Predicador del Papa: “Si vuelves a mi…”

Tercera predicación de Cuaresma del padre Raniero Cantalamessa

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CIUDAD DEL VATICANO, viernes 26 de marzo de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la tercera y última predicación de Cuaresma a la Curia Romana realizada hoy, en presencia del Papa, por el padre Raniero Cantalamessa, OFMCap.

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P. Raniero Cantalamessa, ofmcap.

Tercera Predicación de Cuaresma

SI VUELVES A MI…”

 

1. La crisis del sacerdote

En la Escritura encontramos la descripción de la crisis interior de un sacerdote en la que muchos pastores de hoy, estoy seguro, se reconocerían. Es la de Jeremías, que antes de ser un profeta fue un sacerdote, “uno de los sacerdotes que residían en Anatot” (Jr 1,1).

“Di, Señor, si no te he servido bien: intercedí ante ti por mis enemigos… No me senté en peña de gente alegre y me holgué… ¿serás tú para mí como un espejismo, aguas no verdaderas?” (Jr 15, 11-18). En otro In momento la crisis explota de forma más abierta: “Me has seducido, Señor, y me dejé seducir… Yo decía: «No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre” (Jr 20, 7-9).

¿Cuál es la respuesta de Dios al profeta y sacerdote en crisis? No un “¡Pobrecito, tienes razón, qué infeliz eres!”. “Entonces el Señor dijo así:Si te vuelves por que yo te haga volver, estarás en mi presencia; y si sacas lo precioso de lo vil, serás como mi boca” (Jr 15, 19). En otras palabras: ¡conversión!

Hablando de la novedad del ministerio de la nueva alianza, hemos visto que ésta consiste en la gracia, es decir, en el hecho de que el don precede al deber y que el deber brota precisamente del don. Apliquemos ahora este principio fundamental al ministerio sacerdotal. Lo que hemos considerado hasta ahora constituía la gracia sacerdotal, el don recibido: ministros de Dios, dispensadores de los misterios de Dios. No podemos concluir nuestras reflexiones sin poner a la luz también en deber y la llamada que brotan de él, por así decirlo, el ex opere operantis del sacerdocio. Esta llamada es la misma que Dios dirige a Jeremías: ¡conversión!

Creo interpretar la preocupación muchas veces expresada en el pasado por el Santo Padre y que ha motivado, al menos en parte, la proclamación de este año sacerdotal, dedicando esta última meditación a la necesidad de una purificación dentro de la Iglesia, empezando por su clero.

La llamada a la conversión resuena en los momentos cruciales del Nuevo Testamento: al inicio de la predicación de Jesús: “Convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1,15); al inicio de la predicación apostólica, el día de Pentecostés: “¿Qué hemos de hacer, hermanos?»
Pedro les contestó: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch 2, 37). Pero no son estos los contextos que nos afectan más directamente a nosotros sacerdotes. Nosotros hemos creído en el evangelio, hemos sido bautizados y hemos recibido el Espíritu Santo. Hay otro “¡convertíos!” que nos afecta de cerca, el que resuena dentro de cada una de las siete cartas a las iglesias del Apocalipsis. Éste no está dirigido a los no creyentes o a los neófitos, sino a personas que viven desde hace tiempo en la comunidad cristiana.

Un dato hace estas cartas particularmente significativas para nosotros: están dirigidas al pastor y al responsable de cada una de las siete iglesias. “Al ángel de la iglesia que está en Éfeso, escribe”: no se explica el título “ángel” si no es en referencia, directa o indirecta, al pastor de la comunidad. No se puede creer que el Espíritu Santo atribuya a ángeles reales la responsabilidad de las culpas o de las desviaciones que hay en las diversas iglesias y que la invitación a la conversión se dirija a ellos.

2. “Sé fiel hasta el fin”

Releamos algunas de estas cartas, intentando encontrar en ellas los elementos de una auténtica conversión del clero, diáconos, sacerdotes y obispos. Comencemos por la primera carta, la dirigida a la iglesia de Éfeso. Observemos ante todo una cosa. El Resucitado no comienza su discurso diciendo lo que no va bien en la comunidad. Esta carta, como casi todas las demás, comienza poniendo de relieve lo positivo, el bien que se hace en la iglesia: “Conozco tu conducta: tus fatigas y paciencia… Tienes paciencia: y has sufrido por mi nombre sin desfallecer” (Ap 2, 2).

