ROMA, lunes, 29 mayo 2006 (ZENIT.org).- Signo de que el Espíritu actúa en la Iglesia, los nuevos movimientos y comunidades eclesiales tienen su «sentido profundo» en la comunión y crecimiento de aquella, considera el arzobispo y teólogo italiano, monseñor Bruno Forte.

Fieles de todo el mundo que participan en estas realidades del Espíritu se reunirán con Benedicto XVI el próximo sábado, en la Plaza de San Pedro en el Vaticano, en la víspera de Pentecostés.

Es el segundo encuentro de estas características en la historia, después del que convocó Juan Pablo II en Pentecostés en 1998 (v. Zenit, 28 mayo 2006).

«El florecimiento de los movimientos ha representado un signo de la renovada presencia y acción del Espíritu en la Iglesia»; «son expresiones comunitarias de carismas que el Espíritu suscita y dona a la Iglesia», y «en cuanto tales hay que leerlos en la óptica teológica de una teología del Espíritu, de una teología de los carismas», recordó el prelado italiano en «Radio Vaticano».

De hecho la «presencia y vitalidad» los nuevos movimientos y comunidades «es un signo de que el Espíritu está obrando en la Iglesia y quiere enriquecerla de dones siempre nuevos», añadió.

Este aspecto «naturalmente se une al hecho de que» estos movimientos y comunidades «existen para la utilidad común, como todo carisma --precisó--: su sentido profundo es estar en la comunión de la Iglesia, al servicio de su crecimiento».

«Significa, por lo tanto, en la comunión con los pastores, empezando por los obispos, y en la comunión de la Iglesia universal, con referencia de comunión profunda con el sucesor de Pedro», subrayó monseñor Forte, miembro de la Comisión Teológica Internacional.

Lejos de ser «una comunidad masificada o masificante», la Iglesia «es un pueblo de hombres y mujeres libres que reciben del Espíritu dones ricos y diferentes, según la que se podría definir la fantasía, la creatividad del Espíritu», describió.

Pero «esta riqueza, esta maravillosa expresión de posibilidades que el Espíritu suscita, debe converger hacia lo que es el fruto propio del Espíritu, que es la unidad», subrayó.

Decisivo en la historia de los nuevos movimientos y comunidades eclesiales fue el Concilio Vaticano II, pues «con su reflexión eclesiológica» «estimuló a la Iglesia a redescubrir la riqueza de los carismas y de los ministerios en su interior», recordó.

Y siempre los Papas han subrayado, concluyó, «que esta riqueza, para ser hasta el fondo fecunda, debe estar bien integrada en la comunión del Pueblo de Dios».