Turquía, ¿estabilizador o amenaza para Europa?

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El coste de la unión dispara un debate sobre los valores en la Unión Europea

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ANKARA, Turquía, 30 de noviembre de 2002 (ZENIT.org).- La sonada victoria del Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP) de inspiración islámica en las recientes elecciones en Turquía será un gran desafío para el país. Desde 1923, el país se declaró un estado secular y la única experiencia previa con un gobierno de orientación islámica terminó cuando los militares hicieron fuerza para que dejaran el poder en 1997, observaba el New York Times el 17 de noviembre.

El AKP ganó por más de un tercio de los votos, pero tendrá mayoría absoluta en el parlamento, informaba el Washington Post el 4 de noviembre. Según el sistema electoral, los partidos con menos del 10% de los votos no consiguen escaños en el parlamento, por lo que sólo dos partidos, el AKP y el Partido Republicano del Pueblo, compartirán todos los escaños.

El presidente del AKP y antiguo alcalde de Estambul, Recep Tayyip Erdogan, no podría ser nombrado primer ministro dado que estuvo cuatro meses en prisión en 1999. Fue condenado por incitar al odio religioso al leer en público un poema religioso.

Al ser nombrado por el presidente de Turquía como próximo primer ministro, Abdullah Gul expresó su confianza en que se proteja bajo el liderazgo islámico tanto la democracia de la nación como sus directrices occidentales. También declaró que una de sus principales prioridades sería obtener la admisión en la Unión Europea.

«Una cultura diferente»
Hasta ahora, la Unión Europea ha rechazado con firmeza los intentos que durante muchos años ha hecho Turquía para convertirse en uno de sus miembros. Tras la victoria electoral del AKP, el antiguo presidente francés Valery Giscard d’Estaing, que ahora dirige el organismo encargado de elaborar una constitución para la Unión Europea, fue citado por Reuters el 8 de noviembre, declarando que Turquía no forma parte del continente y que su entrada sería «el fin de la Unión Europea».

Giscard afirmó que Turquía tiene «una cultura diferente, una postura diferente, una forma de vida diferente» y su dinamismo demográfico podría convertirla en el estado miembro más poblado de la Unión Europea (tiene una población de 67 millones de personas). La Comisión Europea se desmarcó de los comentarios, pero, observaba Reuters, los comentarios de Giscard «reflejan de manera abierta lo que muchos políticos de la Unión Europea murmuran en privado».

Como reacción a las observaciones de Giscard, el líder del AKP, Erdogan, criticó la idea de que la Unión Europea sea una especie de «club cristiano».

«En este momento encuentro desafortunadas sus declaraciones», decía Erdogan en una entrevista publicada el 12 de noviembre en el London Times. «La Unión Europea no debería dar pasos que amenazasen el diálogo intercultural, y en esta actitud veo algo que podría estropear este diálogo».

En la entrevista, Erdogan declaraba que su país quiere unirse a la Unión Europea porque, al satisfacer las condiciones necesarias, se extenderían a la población turca las libertades garantizadas de que goza Occidente. De otra manera, Turquía tendría problemas para superar su actual estado autoritario.

El AKP «no se basa en la religión» y «no es islámico», declaraba Erdogan en una entrevista al Newsweek el 18 de noviembre. También afirmó que Turquía continuará con reformas en el área de los derechos humanos y la democracia, incluyendo la libertad de expresión y religión, y en poner fin a la tortura de prisioneros.

Algunos articulistas de opinión apoyan la entrada de Turquía en la Unión. Soli Özel y Dani Rodrik, profesores de relaciones internacionales, escribiendo en el Financial Times el 15 de agosto, observaban que Turquía ha abolido recientemente la pena de muerte y ha aprobado la legislación que permite la difusión y educación en todas las lenguas habladas en el país.