Solo en este punto interviene el llamamiento a la conversión: “Pero tengo contra ti que has perdido tu amor de antes. Date cuenta, pues, de dónde has caído, arrepiéntete (metanoeson) y vuelve a tu conducta primera”. El llamamiento a la conversión toma el aspecto de una vuelta al primitivo fervor y amor por Cristo. ¿Quién de nosotros, sacerdotes, no recuerda con conmoción el momento en que nos dimos cuenta de ser llamados por Dios a su servicio, el momento de la profesión para los religiosos, el entusiasmo de los primeros años de ministerio para los sacerdotes? Es verdad que allí estaba también el factor de la edad, la juventud. Pero en este caso no se trata de naturaleza: gracia era entonces y gracia puede ser hoy.

“Por esto te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos” (2 Tim 1,6) El término griego que se traduce como “reavivar” sugiere la idea de soplar un fuego para que vuelva a arder, volver a encender la llama. En una de las meditaciones de Adviento, hemos visto cómo la unción sacramental, recibida en la ordenación, puede volver a estar activa y operante mediante la oración y un gran salto de fe. También el autor de la Carta a los Hebreos instaba a los primeros cristianos a recordar su inicial entusiasmo: “Acordaos de aquellos primeros días…” (Hb 10,32).

De la carta a la iglesia de Éfeso tomamos por tanto la apremiante invitación a volver a encontrar el amor y el fervor de un tiempo. Otro componente de la conversión sacerdotal lo encontramos en la carta a la iglesia de Esmirna. También aquí, el Resucitado pone ante todo a la luz lo positivo: “Conozco tu tribulación y tu pobreza…”, pero sigue en seguida la llamada: “Mantente fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida”.

¡Fidelidad! El Santo Padre ha puesto esta palabra como título y programa del año sacerdotal: “Fidelidad de Cristo y fidelidad del sacerdote”. La palabra fidelidad tiene dos significados fundamentales. El primero es el de la constancia y la perseverancia; el segundo, es el de la lealtad, el respeto a las normas, lo opuesto a la fidelidad, el engaño y la traición.

El primer significado es el que está presente en las palabras del Resucitado a la iglesia de Esmirna, el segundo es el que entiende Pablo en el texto que hemos elegido como guía de nuestras reflexiones: “Por tanto, que nos tengan los hombres por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que en fin de cuentas se exige de los administradores es que sean fieles” (1 Cor 4, 1-2). Esta palabra recuerda, quizás intencionadamente, la de Jesús en el evangelio de Lucas: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente?” (Lc 12, 42). Lo contrario de esta fidelidad es lo que hace, en la parábola, el administrador infiel (Lc 16, 1 ss.).

A esta fidelidad se opone la traición de la confianza de Cristo y de la Iglesia, la doble vida, el descuido de los deberes del proprio estado, sobre todo en lo que respecta al celibato y la castidad. Sabemos por dolorosa experiencia cuánto daño puede venir a la Iglesia y a las almas por este tipo de infidelidad. Es la prueba quizás más dura que la Iglesia está atravesando en este momento.

3. “A la iglesia de Laodicea escribe…”

La carta que debe hacernos re
flexionar más de todas es aquella al ángel de la iglesia de Laodicea. Conocemos su tono severo: “Conozco tu conducta: no eres ni frío ni caliente… puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca… Sé, pues, ferviente y arrepiéntete” (Ap 3, 15 s). La tibieza de una parte del clero, la falta de celo y la inercia apostólica: yo creo que esto es lo que debilita a la Iglesia, más aún que los escándalos ocasionales de algunos sacerdotes que han hecho más ruido y contra los cuales es más fácil correr a refugiarse. “La gran desventura para nosotros los párrocos – decía el santo Cura de Ars – es que el alma se entorpece”[1]. Él no estaba ciertamente en el número de estos párrocos, pero esta frase suya da que pensar.

