MADRID, viernes 20 enero 2012 (ZENIT.org).- Ofrecemos a los lectores un artículo de nuestro habitual colaborador monseñor Juan del Río Martín, arzobispo castrense de España. Comentando el mensaje del papa sobre las migraciones, el prelado destaca las actitudes propias de un cristiano ante las personas de otros países.

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+ Juan del Río Martín

Se ha celebrado recientemente la Jornada Mundial del emigrante y del refugiado 2012. El tema que se eligió fue Migraciones y nueva evangelización. Benedicto XVI en su mensaje para esta ocasión ha querido iluminar el escenario social donde ha de encarnarse el anuncio del Evangelio en la actualidad: el fenómeno migratorio y de la globalización. La geografía étnica de nuestras ciudades, naciones y continentes se están transformando a grandes velocidades debido, entre otras causas, por la realidad compleja de la globalización que nos desvincula de los confines geográficos, que nos exige llevar la misión a los cinco continentes y que requiere energías renovadas para plantear abiertamente la cuestión de Dios en todos aquellos procesos de encuentro, mixtura y reconstrucción de tejidos sociales, que provoca este vasto y complicado fenómeno de la movilidad humana. (Cf. Lineamenta, 6).

La Iglesia ante este nuevo contexto social recuerda su origen, su experiencia y su propia vocación universal. Cristo mismo experimentó en su condición humana lo que significaba ser emigrante (cf. Mt 2,12-14). Es más, la originalidad del pueblo de Israel radica en el hecho de haber configurado su experiencia religiosa en el marco de la migración. Además, la Iglesia primitiva adquiere notoriedad por el impulso del Espíritu de Pentecostés que supera el carácter de Babel de razas, pueblos y naciones, para constituirse en el nuevo pueblo de Dios donde “ya no hay distinción entre judío o no judío, entre esclavo o libre, entre varón o mujer….” (Gal 3,28), porque todos han sido convocados a formar la gran familia de los redimidos de todas las naciones.

Este punto de arranque es necesario tenerlo siempre presente para no ser atrapados por los miedos ante los retos pastorales que la nueva situación plantea. Porque las migraciones, han dejado de ser algo anecdótico y puntual, para convertirse en un fenómeno que produce desasosiego, preocupación y muchas veces rechazo en nuestra sociedad. Como cristianos debemos preparar el corazón y la mente para que nuestras actitudes no sean negativas respecto a ellos.

Tres serían los momentos de aproximación cristiana a los emigrantes y refugiados. Primero tendríamos la acogida en la caridad cumpliendo el mandato del Señor: “fui extranjero y me acogisteis”. En esto, las instituciones católicas samaritanas están dando un buen ejemplo en medio de la sociedad descreída en occidente y en sociedades donde la pluralidad religiosa y cultural es grande. Sin embargo, esta labor es silenciada en los potentes Medios de Comunicación, debido a que el estilo cristiano del trabajo con inmigrantes busca más la eficacia, la ayuda y la orientación, que la preocupación por la propaganda mediática. Pero la nueva evangelización no se puede quedar en lo puramente social, cultural o político, sino que ha de buscar el bien de la persona concreta que ha dejado su propio país, su familia, sus raíces…., porque el “forastero” no es un cualquiera, “no es un número” como ha dicho Benedicto XVI, sino que es hijo de Dios y hermano nuestro. De ahí, que la presencia y servicio de los inmigrantes en nuestra sociedad y en la Iglesia, es un don divino que debemos agradecer por lo que supone de rejuvenecimiento de ambas y como oportunidad para un futuro de convivencia en la diversidad.

Pero, “no sólo de pan vive el hombre…” (Mt 4,4): los inmigrantes son personas que también tienen necesidades espirituales que no debemos olvidar. En la acogida cristiana se ha de contemplar un segundo momento con la integración en nuestras parroquias y comunidades de aquellos inmigrantes cristianos que son de nacionalidades y culturas distintas. Esta integración eclesial requiere una pastoral nueva y creativa que les ayude a vivir su fe cristiana como miembros de pleno derecho en las Iglesias que los acogen.

El tercer paso a tener presente es la evangelización de aquellos que no son cristianos y no conocen a Jesucristo. La oferta de la propuesta católica no es intolerante, ni va contra el respeto que se debe la diversidad cultural, ni invalida el espíritu ecuménico con respecto a otras religiones o confesiones cristianas. Además, debemos hacerla abiertamente, sin complejos ni miedos. Porque dar a conocer la Buena Noticia del Evangelio es la acogida más profunda y humana que podemos ofrecer los cristianos a cualquier hombre o mujer de buena voluntad que llega a nuestras casas. ¡No silenciemos este aspecto en la aceptación de los inmigrantes y refugiados!