Que la Unión Europea continúe rechazando la unión de Turquía «podría convertirse para la Unión en una derrota política, estratégica y ética», afirmaban. Turquía ha sido un socio leal a Occidente durante la Guerra Fría. Y dada la crisis de Oriente Medio, el papel de Turquía como aliado podría ser incluso más crucial en el futuro.

Escribiendo en el Wall Street Journal el 12 de noviembre, Rosemary Righter, editora asociada del Times de Londres, observaba que la victoria electoral del AKP no era tanto un voto a un partido islámico sino más bien una revuelta contra la mala gestión macroeconómica de Turquía llevada a cabo por los demás partidos.

Righter explicaba que como alcalde de Estambul, Erdogan «desarrolló una administración efectiva, socialmente liberal y, sobre todo, limpia». Quedan dudas, admitía, dada la naturaleza islámica del partido y lo que ello significa para la política gubernamental. Sin embargo, invitaba a la Unión Europea a que comenzara negociaciones serias sobre la entrada de Turquía. La campaña contra el terrorismo islámico, declaraba, «requiere una Turquía pro-occidental y modernizada, un estabilizador a las puertas de Irán, Irak y el mundo árabe».

Escribiendo el 14 de noviembre en el Guardian, Timothy Garton Ash observaba que si Europa está centrada especialmente en crear una fuerte comunidad política unida, con aspiraciones a superpotencia, Turquía tendría que quedar excluida durante otra década, mientras se digiere la actual lista de 10 nuevos miembros. Pero, si los europeos «piensan que es más urgente promover la democracia, el respeto a los derechos humanos, la prosperidad y, por lo tanto, oportunidades para la paz en la región más peligrosa del mundo», entonces se debería permitir que Turquía entrase en la Unión.

Cristianismo y Europa
Irónicamente, al mismo tiempo que hay oposición a la entrada de Turquía en la Unión Europea porque sería un estado islámico en un continente cristiano, el peligro real que existe es que la nueva constitución de la Unión Europea impondrá un modelo secularizado, excluyendo cualquier referencia explícita a los valores cristianos.

Preservar esta identidad cristiana de Europa es un tema muy importante en la mente del Papa. Juan Pablo II ha hecho repetidos llamamientos a la Unión Europea para que no olvide el cristianismo en la constitución que se está elaborando.

En su reciente discurso al Parlamento italiano, el Santo Padre expresaba su esperanza de que «los nuevos fundamentos de la ‘casa común’ europea no carezcan del ‘cimiento’ de aquel extraordinario patrimonio religioso, cultural y civil que ha dado a Europa su grandeza a lo largo de los siglos… Si se da una estabilidad duradera a la nueva unidad de Europa, debe haber una comisión que se asegure que se apoya en aquellos fundamentos éticos que fueron una vez su base».

Sin embargo, pedir que se reconozcan los valores cristianos no significa que el Papa desee excluir a los musulmanes. «Deseo reafirmar el respeto de la Iglesia católica por el Islam, por el auténtico Islam: el Islam que reza, que se preocupa por quien está necesitado», declaraba en una alocución del 24 de septiembre del año pasado, sólo unos días después de los ataques terroristas.

Comentando la polémica causada por las observaciones de Giscard, el cardenal Achille Silvestrini, antiguo prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales, afirmaba que es un error «demonizar» el Islam. En una entrevista en el periódico italiano La Repubblica del 10 de noviembre, observaba que hay problemas en las relaciones de Occidente con los países islámicos, especialmente en la libertad de religión y en el trato dado a las mujeres. El cardenal invitaba a los musulmanes a hacer más progresos en estas áreas, para garantizar un Islam que sea más abierto.

Al tener que hacer frente a la perspectiva de vivir con mayor cantidad de musulmanes dentro del continente, lo más importante que los cristianos europeos tienen que hacer, sugería el
cardenal Silvestrini, es estar resueltos a conservar su identidad en su propia fe y cultura.

Respetar la específica herencia cristiana en Europa, sin demonizar o excluir otros credos, es el desafío que debe afrontar la Unión Europea.

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ZENIT Staff

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