No se debe generalizar (la Iglesia es rica de sacerdotes santos que cumplen silenciosamente con su deber), pero tampoco callar. Un laico comprometido me decía con tristeza: “La población de nuestro país en los últimos veinte años ha crecido más de tres millones de habitantes, pero nosotros los católicos nos hemos quedado en el número de antes. Algo no va en nuestra iglesia”. Y conociendo a ese clero, sabía qué era lo que no iba: la preocupación de muchos de ellos no eran las almas, sino el dinero y la comodidad.

Hay lugares donde la Iglesia está viva y evangeliza, casi sólo por el compromiso de algunos fieles laicos y agregaciones laicales a las que por otro lado a veces se las obstaculiza y se las mira con sospecha. Son ellos mismos quienes empujan a los propios sacerdotes, pagándoles el viaje y la estancia, a que participen en un retiro o en ejercicios espirituales que de otra manera no harían nunca.

A veces son precisamente aquellos que menos hacen por el Reino de Dios aquellos que más reclaman sus ventajas. San Pedro y san Pablo, ambos, sintieron la necesidad de poner en guardia sobre la tentación de comportarse como amos de la fe: “no tiranizando a los que os ha tocado cuidar, sino siendo modelos de la grey” (cf. 1 Pe 5,3), escribe el primero; “No es que pretendamos dominar sobre vuestra fe, sino que contribuimos a vuestro gozo”, escribe el segundo ( 2 Cor 1, 24).

Se comportan como dueños de la fe, por ejemplo, cuando se consideran todos los espacios y los locales de la parroquia como cosas propias que se conceden a quien se quiere, antes que como bienes de toda la comunidad, de los cuales se es custodios, no propietarios.

Al encontrarme una vez predicando en un país europeo que había sido en el pasado una cantera de sacerdotes y misioneros y que ahora atravesaba una crisis profunda, le pregunté a un sacerdote del lugar cuál era, según él, la causa de esto: “En este país, me respondió, los sacerdotes, del púlpito y desde el confesionario, decidían todo, incluso con quién uno debía de casarse y cuántos hijos debía tener. Cuando se difundió en la sociedad el sentido y la exigencia de la libertad individual, la gente se rebeló y dio la espalda del todo a la Iglesia”. El clero se sentía “dueño de la fe”, más que colaborador de la alegría de la gente.

Las palabras dirigidas por el Resucitado a la iglesia de Laodicea: “Tú dices: «Soy rico; me he enriquecido; nada me falta». Y no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo”, hacen pensar a otra gran tentación del clero cuando disminuye la pasión por las almas, y es el ansia del dinero. Ya san Pablo lamentaba amargamente: Omnia quae sua sunt quaerunt, non quae Jesu Christi: todos buscan su proprio interés, no el de Cristo (Fl 2, 21). Entre las recomendaciones más insistentes a los ancianos, en las Cartas pastorales, está la de no apegarse al dinero (1Tim 3, 3). En la Carta de convocatoria del Año Sacerdotal, el Santo Padre presenta al Santo Cura de Ars como modelo de pobreza sacerdotal. “Él era rico para dar a los demás y era muy pobre para sí mismo”. Su secreto era: “dar todo y no conservar nada”. En su largo discurso sobre los pastores [2], san Agustín proponía en su tiempo, para un saludable examen de conciencia, la advertencia de Ezequiel contra los pastores negligentes. No está mal volver a escucharla, al menos para saber qué hay que evitar en el ministerio sacerdotal:

“¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar el rebaño? Vosotros os habéis tomado la leche, os habéis vestido con la lana, habéis sacrificado las ovejas más pingües; no habéis apacentado el rebaño. No habéis fortalecido a las ovejas débiles, no habéis cuidado a la enferma ni curado a la que estaba herida, no habéis tornado a la descarriada ni buscado a la perdida; sino que las habéis dominado con violencia y dureza” (Ez 34, 2-4).

