¿Es Bush demasiado cristiano? ¿o no lo suficiente?

Análisis sobre el papel de la religión en la política exterior de Estados Unidos

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WASHINGTON, 22 marzo 2003 (ZENIT.org).- Los Estados Unidos están gobernados por un peligroso fanático religioso. Así es cómo describen al presidente George W. Bush muchos escritores de opinión, tanto domésticos como extranjeros.

Para Georgie Anne Geyer, escribiendo en el Chicago Tribune del 7 de marzo, la intención del presidente de invadir Irak «se basa sobre todo en una obsesión religiosa y en visiones de grandiosidad personal».

«El presidente de los Estados Unidos de América», alegaba, «se ve a sí mismo como parte de un plan divino de Dios».

Newsweek dedicaba su portada del 10 de marzo a la religiosidad de Bush. Y en un artículo de opinión separado, Martin E. Marty reconocía que «pocos dudan que Bush es sincero en su fe», pero le preocupaba su «evidente convicción de que está haciendo la voluntad de Dios».

De igual forma, Jackson Lears, en una artículo de opinión del 11 de marzo en el New York Times, expresaba su preocupación por el hecho de que la certeza de Bush de que está llevando a cabo un «propósito divino» pueda aparejar peligrosas simplificaciones y «un deslizarse hacia la autosuficiencia». Según Lears, en la Casa Blanca, «la fe en la Providencia libera a uno de tener que considerar el papel de la suerte en un conflicto armado, el menos predecible de los asuntos humanos. Entre la voluntad divina y el saber hacer norteamericano, tenemos todo bajo control».

En el Times de Londres del 1 de marzo, Stephen Plant escribía: «Los partidarios de Bush han heredado la idea del destino manifiesto. Para ellos la guerra contra Irak no es por el petróleo, es la próxima cita con la salvación de Estados Unidos».

Estas y otras críticas similares han sido contestadas, incluso por los enemigos de Bush. En el New York Post del 18 de febrero, E. J. Dionne observaba que no tenía problemas a la hora de criticar al presidente. Pero añadía: «¿Podemos pedir por favor que se ponga fin a la pretensión de que las invocaciones regulares de Bush al Todopoderoso lo convierten en una especie de extraño fanático religioso? En esto, resulta más típicamente norteamericano de cómo lo pintan, especialmente nuestros amigos en el extranjero».

En un comentario en Business Week Online, Stan Crock admitía que no estaba siempre de acuerdo con la utilización del lenguaje religioso por parte del presidente, pero estaba en desacuerdo con la afirmación de que el fanatismo religioso está detrás de la estrategia de la Casa Blanca. Recordaba que uno de los principales estrategas de la administración para Irak es el Secretario de Defensa Adjunto Paul Wolfowitz, judío. Y el Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, no está «hablando en lenguas cuando conversa con el general Tommy Franks sobre los planes de guerra».

Fred Barnes, en la entrega del 17 de marzo de Weekly Standard, explicaba que mientras Bush invoca fácilmente a Dios, evita mencionar a Jesucristo, y pide tolerancia para todos los credos. «Sus comentarios se confinan a cuatro áreas específicas: confortar a la gente en el dolor, subrayar la capacidad de la fe para mejorar vidas, comentar los misteriosos caminos de la providencia, y mencionar la preocupación de Dios por la humanidad».

Mapa de carreteras del poder
Sin embargo, algunos comentarios afirman que Bush está sentando un peligroso precedente al permitir que su fe influya en la política exterior. Pero, al mismo tiempo, aunque haya principios cristianos detrás de sus decisiones, esto no sería nada nuevo para el país.

La religión y la política exterior, de hecho, están hermanadas desde hace tiempo en Estados Unidos, observa Leo P. Ribuffo en una recopilación de ensayos, «The Influence of Faith: Religious Groups and U.S. Foreign Policy», editado por Elliott Abrams y publicado en el 2001. Ribuffo, un profesor de historia en la Universidad George Washington, explicaba que los debates de política exterior a lo largo del siglo XIX incluían temas religiosos tales como un deseo de extender el cristianismo y el temor a la indebida influencia católica.

En 1898, el presidente William McKinley dijo al congreso que la intervención en Cuba satisfaría las aspiraciones norteamericanas como «pueblo cristiano y amante de la paz», citaba Ribuffo. Durante la Primera Guerra Mundial una pareja de preeminentes presbiterianos –el presidente Woodrow Wilson y el Secretario de Estado William Jennings Bryan– estaban «convencidos de que Estados Unidos tenían una especial misión en el mundo», observaba el ensayo.

La religión continuó formando parte en los debates de política exterior durante la Segunda Guerra Mundial y posteriormente. Sin embargo, Ribuffo cree que la religión tiene un papel más indirecto, y no determinante, en la política exterior.

En otro ensayo, el profesor de Harvard, Samuel Huntington, afirma que «la política y la religión no se pueden desenredar». Observa la gran correlación entre cristianismo y democracia. En muchos países cristianos y no cristianos, observa, la religión es primordial para la identidad de una nación, tanto en su forma positiva como negativa.

La sabiduría convencional, en las pasadas décadas, ha defendido que la política exterior de Estados Unidos debería evitar enredarse con la religión, observaba Mark Amstutz, profesor de ciencias políticas en el Wheaton College. Pero la religión y las instituciones religiosas todavía juegan un papel vital en las vidas de la gente. Las Iglesias y las organizaciones basadas en la religión también juegan un papel, aunque indirecto, en la política exterior, concluía Amstutz. Al presentar perspectivas éticas y valores morales, las iglesias y las organizaciones religiosas pueden ayudar a formular un «mapa de carreteras» de la política exterior, observa.

Una recopilación anterior de ensayos, publicada en 1994, coincidía en que basar la política exterior de Estados Unidos en fundamentos puramente materiales y seculares, mientras se ignora la importancia que juega la religión en muchos países, es un gran error. En «Religion, the Missing Dimension of Statecraft», expertos tales como Edward Luttwak y Barry Rubin pedían un mayor enfoque sobre el papel de los factores religiosos en aquellos que determinan la política exterior.

Decir que el Presidente Bush está motivado en parte por su fe cristiana no significa que esté persiguiendo una política dictada por las iglesias. El presidente forma parte de la Iglesia metodista. Pero, en opinión del obispo Melvin Talbert, encargado de las relaciones ecuménicas de los Metodistas Unidos, expresada en una entrevista del 7 de marzo en Newsweek online, «para está claro nosotros que no está siguiendo las enseñanzas de su propia iglesia o las enseñanzas de las iglesias que creen en una teoría de la ‘guerra justa’».

La fe religiosa de Bush tampoco significa que los cristianos estén de acuerdo necesariamente con su estrategia política. El antiguo presidente Jimmy Carter, conocido por su invocación de los principios cristianos cuando estaba en el poder, expresó su total desacuerdo con la política de Estados Unidos con relación a Irak, en un artículo del 9 de marzo en el New York Times.

Paradójicamente, la política de Bush con Irak está siendo fuertemente criticada por ignorar los principios morales, mientras que, al mismo tiempo, comentaristas seculares le atacan por ser un fanático religioso.

Los observadores exteriores sólo pueden especular sobre cuánto peso juega la religión en las decisiones del presidente. Lo que queda claro es que encuentra en su fe una fuente de consuelo personal y moral y fuerza, además de una serie de principios que le ayudan a guiar sus acciones. Por supuesto, otras consideraciones –políticas, económicas, militares, etc.– también juegan un papel en sus decisiones.

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ZENIT Staff

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