El Papa: Sublime e íntimo, los dos extremos de la experiencia de Dios

El pontífice continúa la serie de meditaciones sobre los salmos

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CIUDAD DEL VATICANO, 5 septiembre 2001 (ZENIT.org).- Dios «sublime y terrible»… Dios cercano y cariñoso. Estos dos misterios del rostro divino, aparentemente contradictorios, se convirtieron en el centro de la meditación de Juan Pablo II en la audiencia general de este miércoles, hasta hacerlos converger en el abrazo divino a todo hombre.

Para realizar este juego entre los extremos el Papa se inspiró en el Salmo 46, ofreciendo así una sugerente meditación a los 23 mil peregrinos de 22 países reunidos en la plaza de San Pedro.

Continuaba así con la serie de meditaciones que está ofreciendo este año durante los miércoles sobre los cánticos e himnos de la Liturgia de las Horas, la oración que marca el ritmo del día de consagrados y laicos cristianos.

Los dos extremos de la experiencia de Dios, como sublime e íntimo, son «como dos olas que avanzan hacia la playa del mar», comenzó explicando.

Dios sublime… e íntimo
Por una parte, en la composición bíblica, el creyente percibe «la figura grandiosa del Señor supremo» a la que se atribuyen títulos gloriosos: «sublime y terrible».

En este momento, el orante exalta «la transcendencia divina, la primacía absoluta en el ser, la omnipotencia».

Ahora bien, el salmista percibe por otra parte el cariño de predilección de Dios por su pueblo elegido, Israel, constató el Papa Wojtyla «De este modo, el Dios lejano y trascendente, santo e infinito, se acerca a sus criaturas, adaptándose al espacio y al tiempo».

Dios de todos
En Cristo, precisamente, convergen la infinita grandeza de Dios y su cariñoso amor por el hombre, llevando así a cumplimiento la profecía del Antiguo Testamento, según la cual, todos los pueblos se reunirán «para encontrar a este rey de paz y de amor, de unidad y fraternidad».

«Como esperaba el profeta Isaías –concluyó el Papa–, los pueblos hostiles entre sí recibirán la invitación a tirar las armas y vivir juntos bajo la única soberanía divina, bajo un gobierno regido por la justicia y la paz».

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ZENIT Staff

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