«El odio, la violencia, la muerte no tienen la última palabra», dice el Papa

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Al meditar sobre la muerte y resurrección de Cristo

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CIUDAD DEL VATICANO, 16 abril 2003 (ZENIT.org).- Tras la muerte y resurrección de Cristo, el odio y la violencia no tienen la última palabra, afirmó Juan Pablo II al meditar este miércoles sobre los misterios que los cristianos están reviviendo esta Semana Santa.

«El misterio de la Cruz y de la Resurrección nos asegura que el odio, la violencia, la sangre, la muerte no tienen la última palabra en las vivencias humanas», afirmó en la tradicional audiencia general recordando al mismo tiempo que la pasión de Cristo prosigue en los dramáticos hechos que hoy afligen a los hombres y mujeres.

«La victoria definitiva es de Cristo y tenemos que volver a empezar desde Él, si queremos construir para todos un futuro de paz, justicia y solidaridad auténticas», explicó a los más de 8.000 peregrinos presentes en la plaza de San Pedro del Vaticano en una mañana soleada.

En su meditación, el obispo de Roma recorrió uno a uno los últimos momentos de la vida terrena de Jesús, culminados con la resurrección, que se disponen a contemplar de manera particular los cristianos en estos días.

En el Jueves Santo, comenzó explicando, la protagonista es «la Eucaristía, misterio central de la fe y la vida cristiana».

Por este motivo, aclaró, en esta ocasión ha escrito la carta encíclica «Ecclesia de Eucharistia», «que tendré la alegría de firmar durante la Misa en la Cena del Señor».

«Con este texto quiero ofrecer a cada creyente una reflexión orgánica sobre el sacrificio eucarístico, que encierra en sí todo el bien espiritual de la Iglesia», indicó.

En ese mismo día, continuó recordando, Cristo dejó a su Iglesia otros dos dones: el sacerdocio ministerial y «el mandamiento nuevo del amor fraterno». «Con el gesto del lavatorio de los pies enseñó a los discípulos que el amor debe traducirse en servicio humilde y desinteresado hacia el prójimo».

«El Viernes Santo, día de ayuno y penitencia recordaremos la pasión y la muerte de Jesús, absorbidos en la adoración de la Cruz», continuó. «El Hijo de Dios sobre el Calvario cargó con nuestros pecados, ofreciéndose al Padre como víctima de expiación. De la Cruz, fuente de nuestra salvación, mana la nueva vida de los hijos de Dios».

En el Sábado Santo, «con María, la comunidad cristiana vigila en oración junto al sepulcro, esperando que se cumpla el acontecimiento glorioso de la Resurrección».

«En la Noche Santa de Pascua todo se renueva en Cristo resucitado –recalcó–. De todos los rincones de la tierra subirá al cielo el cántico del Gloria y del Aleluya, mientras la luz rasgará las tinieblas de la noche».

«En el Domingo de Pascua exultaremos con el Resucitado, que nos hará desear la paz», dijo al concluir su repaso del Triduo Santo.

«Recordar este misterio central de la fe lleva también aparejado el compromiso de actualizarlo en la realidad concreta de nuestra existencia –añadió por último–. Significa reconocer que la pasión de Cristo prosigue en los dramáticos hechos que, desgraciadamente, también en nuestra época afligen a tantos hombres y mujeres en todos los rincones de la tierra».

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ZENIT Staff

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