El Papa impulsa el renacimiento de la Iglesia en Albania

El país había vivido durante décadas bajo el régimen comunista maoísta

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CIUDAD DEL VATICANO, 8 feb 2001 (ZENIT.org).- Los obispos católicos de Albania están regresando en estos días a su país, después de haber realizado por primera vez su visita quinquenal al Papa y a la tumba de los apóstoles en Roma.

La visita es prueba del renacimiento de la Iglesia en este país europeo que vivió con Enver Hoxha el régimen comunista maoísta. Durante la guerra fría Albania recortó de manera drástica las libertades individuales y colectivas. Especialmente violenta fue la erradicación de las prácticas religiosas, que supuso la destrucción de gran cantidad de templos, tanto cristianos como musulmanes.

Ante la crisis económica y la caída de los regímenes comunistas en toda Europa, parecía difícil que el ultraortodoxo régimen albanés pudiera resistir. Y en efecto, tras autorizarse de nuevo la práctica de la religión, en 1991 el presidente Ramiz Alia convocó las primeras elecciones pluralistas.

En esos años se recompuso la Iglesia católica, que ahora cuenta con tres obispos y cuatro administradores apostólicos, guiados por el arzobispo de Shkodre (Scutari), Angelo Massafra.

El sábado pasado, Juan Pablo II celebró la eucaristía con todos ellos y, al final de un cordial encuentro, les entregó un discurso en el que cita las famosas palabras de tertuliano: «La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos».

En este pequeño país de 3.330.754 habitantes, los católicos no son más que el 10% de la población. El resto son musulmanes (70%) y ortodoxos (20%). Ahora bien, la Iglesia ha recuperado su papel activo, gracias en parte, como constató el Papa en su encuentro con los prelados, «a la contribución pastoral, cultural y material» de numerosos misioneros europeos y asiáticos.

Sus iniciativas, añadió, han permitido crear en el país «providenciales vanguardias de evangelización y de promoción humana». De hecho, la Iglesia católica y sus organizaciones humanitarias fueron en buena parte las protagonistas de la acogida de los refugiados kosovares que llegaron a Albania huyendo de la limpieza étnica promovida por el régimen de Slobodan Milosevic hasta 1999.

Para el futuro de la Iglesia en Albania, Juan Pablo II propuso como prioridades a los obispos albaneses la preparación del clero, la atención pastoral de las vocaciones, la pastoral familiar y la juvenil. Un desafío que implica la lucha contra el aborto, la droga, la prostitución, el espíritu de venganza, el abuso de mujeres y la violencia. Es decir, los «graves males» que han marcado la reciente historia del país.
<br> De hecho, tras la caída del comunismo, el país se ha derrumbado en una crisis institucional y económica gravísima dando origen a mafias que no sólo trafican droga, sino que controlan redes de prostitución hacia Europa occidental, a través de Italia. La mayoría de los jóvenes del país se ven obligados a cruzar el mar Adriático de manera peligrosa y clandestina para emigrar a Italia en busca de un futuro mejor.

El Papa invitó en su discurso a los obispos a todos los jóvenes albaneses a «construir un futuro mejor en su propio país, venciendo la tentación de la emigración y la ilusión del éxito fácil en el extranjero».

«No os canséis –concluyó el pontífice dirigiéndose directamente a los obispos– de alzar con firmeza vuestra voz en defensa de la vida desde su concepción, y no cejéis en el compromiso de tutelar con valiente determinación la dignidad de toda persona humana».

En su saludo, monseñor Angelo Massafra, en representación de todos los obispos y de los católicos albaneses, había pedido al Papa su ayuda para que pueda completarse la refundación del tejido eclesial en Albania.

«Tenemos una necesidad enorme de ayuda espiritual y material para reconstruir tanto el corazón y la mente de nuestra gente como las estructuras pastorales destruidas por el régimen comunista», dijo el obispo, que como recuerdo de ese día inolvidable para los católicos albaneses entregó al pontífice una cruz de plata artesanal albanesa que simboliza el «viacrucis» recorrido por este país desde hace más de medio siglo.

Asimismo entregó al Santo Padre los planos de la «Casa de la Paz», un nuevo convento que permitirá el regreso a Albania, después de 500 años, de las religiosas clarisas.

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ZENIT Staff

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