4. “He aquí que estoy a la puerta y llamo”

Pero también la severa Carta a la iglesia de Laodicea, como todas las demás, es una carta de amor. Termina con una de las imágenes absolutamente más conmovedoras de la Biblia: “Yo a los que amo, los reprendo y corrijo… Mira que estoy a la puerta y llamo”. En nosotros sacerdotes Cristo no llama para entrar, sino para salir. Cuando se trata de la primera conversión, de la incredulidad a la fe, o del pecado a la gracia, Cristo está fuera y llama a las paredes del corazón para entrar; cuando se trata de sucesivas conversiones, de un estado de gracia a otro más alto, de la tibieza al fervor, sucede lo contrario: ¡Cristo está dentro y llama a las paredes del corazón para salir! Explico en qué sentido. En el bautismo hemos recibido el Espíritu de Cristo; éste permanece en nosotros como en su tempo (1 Cor 3,16), mientras que no sea expulsado por el pecado mortal. Pero puede suceder que este Espíritu acabe por ser prisionero y emparedado por el corazón de piedra que se le forma alrededor. No tiene la posibilidad de expandirse y permear de por sí las facultades, las acciones y los sentimientos de la persona. Cuando leemos la frase de Cristo: “Mira que estoy a la puerta y llamo” (Ap 3, 20), deberíamos entender que él no llama desde el exterior, sino del interior; no quiere entrar, sino salir.

El Apóstol dice que Cristo debe ser “formado” en nosotros (Ga 4, 19), es decir, desarrollarse y recibir su plena forma; este desarrollo es el que viene impedido por la tibieza y por el corazón de piedra. A veces se ven a los lados de las carreteras gruesos árboles (en Roma son en general pinos) cuyas raíces, aprisionadas por el asfalto, luchan por expandirse, levantando a trechos el propio cemento. Así debemos imaginar que es el reino de Dios: una semilla destinada a convertirse en un árbol majestuoso sobre el que se posan los pájaros del cielo, pero que le cuesta desarrollarse y es sofocado por preocupaciones terrenas.

Hay obviamente grados diversos de esta situación. En la mayoría de las almas empeñadas en un camino espiritual, Cristo no está aprisionado dentro de una coraza, sino, por así decirlo, el libertad vigilada. Es libre de moverse, pero dentro de límites bien precisos. Esto sucede cuando tácitamente se le da a entender lo que puede pedirnos y lo que no puede pedirnos. Oración sí, pero que no comprometa el sueño, el descanso, la sana información…; obediencia sí, pero que no se abuse de nuestra disponibilidad; castidad sí, pero no hasta el punto de privarnos de algún espectáculo distraído, aunque picante… En resumen, el uso de medias tintas.

El la historia de la santidad el ejemplo más famoso de la primera conversión, la del pecado a la gracia, es san Agustín; el ejemplo más instructivo de la segunda conversión, la de la tibieza al fervor, es santa Teresa de Ávila. Lo que ella dice de sí misma en la Vida está probablemente exagerado y dictado por la delicadeza de su conciencia, pero puede servirnos a todos nosotros para un útil examen de conciencia. “De pasatiempo en pasatiempo, de vanidad en vanidad, de ocasión en ocasión, comencé a poner en peligro de nuevo mi alma […]. Las cosas d
e Dios me agradaban y no sabía desvincularme de las del mundo. Quería conciliar estos dos enemigos entre sí tan contrarios: la vida del espíritu con los gustos y los pasatiempos de los sentidos”.

El resultado de este estado era una profunda infelicidad: “Caía y me levantaba, y me levantaba tan mal que volvía a caer. Estaba tan abajo en términos de perfección que casi no llevaba cuenta de los pecados veniales, y no temía los mortales como hubiese debido, porque no huía de los peligros. Puedo decir que mi vida era de las más penosas que se puedan imaginar, porque no gozaba de Dios ni me sentía contenta del mundo. Cuando estaba en los pasatiempos mundanos, el pensamiento de los que debía a Dios me los hacía transcurrir con Dios; y cuando estaba con Dios, me turbaban los afectos del mundo”[3]. Muchos sacerdotes podrían descubrir en este análisis el motivo de fondo de su propia insatisfacción y descontento.

Fue la contemplación del Cristo de la pasión lo que dio a Teresa el empuje decisivo para el cambio que hizo de ella la santa y la mística que conocemos [4].

5. “¡Quiero esperar!”

