Monseñor Celli: «Comunicación: ciudadanía y valores»

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Mensaje al III Congreso Latinoamericano y caribeño de Comunicación

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LOJA, martes, 16 octubre 2007 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje que ha dirigido el arzobispo Claudio Maria Celli, presidente del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, al III Congreso Latinoamericano y caribeño de Comunicación: «Comunicación, ciudadanía y valores», que se celebra en Loja (Ecuador), del 15 al 19 de octubre de 2007.

* * *

Estimados participantes en este Congreso:

Con alegría me dirijo a ustedes, reunidos en este 3er. Congreso Latinoamericano y Caribeño de comunicación que ha tomado el lema «Comunicación: ciudadanía y valores».

Como pueden ver, me hago presente entre ustedes gracias a los maravillosos instrumentos de comunicación, pero sepan también que durante estos días también los acompaño con mi oración pidiendo a Nuestro Señor que la oportunidad de encontrarse durante estos días sea de gran riqueza para todos los que han llegado, desde distintas partes del continente, hasta esa bella tierra ecuatoriana.

No cabe duda que los profundos cambios de nuestra sociedad nos interpelan, no sólo como ciudadanos, sino también como cristianos y también como comunicadores. Junto a los obispos reunidos en Aparecida podemos decir que «los pueblos de América Latina y El Caribe viven hoy una realidad marcada por grandes cambios que afectan profundamente sus vidas» (D.A. 34) y que tienen un alcance global y que afectan al mismo tiempo al mundo entero. La globalización causada por los avances de la ciencia y la tecnología, con su capacidad de manipular genéticamente la vida misma, y, con su capacidad de crear una red de comunicaciones de alcance mundial, tanto pública como privada, han redefinido el tiempo y el espacio en el que nos movemos.

En este contexto social de ritmos frenéticos, donde parecería que entramos en una espiral de la que no podemos salir, este tercer congreso de Comunicadores latinoamericanos y del Caribe es una oportunidad privilegiada para hacer un alto en el camino e iniciar una reflexión sobre cuál es el sentido unitario y completo de la vida humana, hacia dónde nos dirigimos, cuál es nuestra meta; preguntas a las que ni la ciencia, ni la política, ni la economía, ni los medios de comunicación pueden responder. (D.A. 41)

El progreso tecnológico no necesariamente comporta el progreso espiritual y no podemos negar que los cambios de la ciencia y la tecnología han generado nuevas problemáticas que nos toca afrontar con objetividad y con un sentido cristiano de la vida. Las nuevas formas de pobreza, de exclusión y marginación del ecosistema comunicativo en el que existimos nos interpelan a dar respuestas a cómo ser comunicadores hoy. El Continente de la Esperanza sigue siendo flagelado por el escándalo de la pobreza y la exclusión social que exigen acciones de verdadera promoción humana por parte de quienes hemos tenido más oportunidades en la vida.

Como comunicadores estamos todos llamados a buscar y a defender la Verdad que dignifica la persona humana, que defiende la vida, que promueve la solidaridad, la caridad, que devuelve el espacio para hacer oír su voz a aquéllos cuya voz no era escuchada; y que en definitiva busca construir una sociedad más justa y más fraterna.

Nace espontánea la pregunta: ¿dónde encontramos la Verdad? ¿qué es la Verdad?. Es Jesucristo que nos responde afirmando «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn. 14,6); el mismo Hijo de Dios en uno de los momentos más álgidos de su vida, momentos antes de entregar su vida para redimir a la humanidad afirma: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.» (Jn, 18, 38)

Los miembros y simpatizantes de la Organización Católica Latinoamericana y Caribeña de Comunicación están pues llamados a ser testigos de la Verdad que les ha sido confiada en lo más profundo de su vocación y servicio a la comunidad, teniendo presente en cada momento que «solo la verdad nos hará libres» (Jn. 8,32), y que toda comunicación se realiza en orden a una mayor unidad de las personas, a una comunión entre ellas (D.A. 163).

Comunicación: ciudadanía y valores
El ejercer una ciudadanía responsable desde los medios de comunicación social en esta sociedad de la información supone hacer una verdadera opción por servir a la verdad, la libertad auténtica, al bien común y a la paz. Por ello es vital para los comunicadores de esta nueva generación comunicar los valores cristianos – que no sen contradicen en lo más mínimo con los valores humanos – y que encuentran en cada momento histórico nuevas formas de expresión. Los recién creados espacios de socialización requieren nuevos ciudadanos, varones y mujeres íntegros, formados, participativos, co-responsables que sean capaces de transmitir sus convicciones con referentes éticos y espirituales.

