Cardenal Errázuriz: El obispo, discípulo de Jesús

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CIUDAD DEL VATICANO, 10 octubre 2001 (ZENIT.org).- Publicamos el resumen oficial distribuido por el Sínodo de los obispos de la intervención de la intervención ante la asamblea del cardenal Francisco Javier Errázuriz Ossa, arzobispo de Santiago y presidente de la Conferencia Episcopal de Chile.

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Quisiera referirme a algunos aspectos de nuestra vida y misión como sucesores de los apóstoles, que dicen relación con la esperanza.

La primera característica de los apóstoles es haber sido llamados por Jesús a ser discípulos suyos. Se distinguían de los demás discípulos, porque Jesús, los había llamado para que estuvieran con él (cf. Mc 3,13) y permanecieran en su amor y su verdad. El Padre ató sus vidas a la persona, la sabiduría y la misión de su Hijo, despertando en ellos el asombro, la conversión y la fidelidad hasta la muerte. También a nosotros el Padre de los cielos nos ha llamado a vivir muy cerca de Jesucristo, a escucharlo con admiración, permanentemente, como discípulos suyos; a servirlo, recorriendo los caminos del Evangelio; a hacer de cada encuentro de nuestra vida un encuentro con su Hijo, una contemplación de su rostro y de sus designios de salvación. Para cuantos les resulta transparente esta realidad, y nos perciben como discípulos de Jesús, somos signos de esperanza, ya que lo buscan, aún sin saberlo.

Ya antes del encuentro con Cristo, los apóstoles vivían de la esperanza. Sobre todo por los profetas tenían conocimiento de las promesas de Dios. A esta luz comprendemos el breve diálogo con los dos primeros discípulos. Jesús pudo tender un puente hacia sus anhelos más profundos con sólo dos palabras: «¿Que buscáis?» Después de estar con él, fueron ellos los que anunciaron: «Hemos encontrado al Mesías» (cf. Jn 1, 38 ss). Habían encontrado a Jesucristo, en quien todas las promesas tenían un «sí» (cf. 2 Co 1, 20).

De nuestros labios tiene que brotar esa misma pregunta «¿qué buscáis?», sabiendo que el alma humana fue creada para buscar y participar de la felicidad de Dios, y que todos sus anhelos nobles tienen su respuesta en Cristo. A nosotros nos corresponde anunciar las promesas de Dios. Sin ellas, no hay esperanza teologal, no hay amistad con Dios, no hay un compartir realmente fraterno de los bienes de la tierra. Basándonos en las promesas, nuestro trato con las personas les hará sentir que creemos en su dignidad, como también que confiamos en la realización de las promesas en ellas, porque Dios es todopoderoso y fiel. Él puede y quiere invitarlas a pasar de la muerte a la vida, como también a colaborar con el en la construcción de su Reino de justicia, amor, paz y santidad.

Propongo que desarrollemos con más fuerza la pedagogía pastoral que es coherente con las promesas de la Nueva Alianza.

3. Las promesas de Dios llegan a ser realidad viva por el poder de Dios. Poco antes de ascender al cielo, Jesús dijo a los apóstoles que enviaría sobre ellos la Promesa de su Padre y que serían revestidos de poder desde lo alto (cf. Lc 24, 49; Hch 1, 4). Ya el mismo día de Pentecostés, los frutos del discurso de Pedro manifestaron la fecundidad de la irrupción del «Espíritu de la Promesa » (Ga 3, 14 ) . Este nombre del Espíritu revela que quien lo recibe ya posee en la esperanza, con verdadero gozo, el cumplimiento de todas las promesas. Los apóstoles experimentaron su vigorosa acción como Espíritu de comunión, de santidad y de audacia y fecundidad misioneras. En lo que atañe a nosotros como sucesores de los apóstoles, cada vez que damos nuestro «sí» a los planes que Dios nos propone, confiando ilimitadamente, como la Virgen María, en que para él nada hay imposible, somos un signo de esperanza. También cada vez que apoyamos iniciativas de los fieles en las cuales hemos descubierto el soplo del Espíritu, pero que no guardan proporción alguna con sus fuerzas humanas; tan sólo, con el poder del Espíritu de la Promesa.
[Texto original: español]

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ZENIT Staff

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