Volvamos, para terminar a la respuesta de Dios a los lamentos de Jeremías. Dios hace a su profeta convertido promesas que adquieren un significado particular si son leídas como dirigidas a nosotros sacerdotes de la Iglesia católica en el actual momento de grave malestar que estamos atravesando: “si sacas lo precioso de lo vil”, es decir, si sabes distinguir lo que es esencial de lo que es secundario en tu vida, si prefieres mi aprobación a la de los hombres; “serás como mi boca”. “Que ellos se vuelvan a ti, y no tú a ellos”: será el mundo el que busque tu favor, no tú el del mundo. “Yo te pondré para este pueblo por muralla de bronce inexpugnable (esta palabra se dirige ahora a usted, Santo Padre); y pelearán contigo, pero no te podrán, pues contigo estoy yo” (Jr 15, 19-20).

Lo que es necesario en este momento es un salto de esperanza; deberíamos volver a leer la encíclica Spe salvi sumus de nuestro Santo Padre. La Escritura nos presenta diversos ejemplos sobre saltos de esperanza, pero uno me parece particularmente instructivo y cercano a la situación actual: la Tercera Lamentación de Jeremías. Comienza con tono desconsolado: “Yo soy el hombre que ha visto la miseria bajo el látigo de su furor.
Él me ha llevado y me ha hecho caminar en tinieblas y sin luz… De todo mi pueblo me he hecho la irrisión, su copla todo el día.
Digo: ¡Ha fenecido mi vigor, y la esperanza que me venía del Señor!” (Lm III, 1-18).

Pero en este punto es como si el profeta tuviese una reflexión repentina; se dice a sí mismo: “Esto revolveré en mi corazón, por ello esperaré:
Que el amor del Señor no se ha acabado, ni se ha agotado su ternura;
cada mañana se renuevan: ¡grande es tu lealtad!
¡Mi porción es el Señor, dice mi alma, por eso en él espero!».

Y desde el momento en que toma la decisión “¡quiero esperar!”, el tono cambia y de triste lamentación se convierte en confiada espera de restauración: “Bueno es el Señor para el que en él espera, para el alma que le busca. Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor.
Que tienda la mejilla a quien lo hiere, que se harte de oprobios.
Porque no desecha para siempre a los humanos el Señor: si llega a afligir, se apiada luego según su inmenso amor; pues no de corazón humilla él ni aflige a los hijos de hombre” (Lm III, 22-33).

Me encontré predicando un retiro al clero de una diócesis americana afectado por la reacción indiscriminada de la opinión pública frente a los escándalos de algunos de sus miembros. Se estaba en el día después del derrumbamiento de las Torres Gemelas, y las ruinas materiales parecían el símbolo de otras ruinas. Este texto de la Escritura contribuyó visiblemente a devolver la confianza y la esperanza a muchos.

Cristo sufre más que nosotros por la humillación de sus sacerdotes y por la aflicción de su Iglesia; si la permite, es porque conoce el bien que puede brotar de ella, de cara a una mayor pureza de su Iglesia. ¡Si hay humildad, la Iglesia saldrá más resplandeciente que nunca de esta guerra! El encarnizamiento de los medios de comunicación – lo vemos también en otros casos – a la larga obtiene el efecto contrario al deseado por ellos.

La invitación de Cristo: “Venid a mi, vosotros todos que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”, estaba dirigido, en primer lugar, a quienes tenía alrededor suyo y hoy a sus sacerdotes. “Venid a mi y encontraréis descanso”: el fruto más bello de este Año Sacerdotal será una vuelta a Cristo, una renovación de nuestra amistad con él. En su amor, el sacerdote encontrará todo aquello de lo que humanamente se ha privado, y “cien veces más”, según su promesa.

Cambiemos por tanto la protesta inicial de Jeremías en acción de gracias: “Gracias, Señor, porque un día me sedujiste, gracias porque nos dejamos seducir, gracias porque nos das la posibilidad de volver a ti y nos reprendes tras cada tentativa de fuga. Gracias porque nos confías “la custodia de tus atrios” (Za 3, 7) y haces de nosotros “tu boca”. ¡Gracias por nuestro sacerdocio!

[Traducción del italiano por Inma Álvarez] 

[1] Cit. en la Carta de convocatoria del Año Sacerdotal de Benedicto XVI

[2] Cf. Agustín, Sermo 46: CCL 41, pp.529 ss.

[3] Teresa de Ávila, Vita, cc. 7-8.

[4]  Ib.  9, 1-3

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ZENIT Staff

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