«Para llegar a ser verdaderamente hermanos y hermanas es necesario conocerse. Para conocerse es muy importante comunicarse cada vez de forma más amplia y profunda ».[1] La comunicación que sirve genuinamente a la comunidad «lleva consigo algo más que la sola manifestación de ideas o expresión de sentimientos. Según su más íntima naturaleza es una entrega de sí mismo por amor» (Communio et progressio, 11)

En este sentido la construcción del Bien Común será posible sólo con la caridad evangélica que es el elemento indispensable para construir una auténtica fraternidad universal, porque sólo Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, puede convertir el ánimo humano y hacerlo capaz de contribuir a realizar una sociedad justa y solidaria[2] donde la comunicación entre las personas esté orientada a la comunión de las personas.

«Nuestra fidelidad al Evangelio», como comunicadores cristianos, «nos exige proclamar en todos los areópagos públicos y privados del mundo de hoy, y desde todas las instancias de la vida y misión de la Iglesia, la verdad sobre el ser humano y la dignidad de toda persona». (D.A. 390) por lo que debemos ser conscientes que el «éxito de nuestros proyectos» no puede medirse con los parámetros de los ratings a cualquier costo; los intereses privados o ideologías trasnochadas que distraen la buena práctica de la ética y el profesionalismo que las personas esperan de nosotros. Si en Aparecida los obispos han invitado a todo el pueblo de Dios a ser discípulos y misioneros de Jesucristo, la misión de cada uno también supone estar vigilante para no ser motivo de escándalo. No pueden tener lugar en nuestros medios las palabras malsonantes, ni la intrusión indebida en la intimidad personal de los demás, ni el insulto o la difamación, ni mucho menos la calumnia. No hay que confundir el buen humor y la alegría, característicos de los pueblos de ese continente, con una comunicación que use tonos frívolos y superficiales e ignorase la hondura del misterio presente en toda persona humana.

Una comunicación que impulse la buena ciudadanía implica, por ejemplo, una renovada caballerosidad en los varones que, superados antiguos esquemas de machismo, se pongan con intrepidez al servicio de los sectores más desprotegidos de la sociedad. Para las mujeres, ciudadanía significa un ejercicio maduro y pleno de su presencia en todos los ámbitos de la vida social aportando sus carismas (D.A. 451) y el «genio femenino» tan valorado por el Papa Juan Pablo II.

Ciudadanía significa convivencia que respeta la diversidad, diálogo, mutua escucha, participación activa en las iniciativas que favorecen a todos. Para los comunicadores significa dar realce a las buenas iniciativas presentes en la sociedad, dar visibilidad a los lugares donde la paz, la justicia y el amor son realidades presentes y ejemplares.

Ciudadanía significa reconstruir el tejido social allá donde éste se ha roto: he aquí un inmenso campo de acción para los comunicadores. Es necesario favorecer la comprensión en el interior d
e las familias, el diálogo entre los esposos, el acercamiento entre los sectores sociales a veces contrastados o incluso enfrentados. Es sabido que la comunicación puede ser clave para el auténtico desarrollo y el progreso de los pueblos. (Communio et progressio, 1).

El panorama comunicativo interpela directamente a todos los miembros de la Iglesia que se prepara a reflexionar sobre la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia, -nada menos que sobre la comunicación de Dios a la humanidad – durante el próximo Sínodo de los Obispos el próximo año 2008 en la ciudad de Roma. Esta será una espléndida ocasión para que, como comunicadores, profundicemos en el modo cómo Dios se revela y habla a la humanidad y nos pongamos al servicio de la Palabra.

Recuerdo con entusiasmo un párrafo del Concilio Vaticano II, que sigue orientando nuestros pasos: «La Iglesia sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido. (…) Para cumplir esta misión es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas». (Gaudium et spes, 3 y 4).

Anunciar a Cristo en la Sociedad de la Información
Todo el Documento de Aparecida es un impulso a la comunicación misionera. Los Obispos ven ya a la sociedad y a la Iglesia en clave comunicativa para el encuentro con Dios y para la experiencia de la comunión. El próximo Sínodo sobre la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia ha de encontrarnos dispuestos, vigilantes, articulados, ágiles para ponernos al servicio de esa Palabra.

