El Papa pide a Timor Oriental construir una nación fraterna y solidaria

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Recibe en visita «ad limina» a los obispos de Díli y Baucau

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CIUDAD DEL VATICANO, 31 octubre 2002 (ZENIT.org).- La Iglesia en Timor Oriental ha sido invitada a ayudar en la medida de lo posible a la población a reanudar el ritmo normal de vida en la antigua colonia portuguesa, probada por una larga historia de violencia y sufrimiento.

«Ofreced el abrazo reconciliador, como el padre del hijo pródigo, a aquellos hermanos que, esperanzados en el perdón fraterno, retornan a la casa común», dijo Juan Pablo II a los administradores apostólicos de Díli y Baucau (Timor Oriental), los obispos Carlos Felipe Ximenes Belo, S.D.B. y Basilio do Nascimento, quienes realizaron su visita «ad limina» este miércoles.

«Creer en Jesús –subrayó el Santo Padre– quiere decir creer que el amor está presente en el mundo y que es mas fuerte que cualquier mal en el que esté inmersa la humanidad». Por este motivo, testimoniar a Cristo es el mayor servicio que la Iglesia puede ofrecer a los habitantes de Timor Oriental, de mayoría católica».

En su discurso, el Papa confió una vez más a la misericordia divina a las víctimas de la violencia en este país –aproximadamente doscientas mil– y expresó «profunda solidaridad por todos los que sufren las consecuencias del drama que se abatió sobre este pueblo» que padeció 24 años de guerra.

«Alabado sea Dios –dijo– porque en su bondad y providencia nos permitió ver el regreso a vuestra tierra de la libertad y de la paz, consintiendo que os dediquéis ahora con todas las energías al servicio de una mies prometedora».

«Al recordar aquella enorme tragedia no podemos dejar de plantearnos esta pregunta: ¿Cómo fue posible el desencadenamiento de una violencia tan cruel e irracional?».

«Podría ser útil que vuestras comunidades eclesiales hicieran un acto de purificación como en el Año Santo», sugirió.

Refiriéndose a los jóvenes y a los adultos, el Santo Padre afirmó que para que descubran «cada vez de un modo más claro la propia vocación y una disponibilidad siempre mayor para vivirla en el cumplimiento de su misión, es necesario que puedan beneficiarse de una catequesis completa sobre las verdades de la fe y sus implicaciones concretas en la vida».

Tras hacer hincapié en la importancia de la educación de las familias para que «los padres puedan transmitir a sus hijos lo que ellos mismos reciben», se refirió al deber de los laicos de estar presentes «con determinación y creatividad intelectual en los lugares privilegiados de la cultura», así como en «los ambientes de la investigación científica y técnica y en los lugares de creación artística y de reflexión humanista».

Juan Pablo II pidió que «los sacerdotes sean siempre los hombres de fe y de oración de los que el mundo tiene necesidad» y que den prioridad «al servicio espiritual de los fieles que están confiados a su cuidado, para conducirlos a Jesucristo, al que ellos representan, siendo hombres de misión y de diálogo». Después manifestó su alegría por el aumento de las vocaciones sacerdotales y religiosas en sus diócesis.

El Santo Padre concluyó exhortando al pueblo de Timor Oriental a «comprometerse decididamente en la construcción de una sociedad cada vez más fraterna y solidaria, cuyos miembros compartan equitativamente la honra y la responsabilidad de la nueva nación».

Timor Oriental, anexionada unilateralmente por Indonesia en 1976, fue escenario de una violencia atroz en las semanas siguientes al referéndum sobre la independencia de agosto de 1999. Desde el 20 de mayo pasado, la República Democrática de Timor goza del reconocimiento de nación soberana y actualmente es miembro de la ONU.

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ZENIT Staff

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