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Pareja homosexual asalta 29 iglesias en Francia: así fue la captura y la pena impuesta por la policía

Los pueblos afectados por estos robos no eran simplemente lugares que albergaban objetos valiosos. Eran comunidades cuyas iglesias antaño fueron el centro de bautizos, matrimonios, duelos, fiestas y memoria colectiva.

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(ZENIT Noticias / París, 16.05.2026).- Un tribunal francés ha condenado a dos hombres homosexuales responsables de una oleada de robos que se prolongó durante meses en iglesias católicas del norte de Francia. El caso ha conmocionado a muchos fieles no solo por los robos en sí, sino también por el evidente desprecio mostrado hacia los objetos sagrados y la Eucaristía.

Según los investigadores y las conclusiones del tribunal, Raphaël Hourdeaux, de 35 años, y su pareja, Tony Paupière, de 30, irrumpieron en 29 iglesias católicas durante el verano de 2025, principalmente en pueblos aislados del norte rural de Francia.

El caso atrajo la atención nacional después de que las autoridades revelaran que los hombres no solo robaron valiosos objetos litúrgicos, sino que también se llevaron presuntamente hostias consagradas y utilizaron vasos sagrados de las iglesias como elementos decorativos en sus hogares.

Para muchos católicos, este detalle transformó los delitos de simples robos en algo mucho más doloroso: una profanación de objetos considerados sagrados e íntimamente ligados a la vida sacramental de la Iglesia.

Una serie de robos en pueblos olvidados

Los robos se sucedieron durante aproximadamente tres meses y afectaron a pequeñas comunidades donde las iglesias suelen permanecer abiertas durante el día, a pesar de que la actividad litúrgica es solo ocasional.

En el pueblo de Burelles, los hombres forzaron la entrada a la iglesia parroquial, destrozaron la caja de donaciones, rompieron la puerta de madera de la sacristía y robaron platos de comunión, vasos bautismales y una custodia utilizada para la adoración eucarística.

Ese mismo día, desapareció otro cáliz de la iglesia parroquial en la cercana Vervins. Al día siguiente, la iglesia de Marle fue blanco de los ladrones, quienes forzaron el sagrario y se llevaron otro cáliz.

Posteriormente, los medios franceses informaron que también se habían sustraído hostias consagradas durante algunos de los robos, lo que intensificó la indignación entre los católicos y el clero locales.

En la Iglesia Católica, la Eucaristía consagrada no se considera solo un pan simbólico, sino la presencia real de Cristo. Por ello, el robo o la profanación de hostias consagradas tiene una gravedad particular para los católicos practicantes.

Los investigadores consideraron la posibilidad de que al menos algunos de los actos tuvieran motivaciones que iban más allá del lucro económico.

La policía finalmente identificó a los sospechosos mediante datos de geolocalización de teléfonos móviles. En octubre de 2025, aproximadamente 30 agentes allanaron la residencia de la pareja.

Lo que descubrieron aumentó la inquietud pública.

Según los informes, algunos objetos litúrgicos se habían colocado como decoración doméstica, mientras que otros estaban escondidos en bolsas y armarios. Otros artículos se vendieron a un anticuario local, quien posteriormente fue condenado por receptación de bienes robados. Otros vasos sagrados fueron fundidos y vendidos como metal.

La fragilidad del cristianismo rural

Más allá de la dimensión criminal, el caso también ha puesto de manifiesto una realidad más amplia que afecta a gran parte de la Francia rural: la creciente vulnerabilidad de las iglesias aisladas en regiones que sufren declive demográfico, escasez de sacerdotes y debilitamiento de la práctica religiosa.

Muchas de las iglesias afectadas pertenecían a pueblos donde la misa se celebra solo unas pocas veces al año. En algunas diócesis, un solo sacerdote es responsable de decenas de parroquias repartidas por extensas zonas rurales.

Según los informes presentados durante el juicio, algunos clérigos de la región afectada estaban a cargo de hasta 50 iglesias.

Esta situación pastoral facilitó los robos. En varios casos, pasaron días antes de que alguien se percatara de que una iglesia había sido asaltada.

Los ataques pusieron de manifiesto, por lo tanto, no solo las fallas de seguridad, sino también la creciente fragilidad del inmenso patrimonio religioso de Francia.

Francia alberga decenas de miles de iglesias, capillas, monasterios y santuarios históricos —muchos de ellos con siglos de antigüedad—, a pesar del drástico descenso de la práctica religiosa en las últimas décadas.

Sentencia y cuestiones de justicia

Los dos hombres recibieron condenas de tres años de prisión, aunque dos años quedaron en suspenso. Cumplirán un año bajo vigilancia electrónica en sus domicilios, en lugar de encarcelamiento tradicional.

La pena relativamente leve ha generado frustración entre algunos creyentes, quienes argumentan que la magnitud y la gravedad simbólica de los crímenes merecían castigos más severos.

Los tribunales franceses aún deben determinar la indemnización adeudada a las parroquias afectadas.

Las autoridades lograron recuperar algunos objetos robados y devolverlos a sus iglesias tras verificar su propiedad. Sin embargo, el proceso resultó difícil debido a que muchas parroquias carecían de inventarios detallados de sus bienes litúrgicos.

Como resultado, algunos objetos recuperados no pudieron vincularse definitivamente a iglesias específicas y, en cambio, fueron entregados a las autoridades diocesanas para su redistribución entre las comunidades locales.

El caso ha reavivado el debate en varias diócesis sobre la urgente necesidad de una mejor catalogación y protección del arte sacro y los tesoros litúrgicos, especialmente en regiones remotas donde las iglesias siguen estando particularmente expuestas.

Más que un delito contra la propiedad

La profanación de iglesias se ha convertido en un tema cada vez más delicado en Francia durante la última década, en medio de una preocupación más amplia por el vandalismo, la hostilidad anticristiana y los ataques a lugares religiosos. Si bien los motivos varían ampliamente —desde el robo hasta la hostilidad ideológica o la simple delincuencia—, las comunidades católicas expresan con frecuencia su preocupación por el hecho de que los actos contra las iglesias reciban menos atención pública que los ataques dirigidos contra otras comunidades religiosas.

Al mismo tiempo, los líderes de la Iglesia generalmente evitan presentar estos incidentes en términos abiertamente políticos, prefiriendo en cambio enfatizar la oración, el perdón y la protección del patrimonio religioso.

Sin embargo, más allá de los procesos penales inmediatos, subyace una cuestión más profunda que afronta la Europa contemporánea: ¿qué sucede con los lugares sagrados cuando las sociedades que los construyeron pierden gradualmente el contacto con la fe que antaño les daba sentido?

Los pueblos afectados por estos robos no eran simplemente lugares que albergaban objetos valiosos. Eran comunidades cuyas iglesias antaño fueron el centro de bautizos, matrimonios, duelos, fiestas y memoria colectiva.

Hoy, algunas de esas mismas iglesias abren solo ocasionalmente, vulnerables no solo a los ladrones, sino también al olvido cultural.

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