ESTAMBUL, 20 septiembre 2001 (ZENIT.org).- Mientras el mundo, todavía aturdido, sigue los acontecimientos, tras los atentados del 11 de septiembre, en el lejano Afganistán, las perspectivas de que los ocho cooperantes cristianos en la cárcel, acusados de proselitismo sean liberados parecen más remotas que nunca, aunque los talibán no han excluido oficialmente la posibilidad

Mientras los cooperantes occidentales evacuaban Afganistán ante un posible ataque de Estados Unidos, los ocho cooperantes, seis mujeres y dos hombres, siguen en peligro de perder la vida, acusados de intentar convertir a musulmanes afganos al cristianismo.

«Intentaremos protegerlos si Estados Unidos ataca», afirmó el portavoz talibán Abdul Hai Mutmaen el pasado 14 de septiembre, según informa la agencia Compass.

Los funcionarios talibán ordenaron a todos los extranjeros abandonar el país, declarando que no pueden «garantizar su seguridad», en caso de un ataque de Estados Unidos.

Naciones Unidas ya había ordenado una completa evacuación de los cooperantes el pasado 12 de septiembre. Quedaban sólo en Kabul 15 extranjeros de la Cruz Roja, organización que raramente se retira de un país en el que estalla una guerra. Pero el 15 de septiembre también ellos decidieron seguir las órdenes de los talibán retirando a todo su equipo.

Excepto un puñado de periodistas, los cuatro alemanes, dos australianos y dos estadounidenses del equipo de «Shelter Now», que están siendo juzgados, parecen ser los únicos occidentales que quedan en Afganistán. Los ocho trabajaban en proyectos de ayuda de esta organización humanitaria que tiene su sede en Alemania.

Naciones Unidas evacuó a los tres diplomáticos que representaban a los acusados, a los que sus Gobiernos habían pedido que abandonaran Kabul. Muy a su pesar, los padres de las jóvenes estadounidenses encarceladas también accedieron a trasladarse a Islamabad, en aviones de Naciones Unidas el pasado 12 de septiembre.

«Las lágrimas les caían cuando se dirigían a tomar el avión en el aeropuerto de Kabul», escribió Barry Bearak del «The New York Times» el 13 de septiembre.

«¿Puede usted imaginar lo que es para una madre dejar a su hija en una situación como ésta?», preguntó la estadounidense Nancy Cassell, en una rueda de prensa en Islamabad el 17 de septiembre. Su hija, Dayna Curry, de 29 años, es una de las dos estadounidenses que están siendo juzgadas por el Tribunal Supremo Talibán.

Hablando a la prensa ayer, John Mercer, cuya hija de 24 años, Heather, es la otra prisionera americana, afirmó que ayer por la mañana suplicó a los funcionarios talibán de la Embajada afgana en Islamabad que le permitieran cambiarse por su hija, pero no ha recibido ninguna respuesta.

Mercer y Cassell han escrito dos veces al líder talibán, el mulá Mohammed Omar, pidiéndole que muestre clemencia con sus hijas.

Un abogado paquistaní indicó que un «estudioso islámico», y alumno de las mismas escuelas religiosas en las que muchos líderes talibán se formaron, ha sido contratado para defender a los ocho cristianos. Aunque se pensó que llegaría a Kabul el pasado 15 de septiembre, para entrevistarse con sus nuevos clientes, al abogado, del que no se ha dado la identidad, le fue facilitado un visado afgano por las autoridades talibán de Islamabad, el pasado día 17 por la noche.

Aunque los talibán cerraron el espacio aéreo el día 17, «un avión de Cruz Roja intentó obtener el vía libre para volar, y podría conseguirlo», dijo una fuente de Islamabad ayer a Compass. Si no, el abogado debería viajar por tierra a Kabul en un viaje que dura diez horas desde Islamabad.

El presidente del Tribunal Supremo Talibán, Noor Mohammed Saqib, declaró que el juicio continuará y prometió que el defensor tendrá «acceso regular» a sus clientes. Pero no ha habido ninguna indicación sobre la duración del juicio. En Kabul, el día 17, Saqib dijo que los jueces islámicos estaban «todavía revisando las evidencias» y esperando la llegada del abogado.

Aunque el defensor conoce el pashto, la lengua usada en los tribunales talibán, dijo a los familiares de las dos estadounidenses prisioneras que se dirigiría al Tribunal en inglés y usaría un intérprete en lengua pashto.

«No estamos seguros de cuál es la diferencia de contar con un abogado ­-reconoció la señora Casell el 17 de septiembre en Islamabad-- ya que el mulá Omar tiene la última palabra. Pero creo que Dios puede trabajar a través de un instrumento». Tras entrevistarse con el abogado, dijo que creía que «conoce la mentalidad de sus oponentes».

A pesar de los temores de que los talibán puedan usar a los ocho detenidos como rehenes o incluso «escudos humanos», en los ataques contra Osama Bin Laden, la señora Cassell confesó «sigo depositando mi esperanza y confianza en que nuestro Dios los liberará».

Antes de abandonar Kabul el 17 de septiembre, la delegación paquistaní visitó a los ocho prisioneros y pidió a los talibán que los liberara. Los funcionarios «prometieron considerar la petición», dijo un portavoz del Gobierno paquistaní a la agencia Associated Press.

El presunto delito de los cooperantes podría acarrear la pena de muerte, aunque el máximo líder talibán decretó a principios de este año que cualquier no musulmán, sorprendido predicando el cristianismo, debería ser encarcelado por no más de diez días y luego expulsado del país.