KIRKUK, jueves, 18 noviembre 2004 (ZENIT.org).- El arzobispo de Kirkuk de los Caldeos ha denunciado la «desinformación» y la «polémica» de los medios occidentales sobre su país, Irak, donde la población en cambio aguarda con alegría las elecciones de enero «porque ayudarán a la unidad nacional».

«No todo es muerte y destrucción, hay muchas cosas positivas en Irak: las universidades funcionan, las escuelas están abiertas, la gente sale a la calle normalmente», si bien es cierto que «cuando se perpetra un secuestro o un homicidio enseguida se da la noticia y esto crea temor entre la gente», explica monseñor Louis Sako en una entrevista difundida por «AsiaNews» el martes pasado.

En Irak «no existe ninguna resistencia organizada» --puntualiza--, sino que quien comete estos actos de violencia «opone “resistencia” a los iraquíes, que quieren reconstruir su país».

Por su parte los iraquíes «“resisten” al terrorismo y no comenten atentados, que son en cambio obra de infiltrados extranjeros --alerta--. Lo he repetido otras veces: en Irak han entrado saudíes, jordanos, sirios, sudaneses: lo ha dicho también el primer ministro Iyad Alaui. Está claro que existen colaboradores iraquíes que por dinero ocultan a los terroristas».

Según monseñor Louis Sako, para salir de esta crisis, hay que «dejar que los iraquíes se gestionen por sí mismos». «Ahora hay un gobierno que está preparando las elecciones, y quien quiera presentarse puede hacerlo libremente», recuerda.

En su opinión, «la de los terroristas es una guerra sin objetivo». Si lo que éstos quieren es «un Irak democrático, abierto, moderno», que «se registren para las elecciones, traten con el nuevo gobierno y utilicen los instrumentos del diálogo», propone.

Convencido de que «las elecciones serán un punto de partida para el nuevo Irak», el prelado observa que en cambio «los periódicos y televisiones occidentales hacen sólo propaganda y desinformación».

«Los iraquíes están contentos de tener elecciones y las esperan mucho porque éstas ayudarán a la unidad nacional. Tal vez no todo se hará de manera perfecta, pero con el tiempo irá mejor. Por fin se dará a los iraquíes la posibilidad de elegir. ¿Por qué en Occidente se hace tanto ruido y polémica cuando antes, bajo Sadam Hussein, cuando no había elecciones libres, no se decía nada?», se pregunta.

En cuanto a los atentados contra Iglesias cristianas, esos ataques pueden obedecer, de acuerdo con monseñor Sako, a que los cristianos «pueden ser un instrumento de equilibrio en la sociedad iraquí y quieren construir un nuevo Irak abierto, donde los derechos de todos sean respetados».

«La de Irak no es una guerra de religión --aclara--. Y querría decirlo a los terroristas»; «nosotros somos pacíficos y a favor del diálogo». De hecho, subraya que «los verdaderos musulmanes han condenado los atentados contra los cristianos».

Y señala la ausencia de Europa en el contexto que está atravesando Irak: «Ya no se la oye; los Estados Unidos están solos». El prelado considera que el apoyo europeo podría ir desde «ayudar al gobierno iraquí a controlar las fronteras para que no entren terroristas» a «traer ayuda económica para favorecer una cultura nueva, abierta a la convivencia, a la aceptación del otro, al respeto de las persona humana y de las otras culturas».

Pero el viejo continente «debe entender que no hay tiempo que perder en intereses marginales o egoístas: el mundo entero tiene necesidad de paz», alerta.

En su opinión «Europa debe actuar porque los europeos conocen Oriente Medio mucho mejor que los americanos».

«Hay que ayudar a Oriente Medio a reencontrar la paz y hacer entrar a los países musulmanes en la sociedad contemporánea, fundada en la democracia y la libertad --expone--. Si el modelo iraquí fracasa, será un desastre para todos: estos grupos terroristas serán más fuertes en todo el mundo».

Reconociendo su «esperanza» y mostrándose optimista por el fututo de su país, el arzobispo de Kirkuk pide finalmente a los cristianos occidentales orar, «no sólo por los cristianos, sino por todos los iraquíes»: «Dios puede cambiar el corazón duro de los hombres», concluye.