Deseo ahora retomar algunos desafíos que acabo de compartir con los miembros de la Red Informática de la Iglesia en América Latina durante el X encuentro que se celebró en Tegucigalpa – Honduras el pasado mes de septiembre, añadiendo uno más que considero importante.

1. El desafío de la inculturación del Evangelio en la sociedad de la información. Es necesario acomodarse, como hizo el Verbo de Dios encarnado, «a la forma y modo de hablar y pensar de su pueblo, ya que lo hacía desde su misma situación y condición» (Communio et progressio, 11). Hoy ese clima y condición están marcados por las nuevas tecnologías de la comunicación.

2. El desafío de la armonización entre las diversas e innumerables iniciativas eclesiales. Ello puede también llamarse coordinación o sintonización –que no es uniformidad- de los medios eclesiales, contrastando con la tendencia individualista en la que es fácil caer cuando uno está absorto en realizar la propia tarea. La eclesiología de comunión que el Concilio impulsó se expresa, más que en las palabras, en la vivencia de hecho y en el testimonio de las tareas cotidianas. La «clave de trabajo en red« puede ser un óptimo modo para establecer esta armonización.

3. El desafío de la formación para no ser «analfabetos mediáticos» ignorando el abecedario del lenguaje de hoy, gestionado perfectamente por niños y jóvenes. Es necesario ofrecer a ellos una educomunicación que les despierte el sentido crítico antes los mensajes de los medios. Y a los Agentes de Pastoral, (Obispos, sacerdotes, formadores, religiosos y religiosas, padres de familia, catequistas, etc.), los elementos de la cultura digital para que comprendan desde sus raíces los dinamismos de la sociedad actual. Los agentes de pastoral social recordarán que hoy en día la verdadera promoción humana pasa también por acciones concretas dirigidas a eliminar las nuevas formas de info-pobreza, analfabetismo y exclusión.

4. El desafío del sentido, expresado magníficamente por el Documento de Aparecida. Los Obispos describen bien la crisis del significado en muchas personas: la carencia de criterios para seleccionar la información, puntos de referencia sobre la importancia de los temas, jerarquías de valores para orientarse en ese bombardeo de mensajes. La Iglesia tiene como misión ofrecer el tesoro del Evangelio para que Cristo pueda hacerse presente con su paz en medio del bullicio.

5. El desafío de la información, que evite las deformaciones informativas sobre la Iglesia y su mensaje. La Iglesia ha avanzado mucho en el campo informativo, pero tenemos aún el gran desafío de perfeccionar los lenguajes, los formatos, las estrategias de difusión y la capilaridad de nuestra presencia en los medios. Es necesario que las noticias católicas alcancen en directo a un público mucho mayor, que pueda acceder a ellas en su integridad, sin manipulaciones.

6. El desafío de la inclusión. Nos compete esforzarnos día a día en incluir en los ámbitos del diálogo social a los hermanos y hermanas nuestros menos favorecidos, los olvidados de todos, para que la sociedad no pierda la enorme riqueza humana que ellos poseen, y para que ellos no pierdan oportunidades de desarrollarse y crecer en igualdad de dignidad con el resto de sus contemporáneos.

7. El desafío de la identidad. Al inaugurar este tercer congreso de comunicadores de Latinoamérica y el Caribe, deseo dirigirme a todos los participantes y a aquéllos que no han podido venir por distintas razones: es necesario mantener una identidad cristiana madura en nuestra forma de comunicar y de buscar la Verdad. Ser de Cristo, significa estar llenos del Espíritu Santo y sentirnos hijos con el Hijo, miembros de un pueblo que humilde y gozosamente anuncia la Misericordia de Dios en el momento histórico que le ha tocado vivir.

Dado que estamos llamados a ser discípulos y misioneros de Cristo, debemos primero conocer y experimentar a Cristo en nuestras vidas, de otra manera nuestra comunicación será vacía y carente de sentido. El reconocerse discípulo y misionero de Cristo exigirá coherencia entre el mundo interior que nos habla a través de la conciencia y el mundo exterior que, si bien muchas veces se rige con otra lógica, anhela en lo más profundo de su ser la Presencia de Dios que es Amor. Será pues tarea de todos comunicar con autenticidad y audacia, sin perder nuestro horizonte cristiano y con la alegría de ser discípulos del Señor.

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ZENIT Staff

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