Cardenal Antonelli: “Los 'no' de la Iglesia, en función de un gran 'sí'”

Interviene en el Foro Internacional de Jóvenes el día de la Anunciación

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ROMA, viernes 26 de marzo de 2010 (ZENIT.org).- Las “prohibiciones” puestas por la Iglesia están siempre en función de un bien más grande, advirtió el cardenal Ennio Antonelli, presidente del Consejo Pontificio para la Familia, al intervenir en el X Foro Internacional de Jóvenes este jueves, solemnidad de la Anunciación.

En el Foro, que se está celebrando en Rocca di Papa (Roma) del 24 al 28 marzo sobre el tema «Aprender a amar», participan delegados de 90 países de los cinco continentes.

En su homilía, el cardenal señaló que la cultura actual reduce el amor a “emociones sexuales y sentimentales, sin un proyecto y sin compromiso”, y exalta “la dimensión lúdica de la relación sexual, empobreciendo la dimensión racional y negando la procreadora”.

Pero, a diferencia de esta concepción, “según el diseño de Dios, la sexualidad está integrada en el amor verdadero, esto es, en el compromiso por el bien de la persona, de la sociedad y de la Iglesia”.

“La Iglesia no reprime la sexualidad, sino que la exalta -continuó-. No la hace fría con sus preceptos y deberes, sino que la libera de la tiranía del instinto, la preserva de la degradación del vicio, la purifica y la cura del pecado, para que pueda llevar a cabo todo su significado y su belleza”.

“Hay normas morales, pero es necesario entender su sentido y su valor -señaló-. Las prohibiciones sirven para canalizar las energías hacia un bien mayor”. “Todos los ‘no’ están en función de un gran ‘sí’”, añadió.

“En la medida en que se percibe el sentido y el valor de las normas morales, crece también la energía para observarlas, especialmente si con la oración, la confesión y la Eucaristía se alimenta la relación con el Señor Jesucristo que nos comunica la gracia del Espíritu Santo”.

Quien está “íntimamente convencido de ser amado por el Señor”, señaló el cardenal, “tiene también el vivo deseo de devolver el amor y se compromete para cumplir cada vez con más generosidad la voluntad de Dios”.

“Si a veces no se logra, se reconoce humildemente que se es pecador y se confía a la divina misericordia”, dijo.

“Se hace el bien que se es capaz de hacer y se reza para comprender mejor el valor de las normas morales y para tener la fuerza para lograr el bien que todavía no se es capaz de hacer”, continuó.

De esta manera, añadió, “se camina en la dirección correcta y gradualmente, el propio amor se purifica y se hace más verdadero y más bonito”.

La familia, escuela de amor y de evangelización

El purpurado recordó que las personas están hechas “no para la soledad, sino para la relación con los demás”.

“Hemos sido creados a imagen de Dios uno y trino. Así como las personas divinas viven en perfecta comunión de amor entre ellas, nosotros podemos ser felices si nos comunicamos con los demás y con Dios en el amor”, aseguró.

El ejemplo de amor por excelencia, añadió, es el que existe entre el hombre y la mujer, porque “la relación de pareja, si es auténtica, es imagen primordial y participación de la vida divina” y “constituye el modelo emblemático del salir de la soledad y entrar en comunión con los demás”.

En una familia auténtica, observó, “el amor de deseo y el amor de donación se funden espontáneamente”.

“Cada uno considera a los demás un recurso y una ventaja para su propio bien, pero sobre todo les considera un bien en sí mismos, personas insustituibles, no intercambiables, sin precio y con valor absoluto”, prosiguió.

“Si hay una atención preferente, es por los más débiles: los niños, los enfermos, los discapacitados, los ancianos”.

Según el purpurado, “la familia, institución del don y de la comunión, introduce en el mismo mercado, que es la institución de intercambio utilitario, un componente de gratuidad y solidaridad que le es necesario”.

El cardenal Antonelli destacó que “no basta ser una familia respetable en el ámbito social; no basta tampoco ser una familia que va a Misa los días festivos, pero continúa pensando y actuando a la manera del mundo secularizado”.

Es necesario, en cambio “tener una relación viva y personal con el Señor Jesús: oración, escucha de su palabra, Eucaristía, conversión permanente, edificación recíproca, apertura al diálogo, servicio al prójimo, perdón recíproco, fe encarnada en las relaciones y actividades cotidianas”.

De esta manera, “la familia se convierte en sujeto de evangelización en su interior, en su ambiente, en la parroquia y en la sociedad”.

El purpurado concluyó su intervención invitando a imitar a María, que al amor de Dios “ha respondido con su amor, que es inmensa gratitud y dispuesta obediencia, Magnificat y fiat”.

“Dios nos ha amado primero también a nosotros: nos ha creado, nos hace vivir, nos da las personas y las cosas que forman nuestro mundo, se nos ha dado a sí mismo en Jesucristo y nos llama a la vida eterna”.

“En la medida en que estemos convencidos de ser amador por Él, tenemos también la alegría y la energía espiritual para obedecer a sus mandatos”.

[Por Roberta Sciamplicotti , traducción del italiano por Patricia Navas]

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ZENIT Staff

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