Mensaje de Benedicto XVI a los Padres Somascos

La pobreza de amor, raíz de todo problema humano

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CASTEL GANDOLFO, viernes 29 de julio de 2011 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje que Benedicto XVI ha dirigido al prepósito general de los Clérigos Regulares Somascos, con motivo del año jubilar convocado por la Orden en el quinto centenario de la prodigiosa liberación de la cárcel del fundador, san Jerónimo Emiliani (1486-1537).

Las celebraciones se inaugurarán en Venecia, el 25 de septiembre próximo, con la misa en la basílica de San Marcos, y continuarán durante todo el año con una serie de encuentros históricos dedicados a la figura y a la espiritualidad del santo. El último acto será la marcha nocturna de los jóvenes desde Maserada hasta el santuario de la Virgen Grande de Treviso, en Italia. La clausura oficial tendrá lugar en Somasca el 30 de septiembre de 2012.

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Al reverendo padre Franco Moscone, c.r.s.

Prepósito general de la Orden de los Clérigos Regulares Somascos

He sabido con profunda complacencia que esta Orden se prepara para celebrar con un año jubilar una fecha feliz e importante para su historia y su carisma. El 27 de septiembre próximo, de hecho, se celebrará el quinto centenario de la prodigiosa liberación de la cárcel, por obra de María Santísima, del fundador, san Jerónimo Emiliani, patrón universal de los huérfanos y de la juventud abandonada: un evento prodigioso que, al mismo tiempo, cambió el curso de una vida humana y dio inicio a una experiencia de vida consagrada sumamente significativa para la historia de la Iglesia.

La vida del laico Girolamo Miani, veneciano, fue como “refundada” en la noche del 27 de septiembre de 1511, cuando después de un sincero voto de cambiar de conducta, presentado a la Virgen Grande de Treviso, por intercesión de la Madre de Dios, quedo liberado de los grilletes de la prisión, que él mismo colocó ante el altar de la Virgen.

“Dirupisti vincula mea” (Salmo 116, 16). El versículo del salmo expresa la auténtica revolución interior que tuvo lugar después de aquella liberación, ligada a las atormentadas vicisitudes políticas de la época. Se convirtió en una renovación integral de la personalidad de Jerónimo: fue liberado por intervención divina, de los lazos del egoísmo, del orgullo, de la búsqueda de la afirmación personal, de modo que su existencia, en un primer momento orientada sobre todo a los bienes temporales, se centró únicamente en Dios, amado y servido de manera particular en la juventud huérfana, enferma y abandonada.

Orientado por sus vicisitudes familiares, a causa de las cuales se había convertido en tutor de todos sus sobrinos que quedaron huérfanos, san Jerónimo maduró la idea de que la juventud, sobre todo la más necesitada, no puede ser abandonada, sino que para crecer de una manera sana requiere un requisito esencial: el amor. En él, el amor superaba el ingenio, y dado que era un amor que surgía de la caridad misma de Dios, estaba lleno de paciencia y de comprensión: atento, tierno y dispuesto al sacrificio, como el de una madre.

La Iglesia del siglo XVI, dividida por el cisma protestante, en búsqueda de una seria reforma también en su interior, gozó de un reflorecimiento de santidad que se convirtió en la primera y más original respuesta a las instancias renovadoras. El testimonio de los santos muestra que sólo hay que confiar en Dios: las pruebas, de hecho, tanto a nivel personal como institucional, sirven para aumentar la fe. Dios tiene sus planes, incluso cuando no logramos comprender sus disposiciones.

La atención por la juventud y su educación humana y cristiana, que caracteriza el carisma de los Somascos, sigue siendo un compromiso de la Iglesia, en todo tiempo y lugar. Es necesario que el crecimiento de las nuevas generaciones sea alimentado no sólo por nociones culturales y técnicas, sino sobre todo por el amor, que vence al individualismo y al egoísmo y permite prestar atención a las necesidades de todo hermano y hermana, incluso cuando no puede intercambiarlas, es más, precisamente entonces. El ejemplo luminoso de san Jerónimo Emiliani, definido por el beato Juan Pablo II “laico animador de laicos”, ayuda a preocuparse por toda pobreza de nuestra juventud, moral, física, existencial, y ante todo, la pobreza de amor, raíz de todo serio problema humano.

Seguirá guiándonos con su apoyo la Virgen María, modelo insuperable de fe y de caridad. Al igual que liberó de las cadenas que tenían prisionero a san Jerónimo, que con su materna bondad siga liberando a los hombres de los lazos del pecado y de la prisión de una vida privada del amor por Dios y por los hermanos, ofreciendo las llaves que nos abren el corazón de Dios y nuestro corazón a Dios.

Con estos sentimientos, le imparto a usted, reverendo padre, a todos los miembros de la Familia Somasca, y a cuantos se unirán con fe a las celebraciones jubilares una especial bendición apostólica.

Castel Gandolfo, 20 de julio de 2011

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina

© Libreria Editrice Vaticana]

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ZENIT Staff

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