Chiltepec el 1 de mayo de 1940. Estudió Humanidades y Filosofía en el Seminario de Toluca, de 1952 a 1959. Cursó la Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca, España, de 1959 a 1963, obteniendo la licenciatura en Teología Dogmática. Por su cuenta, se especializó en Liturgia. Fue ordenado sacerdote el 25 de agosto de 1963 en Toluca. Sirvió como Vicario Parroquial en tres parroquias por tres años y medio y fue párroco de una comunidad indígena otomí, de 1967 a 1970. Fue Director Espiritual del Seminario de Toluca por diez años, y Rector del mismo de 1981 a 1991. El 7 de marzo de 1991, fue ordenado obispo de la diócesis de Tapachula, donde estuvo hasta el 30 de abril del año 2000. El 1 de mayo del 2000, inició su ministerio episcopal como XLVI obispo de la diócesis de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, una de las diócesis más antiguas de México, erigida en 1539; allí sirvió por casi 18 años. Ha ocupado diversos cargos en la Conferencia del Episcopado Mexicano y en el CELAM. El 3 de noviembre de 2017, el Papa Francisco le aceptó, por edad, su renuncia al servicio episcopal en esta diócesis, que entregó a su sucesor el 3 de enero de 2018. Desde entonces, reside en la ciudad de Toluca. Desde 1979, escribe artículos de actualidad en varios medios religiosos y civiles. Es autor de varias publicaciones.

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